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El Camello :: Drogas México
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Cultura

El vino y la medida
El Camello
Revista de la Academia Mexicana de Ciencias


Cero Cero Cero, reciente entrega del escritor Roberto Saviano, es una investigación de largo aliento que traza la ruta del tráfico, venta y consumo de cocaína en el mundo. En sus páginas van de la mano las estadísticas y un coro de historias en el que intervienen policías de alto mando, vendedores y adictos. Presentamos en exclusiva...
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El Camello

Nexos, Roberto Saviano

Miércoles 1 de enero de 2014 (20/01/14)
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Cero Cero Cero, reciente entrega del escritor Roberto Saviano, es una investigación de largo aliento que traza la ruta del tráfico, venta y consumo de cocaína en el mundo. En sus páginas van de la mano las estadísticas y un coro de historias en el que intervienen policías de alto mando, vendedores y adictos. Presentamos en exclusiva un capítulo del libro que pondrá a circular en estos días la editorial Anagrama.

“El sabor en la lengua es amargo y es como si te hubieran puesto una inyección de anestesia local”.

Es la modalidad más extendida de consumo en la cultura andina. Se quita la nervadura principal de las hojas, luego se meten unas pocas en la boca y se mascan lentamente hasta formar una especie de bolita. Una vez bien empapada de saliva se añade una pizca de ceniza, ligeramente alcalina, obtenida por la combustión de las plantas, que tiene varios nombres; tocra o llipta son los más conocidos.

“Si te metes basuco, lo tienes mal, porque es el producto de desecho de la extracción de la cocaína, que se elabora con sustancias químicas dañinas para el hombre”.

Es la droga de los presos porque cuesta poco. El basuco suele introducirse en la cárcel en las alas de una paloma mensajera. Alguien de fuera le pone una bolsita bajo las alas, se la ata con un pasador y adiestra a la paloma para que vuele hasta la ventana de la cárcel donde algún recluso se pondrá muy contento de recibirla, para él o para venderla. A veces cargan tanto las alas de las palomas que debido al peso éstas acaban estrellándose contra los muros de la cárcel. Las sustancias con las que se elabora el basuco son de la peor calidad: polvo de ladrillo, acetona, insecticida, plomo, anfetaminas y gasolina roja. Es un producto intermedio. Una vez cortadas las hojas, de ellas se extrae la pasta. Es el resultado de la segunda fase de la producción, el producto en bruto, pero a algunos no les preocupa demasiado.

“Si te metes nieve, es que a la pasta le has añadido ácido clorhídrico y la has tratado con acetona o etanol”.

Es el clorhidrato de cocaína. En esta forma tiene un aspecto parecido a escamas blanquecinas de sabor amargo trituradas formando un polvo blanco. Se esnifa, o a lo sumo se inyecta, generalmente veinte, treinta o cincuenta miligramos, hasta llegar a dosis de cien miligramos para los asiduos.

“Si te metes crack, es que a la nieve le has añadido una solución acuosa de amoniaco, de hidróxido de sodio o bicarbonato de sodio, en fin, sustancias básicas, y luego lo has filtrado todo”.

El crack se fuma en pipas individuales, habitualmente de vidrio, se calienta y luego se inhalan los vapores. O bien, más comúnmente, se fuma junto a otras sustancias como marihuana, tabaco o fenciclidina, pero primero hay que desmenuzarla muy bien. Hace efecto de inmediato, en muy pocos segundos, y provoca una fuerte dependencia. Se dice que el crack es el sueño del traficante y la pesadilla del drogadicto.

“Si el compuesto anterior se disuelve con éter o disolventes volátiles, entonces te estás haciendo freebase, pero antes de usarla tienes que esperar a que el disolvente se evapore”.

Como con el crack, para inhalarlo se necesitan pipas especiales (la pipa de agua o narguile). El efecto del freebase, también llamado Rock, es inmediato, en cuanto llega al cerebro te hace sentirte eufórico, pero poco después te vuelves irascible. En parte porque los efectos terminan en pocos minutos, dejándote con ganas de meterte de nuevo.

“Erythroxylaceae. He aquí el nombre de la materia prima. Si eres capaz de decirlo sin liarte te doy cincuenta euros”. El impronunciable nombre latino de esta familia de plantas es el común denominador de todas las formas de consumo. Dicha familia tiene más de doscientas cincuenta especies, de las que me interesan dos en particular: la Erythroxylum coca y la Erythroxylum novogranatense. Las hojas de estas plantas contienen entre el 0.3 y el 1.4 por ciento de alcaloides: lo esencial es lo que, al actuar sobre el cerebro, produce los efectos de la coca. Hay que esperar un año y medio antes de proceder a la primera recolección de hojas. Dos son las especies de Erythroxylaceae de las que se obtiene la cocaína: la primera proviene de los Andes peruanos, pero ahora se produce también en las zonas tropicales de las regiones orientales de Perú, Ecuador y Bolivia. Su variedad principal, y la más extendida, es la coca boliviana, llamada huánuco, que es también la más apreciada: tiene hojas grandes y consistentes, de color verde oscuro con las puntas amarillentas. La segunda especie de Erythroxylaceae procede en cambio de las áreas montañosas de Colombia, del Caribe y del norte de Perú, zonas más áridas y secas; de ésta existen dos variedades principales, la coca colombiana y la coca peruana, llamada truxillo; en comparación con el huánuco tiene hojas más finas y ahusadas, de color verde claro con las puntas casi grises. No existen especiales diferencias entre las especies. Pero tampoco hacen falta grandes pruebas de laboratorio para reconocerlas. Basta con meterse un poco en la boca y mascar: si se advierte un ligero efecto anestésico, entonces son las hojas adecuadas, las que contienen el alcaloide. Son la huánuco y la truxillo, las protagonistas del comercio planetario.

Muchos nombres para referirse a uno solo: cocaína.

Cocaína que viaja del productor al consumidor. De las hojas al polvo blanco que se vende con un rápido roce de manos. De la química a la vida callejera. Del campesino andino a un camello que, después de haberme explicado sus productos, me habla de economía. Cuando me encuentro con él me siento como si me pusiera al día sobre un capítulo fundamental de la existencia.

“El target. Das vueltas por Milán, Roma, Nueva York, Sidney y tienes que hacer eslalon entre hombres empaquetados en un traje seleccionado por un fashion manager, como llaman a los que entienden de eso, eligen el precioso tejido, deciden cuántas rayas quieren, la distancia, y luego hacen coser las iniciales sobre las camisas de negocios de moda. Una mano en el bolsillo, la otra agarrando el iPhone, los ojos apuntando a dos metros por delante de sus pies, lo justo para no tropezar o para esquivar una mierda de perro. Si tú no los esquivas, ellos se te echan encima, pero no pueden pedirte disculpas o esbozar un gesto de cortesía porque perderían el flow y todo se va al carajo. Con el tiempo aprendes a pasar por en medio, como en aquellos viejos videojuegos en los que tienes que esquivar los asteroides que se dirigen hacia ti y con un ligero toque del joystick haces virar la nave, del mismo modo giras el busto, los hombros siguen el movimiento y se ponen de costado, así te escurres rozando apenas las chaquetas de cachemir y tu mirada se posa en las mangas, falta un botón, y ellos ven que lo has notado y piensan que crees que se lo han descuidado y que quizá no son verdaderos señores, pero yo sé que el ojal abierto es una de las características de los trajes a medida, es el símbolo de la pertenencia a una elite. Esquivo y aprieto el paso, ellos siguen recto y hablan, dejan escapar las palabras y la que me llega al oído con insistencia es target. El target al que hay que identificar, seleccionar, machacar, bombardear, hacer aflorar”.

Así me habla. Ha trabajado mucho vendiendo. No en las aceras. El camello no es casi nunca como uno se lo imagina. Siempre lo repito cuando escribo, cuando le hablo a alguien de estas cosas: no es como uno se lo imagina. Los camellos son los sismógrafos del gusto. Saben cómo y dónde vender. Cuanto mejor sea el camello, más capaz será de subir y bajar los peldaños sociales. No existe un camello para todos. Está el que trapichea en la calle, por un sueldo mensual y con una zona asignada, que vende a desconocidos. Está el camello que entrega a domicilio, basta un SMS. Están los niños camellos. Nigerianos, eslavos, magrebíes, latinos. Del mismo modo que una señora de la aristocracia no entraría nunca en un aislado supermercado de descuento de la periferia, igualmente hay camellos para cada tipo de cliente, camellos para señores y camellos para desgraciados, para estudiantes ricos y para los de economía precaria, para los tímidos y para los extrovertidos, para los despistados y para los miedosos.

Están los camellos que reciben la mercancía de las “bases”, que en general están formadas por cuatro o cinco personas. Son células independientes con fuertes relaciones con las organizaciones criminales, puesto que de ellas reciben la droga que venden. Las bases son intermediarias entre los camellos de la calle y las organizaciones; son éstas, de hecho, las que proporcionan la mercancía ya cortada para su comercio al por menor y constituyen una especie de seguro para las organizaciones: si la base falla o sus miembros son detenidos, el nivel superior no se resiente porque quien está debajo no posee información concreta sobre quien está encima. En cambio el camello “burgués” tiene una relación directa con un mafioso, aunque sin estar a sueldo de él. Es una especie de cuenta de depósito. Cuanto más vende, más gana. Y es raro que vuelva con algún remanente. La fuerza de un camello burgués reside en el hecho de que con el tiempo se crea su plantilla personal. Da nombres falsos a sus clientes; si en cambio ya es conocido, busca una clientela selecta. Cuando puede, prefiere emplear a vendedores del “mundillo”, un mundillo que está integrado por personas que se dedican a otros oficios: el camello los abastece y ellos utilizan sus propios contactos para crearse una clientela fiel, generalmente compuesta por amigos, novios, amantes Los dependientes del camello burgués no dan nunca coca a personas nuevas. Se crea una organización estratificada, donde el camello sólo conoce a las personas más próximas y nunca logra aprehender la totalidad de la cadena. De ese modo, si alguien hablara, sólo sufriría las consecuencias una única persona. Así es siempre en el mundo de la coca: que se sepa lo menos posible.

En la base de la distribución está el detallista, el que está en la estación o en la esquina de la calle. Es como un surtidor de gasolina. A menudo tiene en la boca bolitas de coca envueltas en celofán o en papel de estaño. Si llega la policía, se las traga. Otros no se arriesgan a que el celofán se abra y en ese momento el estómago se convierta en un tormento de dolor, y se guardan las bolitas en el bolsillo. Los detallistas hacen fortuna los fines de semana, el día de San Valentín, cuando el equipo local obtiene alguna victoria Cuanto más hay que celebrar, más venden. Como las vinotecas o los pubs.

El camello que está enseñándome cómo se elige un target, un tipo de cliente potencial, está acostumbrado a verse a sí mismo como un farmacéutico antes que un traficante de cocaína.

“A cada negocio le corresponde un target, la fórmula del éxito consiste en encontrar el adecuado, una vez encontrado hay que descargar la máxima potencia de fuego, soltar el napalm y absorber necesidades y deseos, ése es el objetivo del hombre moderno que viste según los cánones del fashion manager. Es difícil relacionarse con un mercado fragmentado donde los nichos se multiplican, nacen y mueren en cuestión de una semana, y son reemplazados por otros que a lo mejor todavía duran menos, y tú tienes que prever y preparar las armas a tiempo, de lo contrario corres el riesgo de disparar tu precioso napalm sobre un territorio vacío. Yo al target lo atraigo. Mejor dicho, a los targets, con ‘s’ final, porque aunque el producto sea uno solo, no es menos cierto que las necesidades son muchas. Esta mañana ha venido a verme una tía que hace unos años debía de ser bonita, ahora es piel y huesos, tiene un aspecto enfermizo, no me la tiraría ni aunque me pagara, su único signo de vida son las venas en relieve que le surcan los antebrazos, las pantorrillas, el cuello, por debajo es todo fláccido, parece la piel del pollo. La primera vez me dijo que se llamaba Laura, claramente un nombre falso, tenía dos bonitos pómulos marcados y redondos, le iluminaban la cara, a mí me gustan mucho los pómulos, son los guardianes del rostro, dan acceso y alejan, según los casos. En el caso de Laura invitaban a la confidencia, y de hecho me contó que en el gimnasio había oído que para adelgazar había un método rápido, agradable y en general poco arriesgado. Es verdad, le contesté yo, ¿qué necesidad hay de comprar esas cosas absurdas para los abdominales o ir a correr por la tarde y luego comer sólo proteínas porque un lumbreras francés ha establecido que tiene que ser así? Los pómulos-guardianes se relajaron y Laura me sonrió. Desde entonces la veo cada semana y cada vez los bonitos pómulos parecen haber sufrido una pasada de papel de lija, ahora los dulces guardianes de su rostro son amenazadoras alabardas.

”Fue Laura la que me presentó al Entendido, uno de esos esnobs que visten con aspecto desaliñado y con el Moncler lleno de rotos y quemaduras, y cuando te saludan, aunque te vean por primera vez, te atraen hacia ellos, con su hombro derecho contra tu hombro izquierdo como un saludo tribal y de pertenencia, y te dan una palmadita en la espalda, todo muy guay. Nunca ha querido revelarme su nombre, ni siquiera falso, llámame amigo, me dice, como si estuviéramos en un callejón del Bronx, por poco no me río en su cara, pero me contengo, y tengo que esforzarme todavía más cuando me dice que quiere la Perlada. El Entendido se refiere al producto más precioso, puro al noventa y cinco por ciento e incluso más: al tacto la Perlada es finísima, casi cremosa, y tan blanca que parece brillar como una perla. Yo no la he visto en mi vida, hay quien dice que no existe, otros que es rarísima porque todavía es producida de manera artesanal por un puñado de campesinos que emplean dos utensilios: tiempo y paciencia. Tiempo para que las hojas maduren, y paciencia para esperar el momento justo del año para recogerlas. Pero la cosa no acaba aquí en absoluto, porque luego se ha de prensar todo a mano, confeccionarla con aceite virgen, sin impurezas y que no sea nocivo, trabajarla con acetona, éter y etanol, nunca con ácido clorhídrico y amoniaco si no se quiere correr el riesgo de atacar el principio activo. Si se sigue el procedimiento adecuado (diez días de fatiga, sudor y blasfemias) se consigue la tan ansiada tonalidad perlada. Por supuesto que tengo la Perlada, le digo al Entendido, no intento siquiera desviarle hacia algo más factible como la Escamada, que no es pura como la Perlada pero al menos ésta ha pasado por mis manos y puedo decir que su brillo recuerda de veras a las escamas de un pez recién pescado, y ni sueño con empujarle hacia variedades más toscas como la Almendrada, ni tampoco la Stone a pesar de que es pura al ochenta por ciento, y me niego a tomar en consideración variedades como los Meados de Gato o la Mariposa. Los tipos como el Entendido tienen una voluntad de hierro y por suerte una competencia igual a cero, de no ser así no volvería después de haberle endilgado un producto cualquiera cortado con polvo de vidrio. Destellaba, me dice cada vez, y yo asiento con complicidad, ahora ya ni siquiera tengo que disimular, es así de natural. Por supuesto que no digo siempre que sí, no puedo permitirme que se corra la voz de que conmigo se puede encontrar de todo, me arriesgo a la inflación, me arriesgo a perder el control sobre mis targets y luego acabar con un infarto”.

La coca puede ser alterada, en la jerga “cortada”, con diversas sustancias: dichas sustancias se añaden a la droga en la fase de producción, o bien, en niveles más bajos, se mezclan con el polvo, el producto final. Existen tres clases distintas de productos de corte: sustancias que provocan los mismos efectos psicoactivos que la cocaína, en este caso se habla de cortes activos; sustancias que reproducen algunos de los efectos secundarios de la cocaína, son los cortes cosméticos, y por último productos que incrementan su volumen sin producir efectos dañinos, los cortes inertes. Hay quien cree que esnifa droga de calidad y en cambio se asfalta las narices con hormigón. En los cortes activos la cocaína se mezcla con anfetaminas u otras sustancias estimulantes como la cafeína, que aumentan y prolongan el efecto del estupefaciente, como en el caso de la Enyesada, una cocaína de baja calidad a la que se mejora y “viste” con anfetaminas. En los cortes cosméticos se utilizan fármacos y anestésicos locales como la lidocaína y la efedrina, que reproducen algunos de los efectos secundarios de la cocaína. Cuando, en cambio, sólo se pretende aumentar el volumen de la droga para obtener más dosis, y por lo tanto ganar más, se emplean sustancias comunes e inocuas como harina o lactosa. La sustancia de corte que más se utiliza en estos cortes inertes es el manitol, un laxante tan suave que resulta adecuado para niños y ancianos, y que no tiene nada en común con la cocaína aparte de su aspecto.

—Uno de mis clientes más fieles acaba de volver de Estados Unidos. Dice que allí la droga tiene un principio del treinta por ciento.

—¿Un principio?

—Sí, un principio activo del treinta por ciento. Pero para mí son trolas. Yo sé que en París hay sitios en los que el principio activo llega al cinco por ciento. En Italia algunos camellos venden bolitas de coca con un principio activo casi inexistente. Pero son estafadores.

En estos años he visto de todo en el mundo de la distribución. La media en Europa va del veinticinco al cuarenta y tres por ciento; entre los sitios más bajos está Dinamarca con un dieciocho por ciento, e Inglaterra y Gales con un veinte por ciento. Pero son cifras que pueden cambiar en cualquier momento.

El verdadero dinero se hace con el corte, porque es con el corte como una raya de coca se vuelve preciosa y es también con el corte como se arruinan las narices. En Londres ciertos camellos burgueses han utilizado garajes para esconder coca de calidad a fin de introducirla en el mercado cuando a causa de las incautaciones falta droga y todos la cortan bajando la calidad. En ese punto la coca realmente buena puedes colocarla al cuádruple. El corte se convierte en el factor discriminador en una economía donde la demanda y la oferta fluctúan de forma tan imprevista. El distribuidor, con el consentimiento de la familia mafiosa, puede cortar. La base, en casos extremos, puede cortar, pero sólo si lo autoriza el distribuidor. El camello que corta es un camello muerto.

“He hecho cursos, me he colado en uno de esos consultorios donde a quien quiere dejarlo se le amenaza con informaciones del tipo de que el veinticinco por ciento de los infartos en las personas entre dieciocho y cuarenta y cinco años están causados justamente por mi producto. Para mí, en esos cursos dicen muchas chorradas. Pero algo he aprendido, que actúa sobre las neuronas, bloquea el equilibrio del sistema nervioso, y con el tiempo lo perjudica. En resumen, jode el cerebro. No sólo eso, también es peligroso para el corazón: basta una “dosecita” de más para que se colapse, si además el producto va regado con un Long Island o un buen Negroni o un Jack Daniels, o bien acompañado de pastillitas azules, bueno, entonces es como apretar el acelerador en una curva. También tienes que considerar que la cocaína es un vasoconstrictor; es decir que estrecha los vasos sanguíneos, te anestesia. Todos esos efectos llegan casi enseguida, segundos después de consumirla: si te la inyectas hace efecto antes de que te des cuenta, si fumas crack o freebase es algo menos veloz pero sigue siendo rápida, si la esnifas el golpe llega un instante después”.

Le pregunto cuáles son los momentos buenos.

“¿Los momentos buenos? Apenas la consumes te despierta, aumenta tu atención y tu energía, disminuye el cansancio, tampoco sientes necesidad de dormir, de comer ni de beber. Pero no sólo eso, también mejora la percepción que tienes de ti mismo, te sientes contento, tienes ganas de hacer cosas, estás eufórico, y si lo tienes hasta se te quita el dolor. Pierdes toda inhibición, por lo tanto aumenta el deseo de tener sexo y la iniciativa. Y además la coca no te hace sentirte un drogadicto. Un heroinómano no tiene nada que ver con un cocainómano. El que esnifa coca es una persona rutinaria, no un yonqui. Satisface una necesidad y luego sigue su camino”.

Pero enseguida pasa a los malos.

“Los que se la meten a menudo sufren de taquicardia, ataques de ansiedad, es fácil caer en una depresión, se vuelven irascibles por nada, a veces casi paranoicos. Como se duerme poco y se come poco, se tiende a adelgazar. Si esnifas mucha y durante años, corres el riesgo de joderte las narices, conozco a gente que se ha tenido que reconstruir el tabique nasal por culpa de la coca. Y también conozco a gente que se ha quedado tiesa: una dosis de más y le ha dado un infarto. En el fondo cosas más que sabidas, no es que yo haya descubierto la sopa de ajo, pero cuando he oído que mi producto hace que ya no se te levante me he sorprendido. Quiero decir, no es que yo tenga esos problemas, pero una buena porción de clientes vienen a verme justo por ese motivo y todos vuelven de muy buena gana, bien colmados, me cuentan que follan durante horas, que tienen orgasmos que les estremecen desde la punta de los pelos, que hacen cosas que sólo habían visto en el porno y que nunca habían soñado con hacer. En fin, una tribu de cachondos que antes de conocerme se corrían a los dos minutos y ahora en cambio se lo pasan en grande. Tenía que saberlo, pero no podía hacerlo preguntándoselo directamente a ellos, los machos no hablan de buena gana de ciertas cosas, así que se lo pregunté a una amiga mía, una tía dura que de vez en cuando me pide un poco de droga pero sólo porque está acabando los exámenes de medicina y tiene que estudiar por las noches porque de día hace de cajera para pagarse la pensión. A mí me dice que la llame Butterfly porque lleva el tatuaje de una mariposa en una nalga, yo le he pedido que me lo deje ver porque no me lo creo pero ella siempre se niega. El caso es que quedamos en vernos en el sitio de siempre y, como siempre, quiere irse porque tiene mil cosas que hacer, pero yo la detengo, le pregunto cómo va con su chico y le guiño el ojo. Me siento como un imbécil, pero no sé cómo entrar en materia, y por suerte ella se da cuenta y me pregunta que a qué viene ese interés, que a mí qué carajo me importa. Yo le digo que es sólo curiosidad, que siento interés por ella, por su placer, y en la palabra placer le guiño de nuevo el ojo, pero esta vez me siento menos imbécil, creo que he captado su atención. Habla claro, insiste ella, y en ese punto le explico de qué va el asunto, que he oído decir que el producto no funciona tan bien en ese aspecto, y que estoy haciendo una especie de investigación de mercado, eso es todo. Y ella hace una cosa extraña, me coge de la mano y me arrastra a un bar, pide un par de cervezas y enciende un cigarrillo, el barman la ve e intenta decirle que no se puede fumar pero ella le dice que no le toque los cojones y él se retira detrás de la barra a servir cafés y capuchinos. Y me habla de su novio, al principio era grandioso, ella un placer de miedo y él unas erecciones de Guinness, el resultado eran unas prestaciones que darían envidia a Rocco Siffredi; luego el bajón. Su polla, me dice, fláccida como una salchicha que hubiera hervido demasiado, antes de que se le levante pasan horas y si ella prueba a tocársela él no siente prácticamente nada, es como si el calor hubiera desaparecido y los vasos sanguíneos bombearan agua helada. Él está muy deprimido por este asunto, no hace más que disculparse, cuando está solo tampoco logra masturbarse; empezó a tomar Viagra, primero una dosis moderada, justo veinticinco miligramos, luego subió a cien miligramos, pero no hay nada que hacer, se le levanta a medias, y no se corre. No hay forma de hacerle correrse, y toda esa energía que no logra explotar es dolorosa, produce mucho dolor, y follar durante horas, a la espera de que él por fin se moje, tampoco es precisamente divertido. Ahora él está en manos de un andrólogo, le ha confesado que consume mi producto y el médico ni ha pestañeado, le ha dicho que se presentan muchos como él y lo único es dejar el producto, pero eso no es fácil. Butterfly habla a rienda suelta y yo reúno las piezas del puzle, me doy cuenta de que estoy criando a un ejército de deprimidos sexuales que no hacen otra cosa que aumentar las dosis con la remota esperanza de que se les ponga dura. ¡Carajo!, quisiera exclamar, si en ese momento no fuera tan improcedente. Y luego Butterfly me dice que también las mujeres lo consumen, el producto, por ese motivo, porque cuando lo tomas te excitas, te pones a mil, pero desde el punto de vista sexual es un desastre, porque el producto, entre sus efectos secundarios, tiene también el de ser un óptimo anestésico, si te pones un poco sobre la muela del juicio que empuja, eso es una cosa, pero si dejas de tener orgasmos, ya de por sí difíciles normalmente, entonces es otra historia distinta. Por no hablar además, continúa Butterfly, de las cosas que haces y de las que luego te arrepientes, como la vez que su chico le confesó que una tarde iba un poco demasiado colgado y terminó con un transexual, que la fantasía siempre la había tenido, pero que nunca había encontrado el coraje. El coraje, repito yo, y Butterfly asiente, y luego después de un pequeño silencio le pregunto si esta vez me enseñará el tatuaje y ella me sonríe y se mete entre las mesas, se desabrocha los pantalones y se baja las bragas, en efecto no me había mentido.

”No he dejado de andar abriéndome paso entre los hombres vestidos según los últimos dictámenes de la moda de negocios, y no he dejado de encontrarme con mis targets que me buscaban, pero tampoco he dejado de descubrir qué hay detrás del producto, veo caras nuevas y las viejas se desvanecen y se pierden quién sabe dónde. Es un trabajo de mierda”.

Un trabajo de mierda que él sabe hacer. Habla de él como si en su cabeza hubiera sopesado ya los pros y los contras de la profesión y hubiera decidido guardarse para sí los contras. Como la paranoia. Hay camellos que cambian de móvil y de tarjeta SIM una vez a la semana. Basta un descuido de un cliente y estás jodido. Hay camellos que viven como monjas de clausura: contacto con el exterior sólo cuando es necesario y drástica reducción de la vida privada. Las novias son peligrosísimas, intuyen fácilmente tu cotidianidad y pueden vengarse fácilmente desvelándola o hablando de ella con alguien. Los hay que están aún más angustiados, que pasan el tiempo libre borrando sus huellas: ni carnés de identidad ni cuentas corrientes, prohibido el cajero automático, y cuidado con firmar cualquier trozo de papel. Angustia y paranoia. Para anestesiarlas hay camellos que se meten la misma droga que venden, y acaban por alimentarlas. Hay camellos, como el que tengo delante, que hablan como agentes de bolsa: “¡Yo vendo Ferraris, no utilitarios! La verdad es que con los utilitarios te vas a estrellar antes, con el Ferrari puedes durar un poco más”.

Hay camellos de calle que pueden ganar 4.000 euros al mes, con algún premio de producción si han vendido bien. Pero los camellos burgueses pueden llegar a ganar incluso 20.000 o 30.000 euros al mes.

“El problema no es la cantidad de dinero que ganas, es que te parece imposible cualquier otra clase de trabajo, porque te parecería que pierdes el tiempo. Con un cambio de manos ganas más que con meses y meses de trabajo, sea cual sea éste. Y no te basta saber que acabarás detenido para hacerte elegir otro oficio. Aunque me ofrecieran un trabajo que me permitiese ganar lo que gano hoy, no creo que lo cogiera, porque seguramente ocuparía una parte mayor de mi tiempo. Eso también vale para los pelagatos que venden en la calle. Para llegar a ganar la misma cantidad de todos modos tendrían que dedicar más tiempo”.

Lo miro y le pregunto si puede confirmarme lo que he percibido escuchando sus historias, o sea, que desprecia a sus clientes.

“Sí. Al principio me gustaban porque me daban lo que necesitaba. Con el tiempo los miras y lo comprendes. Comprendes que tú podrías ser ellos. Te ves desde fuera y eso te da asco. No me gustan mis clientes porque se parecen demasiado a mí, o a aquello en lo que me convertiría si decidiera pasármelo en grande más de la cuenta. Y eso además de asco me da miedo”.

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