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La bicicleta de Hofmann :: Drogas México
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Bernardo Fernandez

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Complot N 6 julio 2000 A la memoria de Simón BrailowskyAnd nothing can never be the same again.Grant Morrison, sobre el viaje en bicicleta de Albert HoffmanDurante las hambrunas de la Edad Media, la ingestión de pan de centeno enmohecido con el Claviceps purpurea, un hongo conocido comúnmente como cornezuelo (ergot, en inglés), provocaba el fuego...
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La bicicleta de Hofmann

Bernardo Fernandez

Sábado 1 de julio de 2000 (18/07/05)
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Complot N 6 julio 2000



A la memoria de Simón Brailowsky

And nothing can never be the same again.

Grant Morrison, sobre el viaje en bicicleta de Albert Hoffman

Durante las hambrunas de la Edad Media, la ingestión de pan de centeno enmohecido con el Claviceps purpurea, un hongo conocido comúnmente como cornezuelo (ergot, en inglés), provocaba el fuego de San Antonio, una enfermedad que ocasionaba que los dedos perdieran sensibilidad y se ennegrecieran, como si se calcinaran, desprendiéndose a pedazos, para posteriormente provocar la muerte aunque se hubiera amputado el miembro enfermo. Hoy se conoce este padecimiento como ergotismo o gangrena seca. Durante décadas las parteras utilizaron el cornezuelo para ayudar a las mujeres a alumbrar, pues sabían que provocaba contracciones activas en el útero; sin embargo, una dosis equivocada podía provocar la muerte de la madre, del bebé o de ambos.

No fue sino hasta finales del siglo XIX cuando el cornezuelo fue analizado químicamente, y hacia 1935 se habían identificado tres alcaloides: ergonovina, ergotina y ergotamina. En todos ellos se encontraba presente una sustancia aislada por un joven científico suizo de apellido Hoffman: el ácido lisérgico.

Albert era un hombre de ciencia, un químico farmaceútico que trabajaba en los laboratorios Sandoz de Basilea, en su natal Suiza.

Allá afuera era 1938, corrían años difíciles para Europa y el mundo. Pero en el interior del laboratorio lo único que le interesaba a Albert era encontrar un nuevo fármaco para estimular la circulación sanguínea. Había estado trabajando con el ácido lisérgico debido a su estructura química similar a la koramina, un estimulante circulatorio utilizado con éxito previamente.

El 2 de mayo de 1938, en su vigésimoquinto experimento, Albert añadió un grupo químico, dietilamida, y obtuvo un compuesto nuevo, el ácido lisérgico dietilamida que, tras algunos refinamientos, acabaría llamándose tartrato 25 dietilamida del ácido dextro—lisérgico y bautizado en alemán por Albert como Lyserg Suare Diethylamide o LSD. Pero la nueva sustancia no arrojó resultados satisfactorios al ser probada en animales y quedó dejó olvidada, en los anaqueles del laboratorio de Sandoz, durante cinco años. Cinco años durante los cuales el propio sueño durmió.

El LSD es soluble en agua, inodoro, incoloro e insaboro. Nunca se ha reportado una muerte humana por sobredosis.

"Un peculiar presentimiento" llevó a Albert a desandar el camino y volver a la Lyserg Saure Diethylamide en 1943. Se habían desarrollado nuevos métodos de escrutinio químico y el farmacéutico intuía que algo se escondía en la variación número veinticinco de su creación.

Era primavera, un 16 de abril en el que el mundo hervía entre las llamas de la guerra mientras Suiza, desde su posición neutral, no era ajena a la angustia bélica pero sí a la violencia.

Ese día Albert manipulaba diversos alcaloides ergóticos, incluido su hijo problema, cuando accidentalmente una cantidad mínima llegó a su fluido sanguíneo y de ahí a su cerebro.

La escena es, por lo menos, escalofriante. Un sabio suizo trabaja afanoso en el laboratorio aligual que su compatriota ficticio, el doctor Víctor Frankenstein, ambos tienen monstruos en sus mesas de trabajo acechándolos, sólo que los dos lo ignoran y, cuando menos lo esperan, sus creaciones los encaran.

El cómo llegó el LSD a su sangre es algo que el propio Albert ignoraba cincuenta años después.

El LSD tiene buena absorción gastrointestinal, pero únicamente el uno por ciento de la dosis ingerida logra penetrar la barrera hematoencefálica (BHE), que es el filtro membranal que discrimina las sustancias presentes en el flujo sanguíneo que llegan al cerebro.

Albert había cristalizado ya la dietilamida de ácido lisérgico cuando comenzó a senitrse indispuesto.

Un malestar inusual, descrito después como "una sensación de intensa agitación y un ligero aturdimiento", hicieron que el químico se disculpara y retirara a casa, donde lo recibió la ausencia de su esposa e hijos, que habían salido a vacacionar unos días.

Durante un par de horas Albert, recostado en cama con los ojos cerrados (la luz resultaba demasiado molesta), experimentó un estado de duermevela en el que la realidad parecía desvanercerse en un tapiz borroso de colores brillantes para mezclarse con imágenes oníricas que parecían sólidas, tangibles. La sabrosa pesadilla fue desapareciendo gradualmente.

Ciento viente minutos después se había ido, dejando al químico confundido.

Un hombre superticioso hubiera corrido a ser exorcizado. Un hombre común seguramente habría buscado el consejo de un psiquiatra. Albert era un científico. Decidió repetir la experiencia bajo control y observación.

Decidió experimentar en su propio cuerpo.

Sesenta y dos años después de haber sido sintetizada, la forma de actuar del LSD sobre el cerebro humano sigue siendo un misterio. Se sabe que afecta los receptores de la serotonina (5—hidroxitriptamina), que es uno de los neurotransmisores más importantes (la mayoría de los alucinógenos tienen efectos serotonínicos), y que influye en los procesos de sinapsis.

Pero no se sabe mucho más.

Al principio, Albert pensó que lo que le había afectado había sido la inhalación de dicloroetileno, una sustancia similar al cloroformo con el que había estado trabajando, por lo que tres días después—repuesto ya—inhaló el solvente.

No pasó nada. Así que por eliminación dedujo que la única sustancia extraña a la que podía responsabilizar de su delirio artificial era el LSD—25.

Albert era un hombre de ciencia. El siguiente lunes 19 de abril, a las 4:20 de la tarde, el químico disolvió 0.25 miligramos de su creación en agua, casi ocho veces la dosis necesaria para obtener efectos, y se la bebió en presencia de su asistente.

El monstruo había escapado de su jaula.

Muchos mitos se han tejido alrededor de los efectos del LSD. Tanto los que hablan a favor de su uso como los que están en contra parecen exagerar. Es casi imposible encontrar una versión objetiva. Lo cierto es que es muy difícil comprobar que sirva para amplificar la creatividad, como tampoco es una regla el que desencadene locura previamente oculta. Lo único cierto es que cada usuario tiene una experiencia diferente.

Algunos encuentran el cielo, otros el infierno, pero todos artraviesan las puertas de la percepción.

Albert comenzó a sentir los mismo efectos de la experiencia anterior, pero en pocos minutos las sensaciones fueron intensificándose hasta que el estado de sopor se transformó en un malestar delirante.

Pidió a su asistente que lo acompañara a casa. Montaron en sus bicicletas (eran tiempos de guerra) y comenzaron a pedalear los seis kilómetros que mediaban entre el laboratorio y la casa del químico.

Durante el viaje en bicicleta más importante del siglo, Albert sintió que el tiempo se gelatinizaba.

Los colores ocres de la primavera suiza adquirieron un brillo intenso, antes desconocido para Albert, que se filtraba dolorosamente en sus ojos.

Entonces descubrió nuevos colores, que palpitaban rítmicamente frente a sus ojos, sincronizados con los sonidos que escuchaba.

Ante su visita desfilaba un carnaval caleidoscópico de imágenes que se entremezclaban en espirales infinitas.

A kilómetros de distancia, Albert sentía sus piernas pedalear dificultosamente, como si lo hiciera sumergido en un estanque de aceite.

La sensación de que su conciencia se separaba por momentos de su cuerpo llegaba a intervalos irregulares mientras veía el trinar de unos pájaros convertirse en un estallido azul y el murmullo de un auto burbujear en tonos rojizos.

Una parvada de aves cruzó su campo visual como amibas luminiscentes flotando en agua.

Si Albert se hubiese fijado en los árboles, habría descubierto que eran anémonas luminosas que sacudían sus tentáculos al ritmo de un viento cuyo silbido se había transformado en una bruma azulada que se deslizaba perezosamente, paralela al horizonte. Pero estaba demasiado ocupado con los demonios que revoloteaban a su alrededor.

"No nos movemos, ¡no nos movemos nada!", gritó alarmado el químico a su asistente, quien no lograba comprender el pánico de su jefe en medio de un apacible día de primavera.

Las sensaciones de tiempo y espacio habían desaparecido para Albert.

Los efectos de una dosis de LSD, es decir, un viaje, duran de 10 a 12 horas, aunque la permanencia de la sustancia en el sistema nervioso central o vida media es de tres horas. Su utilización no deja secuelas orgánicas, pero un mal viaje puede ocasionar severos trastornos emocionales. Normalmente éstos se presentan en personas con previos desequilibrios nerviosos. Aunque no siempre.

Lo que sigue importa poco. Si llegaron a la casa de Albert, si mandaron pedir leche a la casa de los vecinos y ésta tuvo un nulo efecto antitóxico en el químico. Si llegó un médico que no enocntró más anomalías en Albert que unas pupilas excesivamente dilatadas. Si el primer viaje de ácido autoinducido de la historia duró más de diez horas. Si al siguiente día Albert se levantó como si nada.

¿Qué mano invisible, qué fuerza cósmica llevó a un humilde químico suizo a desencadenar la droga alucinógena más poderosa de la historia?

El 19 de abril de 1943 marcaría un parteaguas en la historia de la humanidad, una dulce cicatriz casi tan profunda como la abierta el mes de agosto de 1945, un acontecimiento casi tan grande como lo de julio de 1969.

Casi.

Está médicamente comprobado que el LSD no produce adicción.

Después habrían de venir el doctor Gordon Wasson con el aislamiento de la psilocibina y el descubrimiento de la presencia del ácido lisérgico en la ololiuqui o semillas de la virgen; Timothy Leary (quien resultó oreja del FBI) y Richard Alpert, Aldous Huxley y Allen Ginsberg, Ken Kesey y Hunter S. Thompson y muchos más; el retiro del LSD del mercado por parte de Sandoz; la revolución psicodélica de los sesenta; los laboratorios clandestinos, el mercado negro; los Beatles; la paranoia de los militares y la CIA; el plan asesino de impregnar con ácido el traje de buzo de Fidel Castro; las drogas de diseñador; los raves, las tachas y los aceites; la DMDA, el STP...

Albert presenció todo lo anterior, fue un testigo activo del siglo, pero para entonces estaba más allá de todo eso. Pasó a la historia pedaleando un bicicleta suspendida en el tiempo que no va a ninguna parte, congelada para siempre en algún punto de los seis kilómetros entre los laboratorios Sandoz y su casa.

Una pequeña pedaleada para el hombre, un gran viaje para la humanidad.


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