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Nuevo Laredo: la ley marcial es un espectáculo mediático en la fallida gue


La República Mexicana contemporánea es un país sitiado sobre todo en su norte por bandas, casi milicias, de alta eficacia represiva y con colusiones con gente de gobiernos regionales y federales, con poderes financieros muy fuertes que les permiten ubicuidad en las ciudades mayores del país y en amplios territorios rurales, muchos bajo su jurisdicción y dominio. Mantienen...
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México sitiado

Froylán López Narváez

Miércoles 15 de junio de 2005 (16/06/05)
Reforma



La República Mexicana contemporánea es un país sitiado sobre todo en su norte por bandas, casi milicias, de alta eficacia represiva y con colusiones con gente de gobiernos regionales y federales, con poderes financieros muy fuertes que les permiten ubicuidad en las ciudades mayores del país y en amplios territorios rurales, muchos bajo su jurisdicción y dominio. Mantienen vigorosas relaciones internacionales, sobre todo con corporaciones mafiosas de los Estados Unidos, Centro y Sudamérica.

 

 

Su administración criminal es magnífica. Lavan dineros y cerebros para conseguir súbditos que afrontan peligros, riesgos y asesinatos con una audacia y entereza que es equiparable a las sumisiones políticas y religiosas. Sostienen jefaturas que provocan lealtades y entreguismos semejantes a las que se suscitan entre liderazgos políticos y eclesiásticos. No es un paralelismo excedido amalgamarles a las cofradías que produjeron personajes como Cárdenas, Miguel Alemán o López Mateos, para citar a jefaturas de la política que perduraron décadas.

 

Se entiende que las sumisiones y lealtades son oriundas de otros motivos, repudiables, execrables, inadmitidos, odiosos. Pero si como se colige de la exoneración legal de Raúl Salinas de Gortari, él no fue imputable de la autoría intelectual del asesinato de su cuñado y que le hizo perecer en un crimen político, ahora las imputaciones y sospechas se enderezan a Ernesto Zedillo Ponce de León, a sus subalternos. Alguien tramó, una pandilla oficial se supone, el asesinato de un personaje tan equívoco que también auspició el perecimiento de su hermano Mario.

 

En este tipo de fechorías de alta perversidad se igualan también los asociados en mafias políticas y de narcotraficantes. Los asesinatos políticos, en todo el mundo, se asestan inmisericordemente. Tal se dice de la muerte de Carlos Madrazo Becerra y Luis Donaldo Colosio, aunque las versiones jurídicas afirmen que se trató de accidentes involuntarios, uno técnico y, el otro, perpetrado por un loco.

 

La desbordada ola de homicidios en contra de enemigos de carteles y de policías, verdaderos combatientes unos, de esta plaga envenenadora y homicida, en los estados de Sinaloa, Baja California, Sonora, Tamaulipas, el Distrito Federal, Guerrero, Jalisco, Michoacán, destacada pero no únicamente, las fugas y muertes en reclusorios, hospitales, calles, oficinas, aeropuertos, restaurantes, burdeles, hoteles, tribunales, agencias municipales y policiacas evidencian el arrojo tan decidido como suicida en el fondo.

 

Tres estados norteños agrupan al mayor número de crímenes indiciados como frutos podridos de la mata del nefasto negocio de los envenenamientos enmascarados de placeres, alivios, fugas neuróticas de miles de personas que no pueden con su vida, ni con la ajena, hasta el punto de recurrir a trances emocionales, de toxicomanías escalonadas que suelen terminar, son los casos más frecuentes, como reza la propaganda oficial presuntamente aleccionadora y amedrentadora, en la cárcel o en los refrigeradores mortuorios. Tamaulipas, Baja California y Sinaloa son sede actual del mayor número de atracos asesinos con 300 victimados en lo que va del año.

 

Si a esto se agregan suicidios y enfrentamientos entre policías locales y federales, se reconocerá que la criminalidad está enardecida y, ciertamente, en estricto sentido, en una verdadera lucha a muerte. La gravedad de las colusiones y las violencias llega al punto de que en Nuevo Laredo, amparada por la firma de un convenio de su presidente municipal, se ha llegado a una virtual desaparición de poderes y a imponer un estado de sitio casi general, con la ocupación de la zona y la ciudad con fuerzas militares. El gobierno del estado tamaulipeco ha sustituido a los poderes municipales con la disolución, de facto, de los cuerpos policiacos municipales, cerca de 700 personas, incluidos los burócratas administrativos, de quienes nadie sabe cuáles son sus inocencias, culpabilidades y destino laboral, personal y familiar.

 

La prepotencia cínica de los enfermizos vengadores o reivindicadores colma su intrepidez absurda con el asesinato de un ciudadano dedicado a los negocios, Alejandro Domínguez Coello, quien se lanzó a asumir la jefatura de policía de Nuevo Laredo, y a menos de ocho horas de haber aceptado el encargo, fue acribillado cerca de sus oficinas. No es excepcional el caso de Edmundo Fernández Corral, coordinador de investigaciones especiales de la Seguridad Pública Municipal, quien fue ejecutado con ráfagas de rifle de asalto, al tiempo de que el subcoordinador Alfredo Islas fue malherido. Semanas antes, se habían perpetrado victimaciones de policías superiores y subordinados. La perversión y maldad de estas muertes se agudiza pues no hay certidumbre, si es que, como lo quiere y lo pregona el gobierno foxiano, esta mortandad es una réplica ante la represión, reclusión y persecuciones de capos y agentes de las bandas del narcotráfico. O si es que se trata de represalias vengativas por contubernios incumplidos entre policías y narcos.

 

Rezagadamente, ha habido diligencias para encarar la violencia imparada hasta la fecha. Con el arraigo de 720 policías municipales se arrostra el problema en Nuevo Laredo. Se examinarán los cuerpos de los policías con análisis antidopaje. Pero como es práctica, casi tradicional, se divulgó que 13 de esos policías tenían antecedentes penales. El imperio aprovecha la situación y su chimolero embajador se inmiscuye directamente, como en otros asuntos sin tener potestad y prudencia diplomática para hacerlo, y solicita que no se visite Nuevo Laredo por su altísima inseguridad. No saben qué hacer, ni cómo orientar a las autoridades, pero beneficiarios del comercio y del turismo reclaman que se pacifique la ciudad norteña, de hecho todo el norte, y que Nuevo Laredo no se vuelva sitio inhabitable, abandonado, pues los inversionistas y los empresarios requieren que se imponga la paz social, aunque se viva en una nación mayoritariamente injusta y empobrecida.

 

Otras patadas de ahogado, pero imprescindibles, reclaman que se suspenda o se inhiba la venta del tráfico de armas, sobre todo de las que provienen de los Estados Unidos de América. El armamento de los narcos es sofisticado, frecuente si no es que preponderantemente, las armas de los criminales son más poderosas, lo mismo que sus vehículos.

 

Los ciudadanos comunes están alarmados e impotentes en mucho. Pero vaya que saben, en las zonas y barrios de poder de las bandas, quiénes son y a qué se dedican vecinos, conocidos y amigos. Bienes y fortunas ostensibles permiten saber y conocer a los capos y a los nuevos ricos que no tenían muchos dineros ha poco, o a mediano plazo, y de pronto y gradualmente se hacen notar con sus mansiones y otros lujos que no se pueden adquirir sin que se posean cantidades enormes de pesos o dólares. No se diga de las lavanderías de dinero: hoteles, centros nocturnos, compra de latifundios, joyas, automóviles de lujo.

 

En esto hay familias, ya pueden reputarse como famiglias, parientes, empleados, gente de servicios. Los malignos negocios y las fortunas son conocidos, identificables, pero como expresó el visitador de la CNDH en Tamaulipas: "Hay un clima de mucha tensión, no se puede negar. Hay rumores de que puede haber ligas de los policías con los delincuentes, pero nadie se atreve a hablar de eso". Si en aquel pueblo no había ladrones, en el México sitiado sí hay muchos narcos, cómplices, amigos y autoridades en connivencia.

 




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