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Rumbo a una despenalización real del consumo de drogas
La captura del Chapo y la política de drogas
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Una vez que pasen los ecos de las proclamas triunfales desatadas por la aprehensión del cabecilla de la red mejor organizada de tráfico de drogas habrá que ponerse a analizar con cuidado cuáles serán los efectos de su captura sobre la oferta y la demanda de las sustancias con las...
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La captura del Chapo y la política de drogas

Jorge Javier Romero, sinembargo.mx

Viernes 28 de febrero de 2014 (28/02/14)
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Una vez que pasen los ecos de las proclamas triunfales desatadas por la aprehensión del cabecilla de la red mejor organizada de tráfico de drogas habrá que ponerse a analizar con cuidado cuáles serán los efectos de su captura sobre la oferta y la demanda de las sustancias con las que su cartel comercia: ¿cambiará algo la demanda de cocaína, mariguana o heroína con la vuelta a la cárcel del inefable Chapo? ¿Cómo se modificará la oferta de esas drogas con su captura? ¿Subirán los precios o disminuirá la disponibilidad de las sustancias en las calles de los Estados Unidos o de México? ¿Disminuirán los riesgos a la salud vinculados al consumo de drogas?

Desde luego que la captura del personaje es una buena noticia para el Estado mexicano. Se trata de un criminal que ha asesinado y torturado a sus competidores y a los agentes encargados de combatir su control sobre el mercado en el que encontró su ventaja competitiva. Hacerlo ver como un racional hombre de negocios, como en ocasiones se ha hecho, sólo descarna la idea de que cualquier cosa se vale con tal de lograr ventajas en la competencia económica. Guzmán debe estar en la cárcel para cumplir la condena que eludió cuando huyó de Puente Grande hace trece años y debe ser juzgado por los nuevos delitos que ha cometido desde entonces y, sin duda, una vez cumplidas sus condenas en México, si le queda tiempo de vida, debe ser extraditado a los Estados Unidos para que sea juzgado por los delitos que allá se le imputan, pero este éxito de los cuerpos de seguridad de México y Estados Unidos para sacar a un criminal de la circulación no debe confundirse con un triunfo en la política de drogas que se ha seguido durante el último siglo y sobre todo durante las últimas cuatro décadas.

Delincuentes como el Chapo han existido antes de la guerra contra las drogas y seguirán existiendo una vez que se abandone la fallida política prohibicionista. Las bandas de bandidos errabundos fueron, de hecho, la causa de la aparición de los bandidos estacionarios que vendían protección a cambio de rentas y que a la larga acabaron por convertirse en gobernantes. El siglo XIX mexicano está plagado de leyendas de bandoleros que retaban el precario control del Estado en ciernes con contrabandos como el de tabaco y que extendían sus actividades al robo y al plagio, algunos famosos por su crueldad, tema de novelas y corridos. El Porfiriato los redujo y la revolución incluyó a varios, pero nunca fueron eliminados del todo. Lo que hizo la fallida guerra contra las drogas fue servirles la mesa de un mercado muy redituable que generó incentivos para que medraran de manera ingente.

Los criminales del estilo del Chapo no son especialistas en drogas, sino en mercados clandestinos y en aprovechar las fallas del Estado para retar su monopolio de la violencia. Sin embargo, cuando el Estado trata de enfrentar un comercio de alta demanda con una prohibición lo que genera automáticamente es el aumento de los incentivos para cubrir la oferta. De ahí el más grave error de la política de drogas prohibicionista: benefició a los delincuentes que acabaron por poner las reglas en el consumo de sustancias, sin ningún tipo de escrúpulos respecto a la salud de los consumidores. Entre más estricta se hizo la prohibición, más ganancias hubo por las cuales pelear y en cuanto el asunto se volvió guerra, fueron necesarias más armas y más violencia para controlar el tráfico.

Mientras, en lo que supuestamente se trataba de enfrentar: los problemas de salud relacionados con el consumo de ciertas sustancias psicotrópicas peligrosas, no sólo no hubo avances importantes, sino que la clandestinidad generó consecuencias más graves. Si la heroína generaba adictos incapacitados para la vida social, su prohibición extrema hizo que esos adictos se convirtieran en delincuentes o se prostituyeran, que estuvieran expuestos a dosis adulteradas con efectos mortíferos o que se contagiaran de VIH o de hepatitis C por compartir las jeringuillas convertidas en un bien escaso cuando se prohibió también su venta sin receta médica. Si la cocaína destruía vidas, el aumento de precio provocado por la persecución llevó a que surgieran sustitutos mucho peores como el crack o las metanfetaminas. La prohibición ha llevado a la cárcel a millones de adictos o simples usuarios de drogas, en lugar de brindarles opciones de rehabilitación. En el caso de la mariguana la desproporción entre el daño individual y social del consumo de la sustancia y los males provocados por su persecución es simplemente absurda.

Es posible que la captura del Chapo tenga algún efecto en la recuperación del control del Estado sobre las zonas y las rutas que él controlaba, pero su efecto será imperceptible sobre la demanda de las sustancias prohibidas cuyo comercio explotaba, por lo que aquí o en otro lado surgirán grupos dispuestos a suplir la oferta y a pagar los costos de desafiar la prohibición. Eso es una verdad de Perogrullo. Las drogas seguirán estando ahí, mucho más peligrosas que si se les enfrentara como un tema de salud del cual se deben encargar los médicos, los psicólogos y los educadores y no los policías.

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