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Drogas: despenalizar el debate
De ''no hay alternativa'' a ''enséñenme la salida''


Más por encontrarse acorralado que convencido, así como por su incapacidad manifiesta y reconocida para convencer de las bondades y los resultados de su guerra contra las drogas, el presidente Felipe Calderón tuvo que aceptar, durante los encuentros que sostuvo en la semana con distintas organizaciones de la sociedad civil, que el debate de la legalización...
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Drogas: despenalizar el debate

Jorge Hernández Tinajero

8 de agosto de 2010 (08/08/10)
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Más por encontrarse acorralado que convencido, así como por su incapacidad manifiesta y reconocida para convencer de las bondades y los resultados de su guerra contra las drogas, el presidente Felipe Calderón tuvo que aceptar, durante los encuentros que sostuvo en la semana con distintas organizaciones de la sociedad civil, que el debate de la legalización de las drogas es no sólo deseable, sino también necesario.

Ésta es, sin duda, una excelente señal en momentos de crisis, y le tomamos la palabra. Expongo, en consecuencia, algunas ideas para que este diálogo no se vuelva uno de sordos, o peor aún, un enfrentamiento ideológico.

En primer lugar, es preciso contar con una plataforma metodológica común para evaluar lo realizado hasta el momento en cuatro áreas clave de la política de drogas: salud pública, derechos humanos, seguridad pública y crimen organizado.

Sólo estando de acuerdo en lo que ha funcionado bien y reconociendo lo que no, podremos avanzar en soluciones concretas. Por ejemplo: medir el éxito de la política del gobierno federal a través del número de muertos por la violencia del narcotráfico, o por la cantidad de drogas y armas aseguradas no significa nada para la sociedad que sufre las consecuencias. En todo caso, midamos qué tanto ha disminuido la disponibilidad de drogas en las calles, o bien, la de armas en los mercados ilegales.

También es muy importante señalar que, si bien vinculados, el debate de la legalización y/o regulación de las drogas no es exactamente el mismo que el de la lucha por la seguridad pública o el combate al crimen organizado. La legalización y/o regulación de las drogas es una condición necesaria, mas no suficiente, para alcanzar una solución integral en materia de crimen organizado.

Si el tema es cómo solucionamos los problemas del crimen organizado, entonces una reforma en la política de drogas es imprescindible y, básicamente, la discusión se centra en cómo el Estado puede recuperar el control de un mercado que en estos momentos está en manos de delincuentes, y cuyo control los hace inmensamente poderosos. Recordemos que Al Capone no cayó por los asesinatos que cometía, sino por no pagar impuestos.

Es fundamental aclarar un falso debate que ha resurgido en los últimos días: ¿la legalización o regulación de las drogas significa renunciar a combatir el crimen organizado? Todo lo contrario: la única forma de someterlo es reducir sus espacios de acción y los incentivos que generan los mercados ilegales.

Criticar la forma en que se combate al crimen organizado desde la perspectiva de la política de drogas no implica estar en contra de que el Estado persiga, capture y procese a quienes hayan cometido delitos, ni tampoco hacer de sus actividades prácticas legales.

Significa proponer regulaciones posibles de instrumentar en sociedades que, como la nuestra, tienen particularidades y características específicas y concretas con las cuales tenemos que trabajar. Está plenamente comprobado, por ejemplo, cómo la prohibición absoluta y la libertad absoluta producen el mismo tipo de caos. El tabaco y el alcohol son casos históricos en los que se evidencia cómo operan las regulaciones: no solucionan todos los problemas de salud (aunque los moderan) pero eliminan la participación del crimen organizado.

El caso del control del tabaco en espacios públicos en la Ciudad de México es un referente imposible de obviar: aun cuando el gobierno local no es capaz de ejercer el imperio de la ley en todos los lugares y en todos los momentos, lo cierto es que ya es una excepción el hecho de que la gente fume tabaco en espacios cerrados y/o públicos. Incluso culturalmente, algo que antes veíamos como normal, ahora tiene una carga negativa en el imaginario social: los cambios culturales son posibles y no sólo en los países desarrollados.

Por último, el primer paso hacia un debate serio es abandonar toda posición maximalista y de corte ideológico. El Estado no puede ser el defensor acrítico de una moral particular, para convertirla en política pública. Por eso es muy cuestionable que el Presidente haya aceptado un debate sobre alternativas en la política de drogas, y al mismo tiempo haya aclarado que no está dispuesto a mover sus posiciones en el mismo.

Esa postura recuerda al CGH (Consejo General de Huelga) durante la huelga universitaria de 1999-2000: para sentarse a negociar exigían a las autoridades universitarias ceder en todas sus peticiones.

Presidente de CuPIhD Colectivo por una Política Integral hacia las Drogas, AC

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