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El vino y la medida
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Estaría de acuerdo conmigo Francisco Umbral, si viviera, que en el Madrid anterior a la Europa de la globalización una botella de vino repartido entre cuatro personas era en verdad muy poco vino. Una botella alcanza apenas para satisfacer la sed de una o de dos personas decentes. Quien bebe sólo una copa...
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El vino y la medida

Guillermo Fadanelli, Nexos

Miércoles 1 de enero de 2014 (05/02/14)
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Estaría de acuerdo conmigo Francisco Umbral, si viviera, que en el Madrid anterior a la Europa de la globalización una botella de vino repartido entre cuatro personas era en verdad muy poco vino. Una botella alcanza apenas para satisfacer la sed de una o de dos personas decentes. Quien bebe sólo una copa de vino en la comida o en la cena no bebe vino. Sin una dosis considerable de embriaguez no hay vino. Mas ésta es la opinión de un hombre salvaje y entregado a los extremos como yo y no albergo la esperanza de que se tomen en serio mis palabras. Y una vez descalificada mi opinión, abrazo la libertad para añadir que quien bebe sólo un par de cervezas durante una jornada aún no ha llegado de verdad al mundo. O ha venido aquí para desperdiciar lo que otros hombres necesitamos en cantidades generosas. La medida no tiene otro propósito que confundir a los inocentes y ponerlos en el camino de la asimilación o el amansamiento. Protágoras intentó disuadir a Sócrates de que el hombre es la medida de todas las cosas, y de que ninguno de los dos podía ganar en la conversación porque no existiría un juez supremo capaz de declarar a un ganador, pero no prosperó en cuanto utilizó las mismas armas que el maestro platónico: antepuso la brillantez de su discurso para lanzarse en busca de una aprobación. A causa del aburrimiento que hoy me embarga he vuelto a las páginas de esta antigua y célebre conversación (Protágoras o de los sofistas) y me resulta por demás evidente que ninguno de los dos sabios posee absoluta razón, y que ambos polemistas no hicieron otra cosa más que enredarse. Estos enredos dieron vida a la filosofía y creo que nadie sería capaz de negar esta afirmación. A partir de tan esmerada gimnasia nació el sueño de la verdad oculta, de la liebre inalcanzable. “La mentira circula Yo la detengo y se vuelve verdad”. Escribió Tristan Tzara en el manifiesto dadaísta de 1918. Me apena decir que no encuentro palabras más claras para expresar mis inclinaciones.

Otra vez esta maldita felicidad, dice el lema del mezcal Pierde Almas, obra de amigos y artistas que cuando beben no se quedan a medias si de consumir “maguey cocido” se trata. Esa felicidad que a la postre puede llegar a ser terrible y engañosa, delincuente y bella, mártir y utópica, no es un impedimento para acercarse a los placeres del vino. El escritor oaxaqueño, Ulises Torrentera, aconseja en su Mezcalaria, libro erudito y vivencial: “El bebedor debe escoger a sus contertulios. Por ningún motivo se trate de reconciliar con el enemigo frente a una botella de mezcal”. Si alguien me dice que éste es un consejo fatuo y común es que seguramente carece de aguda experiencia. No es sano discutir acerca de la deslealtad o de las traiciones si el mezcal está presente. Días después de presenciar cierto desaguisado en una tarde de malos presagios, mi amigo, Rodrigo Sánchez, el Pichu, me escribió el correo electrónico siguiente: “No se debe convertir una mesa en una coladera, es decir, no te sientes en la misma mesa con una mala persona mientras bebes mezcal y compartes palabras con los amigos”. No añadiré más a este consejo que por sí mismo posee gravedad suficiente, lo que sí haré es describirles a continuación la receta de una sopa de cerveza que en El practicón (Tratado completo de cocina al alcance de todos y aprovechamiento de sobras) nos ofrece, no sin vergüenza, el erudito Ángel Muro. “Esta sopa, aunque su título cause extrañeza, existe. En Flandes y en Alemania es muy estimada, y bueno es conocerla para saber de todo un poco: se pone a calentar un litro de cerveza muy fuerte con 30 gramos de azúcar y cinco gramos de cilantro. Se cala con este líquido pan de centeno, o muy moreno, y en el momento de servir se liga con una yema de huevo desleída en agua”. Si el verbo desleír ofrece problemas semánticos he aquí la definición de la Real Academia: Desleír significa disolver y desunir las partes de algunos cuerpos por medio de un líquido (explicación, ésta, a la que yo tuve que acudir). Es probable que una receta como la recién expuesta aquí repugne a los instruidos en gastronomía e incluso la consideren una treta más de los ebrios para llevar cerveza a sus venas, mas yo la tengo en gran consideración. Si alguna vez se encuentran en Berlín paseando cerca de Kreuzberg, vayan a saludar a Toni, una de las meseras y habitantes del Zum Goldenen Hahn (Oranienstr. 14 Heinrichplatz), aunque es casi seguro que el bar estará cerrado. Allí se abren las puertas cuando nadie lo espera y los propietarios están cansados de ser lo que son. Se han aburrido de servir y beber al mismo tiempo. Se han cansado de ser Sócrates y Protágoras dentro de una misma tertulia. Mas si ustedes logran entrar no beban sólo dos cervezas, puesto que ello sería una ofensa para la elegancia que trae consigo la ebriedad sin medida. En todo caso soliciten, además de hachís, un jägermeister rebosante para experimentar un calor que el sol por sí solo es incapaz de ofrecer. Y entonces la mentira se detendrá y se volverá verdad.

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