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Cultura dance. Ignorada por la academia, la escena electrónica emerge como espacio de nuevos consumos culturales. Una investigación explora su breve historia y...En una canción del año 2000, cuando la cultura dance ya dominaba la escena nocturna en Buenos Aires, Gaby Bex –devenir musical de la escritora Gabriela Bejerman– cantaba: “No vas a misa pero...
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Comer, rezar, bailar

Cecilia Palmeiro, Revista

Miércoles 5 de febrero de 2014 (10/02/14)
Revista ver en revistaenie.clarin.com

Cultura dance. Ignorada por la academia, la escena electrónica emerge como espacio de nuevos consumos culturales. Una investigación explora su breve historia y las actuales sensibilidades juveniles.




En una canción del año 2000, cuando la cultura dance ya dominaba la escena nocturna en Buenos Aires, Gaby Bex –devenir musical de la escritora Gabriela Bejerman– cantaba: “No vas a misa pero ves a Dios en la disco”. Esa frase resume una experiencia generacional con la tecnología: los jóvenes –algunos ya no tanto– le ven la cara a Dios –alcanzan una forma de éxtasis– gracias al DJ, que es también el dios de la pista, uno de los espacios fundamentales de la cultura contemporánea.

Si cierta zona de la literatura escrita después de 2000 abunda en ese tipo de reflexiones y escenas –pienso en la novela Presente Perfecto (2004) de Bejerman, que consiste en el relato de una fiesta–, o el cuento de Cecilia Pavón “Discos gato gordo o una nube con forma y color de moretón” (2002) –sobre un sello de música electrónica local y su posible relación con las masas–, el tema, aunque no por falta de méritos, no ha captado la atención de la academia argentina en general, tal vez por ser considerado algo frívolo y no ligado a procesos (macro) políticos de representación de clase.

El investigador Víctor Lenarduzzi define al fenómeno como “transclasista”. Su libro, Placeres en movimiento , es pionero en su género: se trata de una tesis doctoral en Ciencias Sociales sobre la “escena electrónica”, basada en el método de observación participante o “participación reflexiva” (produciendo un conocimiento de primera mano ligado a la experiencia) mediado por una rigurosa lectura bibliográfica. El trabajo capta justamente aquello dejado de lado por la disciplina, y que resulta fundamental para comprender lo contemporáneo: los nuevos consumos culturales, la micropolítica de los cuerpos en contacto y movimiento, la relación entre arte, experiencia y tecnología, las nuevas sensibilidades juveniles y sus formas de sociabilidad y las formas contemporáneas y profanas del éxtasis (las drogas como anestésicos pero también catalizadores de la percepción, el placer y la diversión).

El libro estudia la breve historia de la escena dance, que nace en Europa –la banda alemana Kraftwerk trabajaba en eso ya desde los 70, pero la escena explotó a fines de los 80 en el circuito Ibiza-Reino Unido con las primeras raves – para trasladarse a nuestro país a mediados de los 90. Las megafiestas electrónicas comenzaron en 1997 en Argentina, aunque desde los tempranos 90 podía bailarse en reductos vanguardistas como El Dorado, El Moroco, o la mítica Age of Communication. A nivel masivo, las fiestas Creamfieds o boliches como Pachá concentran, desde entonces, multitudes.

Pero existe también una línea más under: la galería-editorial Belleza y Felicidad, por ejemplo, tuvo un papel importante en la difusión, a nivel micro, de música electrónica no comercial venida de Alemania. Las fiestas Bumbumbox, emparentadas con ByF, también llevaron la música a la calle. Los ciclos de música del Goethe Institut trajeron DJ alemanes de Colonia y de Berlín, paraíso musical donde todos quieren ser DJ. Así nació Cómeme, un sello techno y house, de músicos latinoamericanos, que en principio establecía un puente entre los productores latinoamericanos y los consumidores europeos, en una trayectoria colonialista ahora monopolizada desde Berlín por uno de sus fundadores, una vez liquidada la conexión porteña.

En términos teóricos, el texto recurre a conceptos fundamentales del pensamiento libertario contemporáneo, como la noción de performance, utilizada primeramente por la filósofa Judith Butler para repensar y desestabilizar la categoría de género, y que dio origen en los Estados Unidos a una disciplina llamada Performance studies.

También se encuentran las huellas de la Escuela de Frankfurt, el post-estructuralismo y la teoría queer , especialmente presente a la hora de pensar el placer en su dimensión social y política.

El prólogo de Alicia Entel, directora de la tesis, enfatiza “el valor que el pensador le da al placer, a la producción de felicidad y a la creación de una nueva erótica social, que entiende a las transformaciones sociales en términos de goce individual y social, y no sólo imaginado como bienestar general sacrificando lo individual”.

La cultura dance revisa las categorías sociales –siempre jerárquicas– de género y clase, e incluso edad –la juvenilización como fenómeno clave de lo contemporáneo: los DJ más importantes del mundo rozan ya los 50-60 años–: no hay códigos jerárquicos, como podría haber en los bailes de salón. En la pista electrónica, no hay pasos de baile establecidos ni privilegios, hay una entrega sinestésica del cuerpo a la música. Es un espacio donde se liberan ciertos límites: un baile sin pareja, se baila de a uno, de a dos, o de a mil. Al calor del éxtasis, el cuerpo individual pasa a ser colectivo, como una orgía seca. Tampoco sucumbe ante la heteronorma ni a los ritos heterosexistas: la cultura electrónica es mixta, atraviesa las fiestas gays y hétero –si es que queda alguna–, desestabilizando las identidades, en procesos de desubjetivación temporales.

La escena tiene visos de politización no sólo inmanentes: en las marchas del orgullo GLTTTBI del mundo, la disco sale a la calle para protestar pero también para apropiarse del espacio público en un sentido celebratorio y dionisíaco. El impacto social del dance no se limita a la pura fiesta y se ha transformado en un estilo de vida: la escena creó también tribus urbanas como los “ravers”, “clubbers”, y los menos reconocidos pero aún proliferantes “pasti-dancers”.

Una parte fundamental está dedicada a las sustancias que emergen relacionadas con la cultura dance: las drogas de diseño, particularmente el éxtasis y su originario MDMA, las drogas de la felicidad instantánea, del aquí y el ahora: del amor químico. Todos los que hayan pasado por esa experiencia saben que hay formas del éxtasis que sólo se alcanzan a partir de la combinación de la música y las sustancias (los éxtasis místicos, seguramente más intensos e incluso peligrosos, ralean en el mercado). El último capítulo se dedica tanto a desmontar sus representaciones puritanas y atemorizantes en la prensa, como a exhibir los procedimientos de demonización y a polemizar con los modos en que se han concebido las drogas en el siglo XX. Sus argumentos pueden leerse como una intervención en los debates acerca de la urgente despenalización de las sustancias ilegales, que en sus versiones orgánicas no sintéticas han acompañado a la humanidad en múltiples ceremonias ligadas a la sanación y la espiritualidad. Aunque el sentido común “clasemediero” se espante, las drogas son parte fundamental de la historia de la medicina y de la religión y, por lo tanto, de la humanidad, y tienen el potencial de reconciliarnos estéticamente con la tecnología.

La apuesta política del libro es ambiciosa. No solamente desafía las convenciones de su disciplina en cuanto a la elección del objeto, o a la metodología (el autor sostiene que “haber bailado en el Tresor, Amnesia o Rex no es un mérito académico” –opino exactamente lo contrario–; a la academia le falta más cuerpo, más baile, más onda y más placer).

También es una declaración sobre las condiciones de producción del conocimiento en la academia argentina y sus agencias de financiamiento. El libro, resultado de una investigación que excede la doctoral y que está ligada a la experiencia personal, sostiene Entel, a pesar de la juventud de su autor, “se parece más a aquella visión tradicional que consideraba a las tesis de doctorado como la culminación de una carrera, que a las tendencias actuales en el mundo de las ciencias que propician la proliferación de tesis de doctorado como un paso más en pro de la adquisición cuantitativa de bienes académicos. Obligan al ‘posdoc’ y a la reiteración de escrituras similares para diferentes publicaciones con el fin de obtener puntajes. (...) Las modalidades de investigación vigentes replican celebratoriamente –a través de evaluaciones con eje en lo cuantitativo– el consumismo que cuestionan para otros ámbitos.”

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