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Moral y drogas: el principio del fin :: Drogas México
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Jorge Hernández Tinajero

Presentación de libro ''Guía sobre políticas de drogas''
Moral y drogas: el principio del fin
Drogas: despenalizar el debate


La moral es un instinto, y su función consiste en contradecir al resto de los instintos naturales de hombre [] puede tolerar todos los crímenes y todas las infracciones, pero jamás tolera el examen y la crítica.
Octavio Paz

Hace poco más de cien años, el 26 de febrero de
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Moral y drogas: el principio del fin

Jorge Hernández Tinajero

Miércoles 1 de septiembre de 2010 (01/09/10)
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La moral es un instinto, y su función consiste en contradecir al resto de los instintos naturales de hombre [] puede tolerar todos los crímenes y todas las infracciones, pero jamás tolera el examen y la crítica.
Octavio Paz

Hace poco más de cien años, el 26 de febrero de 1909, en Shangai, China, concluyeron los trabajos de la Comisión Internacional del Opio. Gracias a sus acuerdos, la omunidad internacional se propuso ejercer un control global sobre aquellas sustancias consideradas como un riesgo inaceptable para la salud de la humanidad.

Este primer esfuerzo multilateral fue liderado por aquellas potencias coloniales que, habiendo ejercido un control económico y político en distintas regiones del planeta a través de la expansión de los mercados del opio, se encontraron con la novedad de haber provocado una epidemia en el consumo de este producto y de sus derivados, fenómeno que no sólo hacía ya estragos en China, sino que comenzaba a extenderse del mundo periférico hacia el mundo occidental “civilizado”.

No fue casualidad, por lo tanto, que la reunión tuviera lugar en la convulsa China, a la que se había obligado durante décadas, mediante las llamadas “guerras del opio”, a comprar el producido en la India y el sudeste asiático (regiones colonizadas principalmente por ingleses y franceses), ni fue casualidad que fueran estas mismas potencias las que impusieran las políticas de control de sustancias que han dominado al mundo desde entonces.

El nuevo sistema, basado en un paradigma prohibicionista con fundamentos profundamente morales ofrecía, además, nuevas y prometedoras ventajas a sus creadores: preservaba para ellos canonjías de mercado logradas bajo el sistema colonial, al impedir el surgimiento de regulaciones alternativas y de industrias locales que hicieran competencia a sus propios intereses económicos y comerciales; abría la posibilidad de ejercer un control geoestratégico sobre naciones menos poderosas
a través de presiones directas o indirectas para poner en práctica las medidas propuestas por el sistema, y por añadidura atendía intereses políticos domésticos muy concretos, toda vez que satisfacía los reclamos moralistas de amplias capas conservadoras de sus propias poblaciones, como las que representan al puritanismo en Estados Unidos o los poderosos e influyentes estratos conservadores de Francia e Inglaterra, entre las de muchas otras naciones occidentales.

A partir de este momento, y durante todo el siglo XX, comenzaron a multiplicarse en el sistema jurídico mundial los instrumentos y convenios internacionales
para el control de sustancias; pero fue hasta principios de la década de los sesenta cuando las políticas prohibicionistas alcanzaron una verdadera condición de universalidad: en el seno de las Naciones Unidas se firma la Convención Única de Estupefacientes, de 1961, en cuyo prólogo, por si quedara alguna duda sobre los fundamentos del instrumento, se estipula en primerísimo lugar la “preocupación [de los Estados firmantes] por la salud física y moral de la humanidad”.

A esta Convención se suman el Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas, de 1971, y la Convención de las Naciones Unidas contra el tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas, de 1988, y con estos tres instrumentos se organiza, hoy en día, todo el sistema internacional de control de drogas. Un nuevo orden moral, maniqueo y puritano, se había consolidado como un mandato universal para todas las naciones.

A principios del siglo XXI, sin embargo, la evidencia histórica, económica y social es abrumadora: en cien años, el sistema prohibicionista no ha lo- Moral y drogas: el principio del fin grado detener la expansión de los mercados de drogas en las más diversas regiones del mundo. Jamás tanta gente tan diversa, de los más distintos
estratos sociales, económicos y culturales, ha consumido más variedad de drogas que ahora.

Los inmensos intereses económicos generados por los mercados ilegales producen, cada vez con mayor intensidad, violencia social, corrupción a gran escala, violaciones de derechos humanos y erosión de las instituciones democráticas, al tiempo que han fortalecido inmensamente las actividades del crimen organizado, quien es ahora el que ejerce el control de los mercados. Los lineamientos del sistema son tan contradictorios y tan ajenos a la realidad histórica, económica, social y cultural de los pueblos a los que están destinados, que resulta imposible llevarlos a la práctica en la mayor parte de las ocasiones, y peor aún, al intentarlo, desperdician recursos y causan daños mayores.

La Oficina de Naciones Unidas para las Drogas y el Delito, garante de los tratados de 1961, 1971 y 1988, ha tenido que reconocer en su informe de 2009, que “los mercados ilícitos son una consecuencia inevitable y extraordinariamente problemática del control internacional de drogas. [] La instrumentación de este sistema de control ha tenido muchas otras consecuencias involuntarias. Se requiere de un imperio de la ley estricto que, dados los limitados recursos de todos los países, ha
disminuido los recursos destinados a la salud pública. [] Los países con gobiernos débiles son los más vulnerables al crimen y pagan el más alto precio en términos de la erosión de sus capitales social y humano, de su capacidad de ahorro interno, de la reducción de inversión extranjera, de la fuga de cerebros y de una creciente inestabilidad democrática.”1

A este panorama se suman otros problemas de alcances globales, como es el caso del VIH/sida y de los distintos tipos de hepatitis: en la Conferencia Internacional de VIH/sida que tuvo lugar recientemente en Viena, Austria, la comunidad científica internacional reunida declaró, mediante la “Declaración de Viena” (www.viennadeclaration.com) la amplia responsabilidad de las políticas de drogas en la propagación de estas epidemias. Se encuentra en entredicho, también, porque contradice principios jurídicos y derechos esenciales relacionados con la autonomía de las personas; porque contraviene las leyes más básicas de la economía
y del mercado; porque atenta contra la libertad personal y rebasa los límites del poder del Estado frente a los individuos de plenos derechos.

En resumen, la estructura jurídica e ideológica internacional para el control de drogas está colapsando:

Por la ausencia de resultados en relación a sus objetivos.

Porque contraviene las leyes del mercado.

Porque genera graves problemas en materia de salud, seguridad pública y crimen organizado.

Porque no hay evidencia histórica de que haya sido eficaz en ningún momento.

Por la expansión del número de usuarios en las sociedades de consumo, tanto desarrolladas como emergentes.

Por las violaciones de derechos humanos que conlleva la estrategia militar y policiaca.

Por la corrupción institucional y la erosión democrática que genera.

Pareciera ser, a la luz de estos hechos, que el edificio está muy próximo a derrumbarse. Desde esta perspectiva el cambio se acelera, y no se trata ya de debatir la conveniencia o no de la prohibición, sino de discutir con inteligencia cómo tendremos que administrar ese cambio.

La primera y más importante señal probablemente, proviene del coloso del prohibicionismo mundial, ahora bajo la administración Obama, que anunció su intención de dejar de llamar “guerra” a su política de drogas para transitar hacia una política contra ellas basada más en la evidencia y en mejorar los servicios y presupuestos para la salud, el desarrollo social y la educación. Con respecto a su zona de influencia continental, el zar antidrogas Gil Kerlikovske anunció una política de “esperar y
ver qué pasa”. El barco ha comenzado a girar.

Los resultados del viraje en la política de drogas de Portugal, que ha tenido lugar en los últimos tres años, ha demostrado que la descriminalización de los usuarios de drogas ha traído mucho más beneficios que costos, al descender dramáticamente los índices de criminalidad sin que aumenten los de consumo, entre los que por añadidura han descendido los de drogas duras y peligrosas, como el de la heroína.

La tradicional política pragmática holandesa con el cannabis se mantiene firme a pesar del acoso de sus vecinos, especialmente Francia, y permite que Holanda tenga los indicadores más bajos de la Europa atlántica en uso de drogas duras como cocaína y heroína, y se mantiene en el nivel promedio bajo en cuanto al consumo de cannabis.

El reciente fallo de la Suprema Corte de Justicia de Argentina, mediante el cual se declara como anticonstitucional la criminalización de los usuarios de cannabis por su mera posesión es también un indicador más en este sentido.

En UNGASS Drogas 2009, en Viena, cuando supuestamente se debía estar celebrando una nueva era sin plantíos ilegales de coca, opio y marihuana (objetivo trazado formalmente diez años antes, en su sesión previa, UNGASS Drogas 1998) el debate para introducir formalmente políticas de reducción de riesgos y daños, en contraposición a la “tolerancia cero”, dividió a la comunidad internacional y 26 países, entre ellos Alemania, Reino Unido y España, votaron en contra de Estados Unidos,Rusia y Cuba.

Todo indica que el cambio general en las políticas de drogas, locales e internacionales empezará por el cannabis.

La legalización de facto que está teniendo lugar en California, y que muy probablemente se complete en noviembre próximo, podría ser el comienzo formal del fin del prohibicionismo a nivel global.

La Propuesta 19, cuyo nombre formal es la Regulate, Control and Tax Cannabis Act 2010 contempla la legalización plena de la siembra, venta y libertad de consumo para los mayores de 21 años, y dejará a los condados y ciudades establecer sus propios regímenes impositivos. De ser admitidas, estas medidas tendrán un impacto directo en nuestras propias circunstancias. De hecho, miembros de los tres principales partidos del Senado mexicano han declarado la revisión de la política nacional sobre
marihuana, a la luz de los acontecimientos más recientes en catorce estados de Estados Unidos que permiten ya la marihuana médica.

Asimismo, conviene advertir que la cada vez más probable reforma en materia de drogas a nivel global, aun cuando tuviera efectos concretos y directos en México en el corto y medio plazos, no será suficiente como para dar cabal solución a todos los problemas causados por el crimen organizado y el narcotráfico. Sin duda serán medidas que contribuirán a ello, pero siendo razonables eso sería demasiado pedir.

A pesar de ello, por primera vez en mucho tiempo hay razones para el optimismo. La moral puritana que ha dominado a las drogas por un siglo se está fracturando rápidamente. Saber comprender y procesar políticamente estos cambios para adaptarlos de manera funcional y eficaz a nuestras propias circunstancias, será crítico en los próximos años para el país. Nos decidimos a girar con el barco del mejor modo posible, o en él nos hundiremos todos, justos y pecadores.

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