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Todos consumimos drogas legales e ilegales
El debate que no queremos tener
Adalberto Santana investiga el consumo ilícito de las drogas


Si desde una perspectiva histórica revisamos la agenda nacional, encontraremos que, mientras los problemas sociales más sentidos permanecen inamovibles: la pobreza, el desempleo, la falta de vivienda, el bajo nivel educativo y la injusta distribución del ingreso y la riqueza, a esta lista nada tranquilizadora se han agregado otros, como el narcotráfico, cuya relevancia...
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El debate que no queremos tener

Alfredo Acle Tomasini

Jueves 18 de agosto de 2005 (19/08/05)
El Financiero



Si desde una perspectiva histórica revisamos la agenda nacional, encontraremos que, mientras los problemas sociales más sentidos permanecen inamovibles: la pobreza, el desempleo, la falta de vivienda, el bajo nivel educativo y la injusta distribución del ingreso y la riqueza, a esta lista nada tranquilizadora se han agregado otros, como el narcotráfico, cuya relevancia hace 15 o 20 años era considerablemente menor. ¿Por qué?

 

 

Empecemos por decir que México no se encuentra solo en esto y que, como todo el mundo, está dentro de macrotendencias de las cuales no puede sustraerse. Algunas positivas, otras, como la drogadicción, negativas. A eso le llamamos globalización.

 

El reporte de 2005 sobre drogas, publicado por las Naciones Unidas, señala que 200 millones de personas, es decir el 5 por ciento de la población mundial, utilizaron alguna droga ilícita en los últimos 12 meses. Por su parte, la Oficina de Política Nacional de Control de Drogas de Estados Unidos estima que, aproximadamente un 6.7 por ciento de su población (14.8 millones) consume drogas todos los meses. Es decir, el equivalente a la población mexicana asentada en los estados limítrofes con ese país.

 

Si bien lo anterior revela el grado de penetración que las drogas ilícitas tienen en la población, lo grave no se limita a su dimensión sino a la forma como ésta ha crecido. Basta mencionar que según el citado reporte, su consumo mundial ha aumentado desde 1992 en todas sus variedades. Destacan aquellas agrupadas en la categoría de cannabis, donde están la marihuana y el hachís, con un incremento desde esa fecha superior a cuatro veces. Marca que sólo superan las anfetaminas.

 

Detengámonos en estas cifras, y pensemos que en paralelo a ese creciente caudal de droga, hay otro, gemelo, expresado en contante y sonante, que se mueve también a escala mundial y que ha alcanzado una magnitud que hace factible comprarlo todo: desde la más sofisticada tecnología hasta las conciencias de simples mortales.

 

Preguntémonos en qué medida estas evidencias ponen en tela de juicio las acciones que se han tomado para atender este problema, que en esencia más que corresponder al ámbito policial, pertenece, a juzgar por los millones de consumidores que existen y a quienes poco importan los decomisos, al campo de la salud pública. Visto en retrospectiva, parecería, dada la contundencia de las cifras sobre consumo, que los recursos y las vidas que ha costado luchar contra el narcotráfico han tenido tanta efectividad como trazar líneas en el agua, y que ha llegado el momento de replantear todo desde un principio.

 

El reto no es sencillo. Más aún porque el narcotráfico es apenas uno de los eslabones de un proceso amplio y complejo, que se inicia con la siembra y producción de la materia prima, y sigue con su transformación, distribución, venta al mayoreo, comercialización al menudeo, y el lavado de dinero; para continuar con las consecuencias que esto le acarrea a la sociedad, como son los delitos asociados a la compra de droga o relacionados a su consumo, y los de salud pública, como son la atención médica y los programas de desintoxicación, que requieren recursos, y que, irremediablemente, también cuestan vidas humanas.

 

Basta ver cualquier eslabón de esta cadena para apreciar su complejidad e interrelación con otros problemas que le sirven de abono: la pobreza en el campo, el desempleo, la corrupción, etc. En tanto, el hecho de que el consumo se manifieste en varios tipos de droga, añade un ingrediente que evidencia que cualquier solución deberá plantearse a partir de una estrategia que abarque diversos planos, y que no está sólo en el uso de la fuerza pública.

 

La gravedad que este problema ha alcanzado, y que se aprecia en la ingobernabilidad de algunas ciudades, en la tensión añadida a nuestras relaciones con Estados Unidos, pero sobre todo, en un creciente número de mexicanos que viven de la droga o la consumen, demanda que abordemos este problema de una manera amplia y pública, y que discutamos todas sus aristas: desde su consumo hasta la producción.

 

Para ello, el Congreso debería encargar, como punto de partida, un estudio profundo que nos indique cuál es la situación real de las drogas ilícitas en México y que sirva para debatir abiertamente y poder plantear una estrategia nacional que atienda este problema en sus orígenes más que en sus efectos, aun cuando esto implique hablar de lo que no queremos oír, aunque a diario lo veamos.

 




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