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La marihuana en la ciudad :: Drogas México

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Cultura general y medidas de reducción de daños en torno a esta planta ilegal y de múltiples usos

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La marihuana en la ciudad
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La Ciudad de México, con sus aires cosmopolitas y contraculturales pero su realidad provinciana, no es una gran consumidora de drogas. Según la encuesta nacional de adicciones, apenas el 1.2 por ciento de sus habitantes ha consumido marihuana durante el último año y sólo el 0.5 por ciento ha probado la cocaína, empatada en...
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La marihuana en la ciudad

Jorge Javier Romero, Revista Santo y Seña

Lunes 1 de abril de 2013 (30/04/13)
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La Ciudad de México, con sus aires cosmopolitas y contraculturales pero su realidad provinciana, no es una gran consumidora de drogas. Según la encuesta nacional de adicciones, apenas el 1.2 por ciento de sus habitantes ha consumido marihuana durante el último año y sólo el 0.5 por ciento ha probado la cocaína, empatada en prevalencia con los inhalantes. No se puede decir, por tanto, que vivamos en una ciudad con un grave problema de salud o de seguridad asociado al consumo. Lejos estamos de las auténticas epidemias vividas en algunas ciudades europeas que durante los setenta y los ochenta vieron cómo en sus calles caían los jóvenes víctimas de la adicción a la heroína; ni pensar en una canción dedicada a la Ciudad de México donde una escena sea una jeringuilla en el lavabo, como lo es en Pongamos que hablo de Madrid de Joaquín Sabina, elevada a canción oficial de la Villa en los tiempos de Enrique Tierno Galván.

A pesar de todo, la marihuana forma parte de la cultura urbana, restringida como está a algunos círculos intelectuales, estudiantiles y de barrio. Siempre han existido los pachequitos de la esquina y los macizos de la facultad, mientras que entre los artistas o escritores algunos connotados han hecho gala de su afición a la flor del cáñamo. Salvador Elizondo presumía de la buena mano de su jardinero para crecer las matas hembras de colas multicolores, mientras que la literatura de la onda fue escrita en buena parte en medio del humo de la grifa, como entonces se conocía a la mota.

En el cine mexicano de la época de oro, tan alejado de la realidad, con sus personajes estereotípicos, el marihuano más famoso es el malo de Nosotros los pobres, que bajo los efectos del THC comete el crimen horrendo que le cuesta la vida al Torito. En los sesenta, Los Caifanes arman desmanes por las calles de la Zona Rosa también después de fumarse sus buenos toques. Se trata siempre de una presencia marginal o meramente anecdótica, sin que exista una buena película que narre la realidad del consumo en la vida urbana.

Sin embargo, a pesar de su presencia marginal, la marihuana, junto con otras drogas ilegales, ha obsesionado al Estado mexicano y no sólo a partir de las presiones de los Estados Unidos. El general Obregón propició la prohibición de la yerba a partir de su experiencia con sus soldados, que se volvían torpes para el combate y rajones cuando la fumaban. Él, como muchos otros de su generación revolucionaria, preferían el alcohol, que les quitaba lo coyones y los volvía bravos, cuando no bravucones. Ya en los sesenta el consumo de marihuana fue un buen pretexto para perseguir a los estudiantes rebeldes, aunque tampoco entonces estuvo en México el consumo tan vinculado a la protesta como en Europa o en el vecino del norte. Los estudiantes mexicanos del 68, a su vez, acusaban a los granaderos de estar marihuanos cuando los atacaban. En los negros tiempos de Durazo como jefe de la policía se generalizó la práctica todavía vigente de sembrarle mota a los chavos para extorsionarlos y sacarles dinero a sus padres.

En la actualidad la expresión más importante de la cultura de la marihuana en esta Ciudad se da cada año cuando cientos de personas se manifiestan, cada vez de manera más abierta, en la marcha por la legalización de la marihuana que se celebra en mayo. Ahí se ve desfilar pacíficamente a un mosaico variopinto de ciudadanos de diversas edades que reclaman su derecho al consumo de una droga prácticamente inocua, injustamente prohibida y que sólo es un problema en las mentes puritanas al acecho de cualquiera que pueda estar siendo feliz en algún rincón del mundo.

Es evidente que en México –no sólo en la ciudad, sino en el país entero– las drogas son problemáticas sólo porque están prohibidas. La violencia, con su cauda de cadáveres en las calles, la provoca la prohibición, pues un mercado con tan alta demanda en los Estados Unidos –aquí sólo se quedan los restos– siempre va a encontrar proveedores a los que les conviene que los precios se mantengan altos precisamente por la clandestinidad de su comercio y, por lo tanto, están dispuestos a retar al Estado con las armas. Aquí se les hace la tarea a los prohibicionistas estadounidenses y aquí se quedan los muertos. Nadie ha muerto nunca por consumir marihuana, mientras que decenas de miles caen cada año por la prohibición. Las razones están del lado de quienes consideran que sería mejor que los mercados de las drogas hoy ilegales fueran regulados por el Estado y no por los delincuentes, como ocurre ahora. Los defensores de la prohibición son, en cambio, los religiosos, los que viven de ella –tanto los policías que combaten el tráfico, como los traficantes– y algunos políticos trasnochados que no se han dado cuenta hacia donde soplan los vientos en los tiempos que corren.

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