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Apetitos de una población psicoactiva :: Drogas México

Reducción del daño
Políticas, programas y proyectos dirigidos a reducir los daños a la salud en usuarios de sustancias psicoactivas

Harm Reduction 2010
Apetitos de una población psicoactiva
Trabajan NOM para bebidas energéticas


En mi caso, la expectativa de los efectos de un psicotrópico puede ser, desde la primera vez, tan intensa como una aventura amorosa. Mi primer ácido fue a los 26. Estábamos en el departamento que compartía con unos alemanes y quien viniera a visitarnos. Coloqué en la lengua el cuadrito multicolor con la instrucción de...
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Apetitos de una población psicoactiva

Ricardo Sala

Miércoles 17 de febrero de 2010 (30/03/10)
Generación



En mi caso, la expectativa de los efectos de un psicotrópico puede ser, desde la primera vez, tan intensa como una aventura amorosa. Mi primer ácido fue a los 26. Estábamos en el departamento que compartía con unos alemanes y quien viniera a visitarnos. Coloqué en la lengua el cuadrito multicolor con la instrucción de mantenerlo ahí hasta que pasara media hora o la cartulina se disolviera. La expectativa comenzó a acumularse.


El plan era ir al rave en transporte público y volver en taxi; una medida que hoy llamaríamos de reducción del daño. Cruzamos el extraño paisaje urbano afuera del Metro Pino Suárez para llegar a una marabunta --principalmente preparatorianos y universitarios de escuelas privadas-- haciendo cola afuera de lo que parecía un cine abandonado. Luego de un rato mi acompañante se encontró con una guapa amiga. ¿Yá se lo metieron? ¿A verte los ojos? Yo los abrí grandes, sin comprender bien la solicitud. Unos minutos después entramos al recinto. Faltaban las butacas y la pared donde uno esperaría ver la pantalla, pero tratábase de una galería de cine inmensa, y ahí, a un costado sobre la tarima central, bajo una vista nocturna de cielo y edificios, ante una multitud de disfrazados a ritmo de beat electrónico novedosísimo (era 1994 en la Ciudad de México), junto al payaso y la malabarista un hombre salía semidesnudo de un tambo de fuego, espectacular. La música, la vestimenta con motivos deportivos, los videos, las luces, las chicas, todo estaba buenísimo. Me percaté de golpe que había una alternativa inmensa al aburrido y gris mundo convencional.


Mi primera tacha ha de haber sido en la caverna de Teotihuacán, en otra fiesta rave, pero las tachas nunca fueron tan espectaculares como los ácidos. En Huehuelcóyotl me eché un candy-flip (ácido y tacha) justo antes de que mi clan decidiera marcharse a prisas por alguna emergencia. Al descender el cerro por la carretera rural, a pie y con luz de luna, contemplamos horrorizados cómo uno de cada dos o tres autos estacionados sobre el acotamiento había recibido golpes de algún carro que se atrabancó al bajar. En la siguiente base me bebí un V8 con la certeza de que mi sangre reestablecía su circulación normal y mi corazón volvía a latir.


En aquella época las tachas eran todavía comprimidos de MDMA importados de Europa o EEUU. Mi hermanita y yo convivimos con algunos grupos de amigos en donde los comprimidos circularon con alevosía y ventaja, junto con ácido, mota, buena música y una dieta mediocre. Es de señalar que el principal efecto tóxico lo recibió ella por abuso de alcohol --aunque bebiera poco, algo en su bioquímica la cruzaba muy mal. Yo, de personalidad retraída y desbocado de imaginación, tuve un par de muy malos viajes lisérgicos que no me pude curar ni con vitamina B3. Me percaté que necesitaba madurar emocionalmente. Vino una época de abstinencia y búsqueda de fórmulas espirituales. Sustituimos la compulsión politóxica por la de los gurús, y ya entrados los dosmiles, por la psicoterapia.

En el 2004 me volví a acercar al movimiento de fiestas de música electrónica, a través de nuevas amistades y de un contacto con un grupo de organizadores (Maia, Discoteca). El objetivo ya no era reventarse, sino llevar información –unos booklets donados por Energy Control de Barcelona entre otros impresos-- y una actitud de diálogo sobre drogas con quien pudiera estar interesado. Me enteré, entre otras cosas, que lo que circulaba ya no era MDMA sino cristal o ice, y que no venía en comprimido sino en cápsula (Béla Braun tiene un buen artículo al respecto). Aunque les seguían llamando tachas, ya no eran Metilene Dioxi Meta Anfetamina, sino algo así como metamfetamina a secas. Pero la banda psycho seguía bailando igual, tribal y primigenia, en unión mística con la bioquímica universal.


Había tanto que decir sobre el uso y los usuarios de drogas, diferente de la clásica historia de la actriz Televisa con problemas de abuso, o de las letanías de funcionarios y campañas Vive Sin Drogas.

Por ejemplo qué es lo que busca en las tachas y en los raves una estudiante de posgrado de psicología, o un vendedor árabe de ropa en tepito, o un grupo de jóvenes colegas de la industria creativa o publicitaria. Qué tiene de malo encontrarlo con otras personas en un papelito o una pastillita, ambos de moda en ciertos círculos y con historial terapéutico, en lugar de con alcohol.


O qué significa versus qué inspira y evoca el término "drogas de diseño". En la mejor ciencia ficción siempre aparecerán las drogas, y combinar el alcance de la tecnología con el poder de la alteración de conciencia ha resultado en varios best-sellers (pensemos en el legado de Philip K. Dick). Pero en origen las drogas de diseño no prometían un éxtasis prefabricado o cortado a modo, sino una forma de evadir al régimen de prohibición. La procuración de justicia gringa acuñó el término a mediados de los ochenta para referirse a aquellos psicoactivos químicamente óptimos para el mercado negro (por su afinidad a otros ya probados) y con el beneficio adicional de ser legales (por no estar clasificados en la legislación). La procuración de justicia gringa acuñó el término a mediados de los ochenta y en seguida se implementaron las reformas necesarias para automatizar la ilegalidad de aquellas moléculas que compartieran características maléficas similares a las de la MDMA, MDA o MDE. A pesar de su caducidad, el término “drogas de diseño” sigue despertando imaginaciones, (seguramente perversas).


O qué puede significar “reducción del daño”, otro término de los ochentas, publicitado junto con la aparición del VIH y el SIDA por los programas de intercambio de jeringas. El acercamiento de los brigadistas a los usuarios de drogas inyectadas en sus sitios de reunión sirvió no solo para reducir el contagio por compartir jeringas usadas, sino para brindar una oportunidad de ver el mundo a través de otros ojos. (Hum, ver el mundo a través de otros ojos, ¿qué de bueno puede haber en ello?)


O por qué es tan razonable para unos, y tan irracional para otros, considerar al apetito por modificar la conciencia como el intento natural de ampliar el repertorio de respuestas a las amenazas y situaciones de la vida práctica.


O por qué diablos no podemos darle rienda suelta a la investigación para aclarar los perjuicios, beneficios y medidas más convenientes ante las drogas en cada caso.


Cuento con un currículum psicoactivo considerado normal para cierto perfil poblacional donde abundan las artes, las ciencias y las humanidades. Mi primer churro fue con un amigo de la prepa en 1988, mi primer hongo (Huautla) en el 90 y mi primer peyote (Real) en el 93. Han pasado muchas cosas en materia de políticas y cultura de drogas desde entonces, además de los raves. El narcocorrido ha pasado de objeto de estudio “de culto" a lugar común. México ha pasado de asociado minoritario del negocio de la cocaína a amo y señor (aunque falta ver dónde están los narcos gringos). Los mexicanos en mayor “situación de riesgo” en ciudades grandes o fronterizas hemos pasado de consumidores minoritarios de cocaína en polvo o "chata", a consumidores compulsivos de piedra o "crack" pulmonar, y de ahí a consumidores de cristal o metanfetamina por cualquiera de las vías. Por falta de una regulación más sensata hemos criminalizado la compra sin prescripción médica de pseudoefedrina –un insuperable remedio contra la gripa, muy común antes del 2007 y del multimillonario capítulo nacional titulado Ye Gon.


En 2010 México ocupa el segundo lugar en problemas por obesidad gracias a la integración de la cultura fast food a nuestro menú de garnachas. Es la diabetes, no el alcoholismo ni la drogadicción, el problema de salud. pública número uno. Y mientras de este lado de la frontera un comando asesina a quince jóvenes en una fiesta, presuntamente por un asunto relacionado al narco, del otro ya están legalizando la marihuana.


Yo, de la psicoterapia, pasé a la visita ocasional con el psiquiatra. He vuelto a la bioquímica en busca de respuestas, y las he encontrado. Y esta vez cuento con una buena red de comunicación para compartir, reducir daños y seguir experimentando. No quisiera hacer mucho barullo al respecto, no vaya a pensar algún funcionario que induzco al vicio a las nuevas generaciones. Pero las drogas y la emoción de ver la realidad con otros ojos, me encantan. Y como miembro normal de aquella población que experimenta con psicoactivos, advierto que nuestro apetito nunca cederá. ¿Podremos renovar el contrato social en torno a las drogas? ¿Hay alternativa?

[Este articulo se publico en el libro Tradición, Disfrute y Prohibición]




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