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Las otras drogas: postales de la contradicción :: Drogas México
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Béla Braun

Juventud sin éxtasis
Las otras drogas: postales de la contradicción
Miente spot del Senado sobre estragos de las drogas


Una fracción editada de este artículo apareció en MILENIO Semanal el 15 de mayo 2006, como La historia de las drogas es también la del desierto; la de los bosques húmedos y las selvas apretadas y ruidosas; la del humo y la del aliento; la de millones de pupilas que se expanden y...
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Las otras drogas: postales de la contradicción

Béla Braun

Martes 8 de agosto de 2006 (08/08/06)
Vivecondrogas Una fracción editada de este artículo apareció en MILENIO Semanal el 15 de mayo 2006, como



La historia de las drogas es también la del desierto; la de los bosques húmedos y las selvas apretadas y ruidosas; la del humo y la del aliento; la de millones de pupilas que se expanden y se contraen mientras los corazones impulsan la sangre rabiosamente por torrentes enloquecidos; la historia de las drogas es la de los laboratorios donde la magia de la naturaleza se sintetiza y se perfecciona; es la de las farmacéuticas y los consultorios médicos; es la de las calles y la del frío; la del arte y la del amor: la de la cultura.

Es también la de las cárceles y la de la carnicería humana en Colombia o en México: la de la necesidad de asombro convertida en mercado y la de éste convertido en crimen organizado. Pero la historia de las drogas (sustancias psicoactivas es un nombre mucho más apropiado) es también la historia de su control y de su prohibición: es, finalmente, la historia de una serie de grandes contradicciones cuyos altos costos apenas comenzamos a pagar.

Estas líneas intentan trazar un mapa poco conocido en el vasto universo de las sustancias psicoactivas. Porque no todos saben que en el mercado lícito hay al menos tantas drogas como en el ilícito; y a más de uno habrá de sorprender el hecho de que en mercados públicos, sitios de internet y tiendas de autoservicio se comercie activamente con sustancias poderosas, capaces de alterar la percepción, inducir alucinaciones o provocar estados en los que el individuo se encuentra totalmente desvinculado de la realidad y del mundo objetivo; entre estas sustancias, algunas son tan adictivas como aquellas contra las que el Estado dice luchar, y a causa de las cuales miles de personas mueren cada año bajo las ráfagas del narco y muchas más se refunden en las cárceles por contravenir al orden legal y atentar contra la “salud pública”.

*De lo sacro a lo prohibido*

Ricardo Sánchez y tres amigos llegaron al pueblo de Real de Catorce al golpear las doce campanadas de una fría media noche de diciembre de 2005. El grupo tenía la intención de pasar el año nuevo en el Desierto del Salado, a unas horas de ahí, cobijado bajo el manto negro y estrellado, e influido por los mágicos efectos de la mezcalina, sustancia activa que dormita en la carne del “Señor cola de venado”.

Para el joven psicólogo, escritor e investigador, el pueblo estaba plagado de referencias al peyote: cactus sagrado de los huicholes y meollo incuestionable del turismo de la región:

“Hay una referencia explícita al peyote como souvenir: camisetas, carteles, tazas; pero también hay una referencia implícita, porque el pueblo de Real de Catorce es un prólogo al viaje con peyote, al ritual donde tú y el peyote se ven cara a cara”.

Con amplia naturalidad vive la gente de Real las constantes incursiones de narcoturistas que buscan el amargo bocado de lo divino.

“Está la gente que se dedica al turismo; hay muchos europeos que viven ahí, muchos hippies: franceses, suizos; hay otra gente que se dedica a la venta de comida y hay otro sector de la población, el más marginal, los huicholes, quienes encuentran en el peyote a un ente sagrado para sus rituales.

“También hay un sector de gente que te vende el viaje hacia el peyote: te llevan al desierto en jeep o en burros y caballos y, aunque a la hora de ofrecer sus servicios no siempre hacen una referencia explícita al peyote, ellos te señalan, a la lejanía, dónde buscarlo.”

Sin embargo, el desierto que rodea al pueblo ha sido muy explotado y es difícil hallar la cactácea en esa zona. Por eso Ricardo y compañía eludieron a los guías y manejaron hasta Estación Catorce, a dos horas de distancia por un camino polvoriento, donde se abastecieron de agua antes de continuar su camino rumbo a la “zona de La Borrega”, donde se habrían de encontrar con Don Bruno y su mujer, una pareja de pastores, en doble sentido, para los que las cabras, por un lado, y la gratitud de los “peyoteros”, por el otro, constituyen el pilar del sustento económico.

Según recuerda el psiconauta, entre Real de Catorce y Estación Catorce observaron al menos siete letreros de carretera, “oxidados, apedreados, doblados”, que advertían sobre la ilegalidad de cortar, poseer, transportar o vender el peyote. También hallaron un retén policial: “¿a dónde van?, ¿de dónde vienen?, pásenle, buen viaje”. Llantas girando y polvo. Al frente, sólo desierto y camino penoso.

Luego llegaron con Don Bruno y recibieron las instrucciones para evadir la locura, el calor, la sed y “la federal”. El “portero del desierto” los bendijo, les regaló agua y los cuidó a la distancia.

Vinieron tres noches de un cielo atestado de soles y atravesado por estrellas fugaces, incendiarias del asombro y de la mirada increíblemente abierta de los empeyotados. Vinieron también la angustia, el miedo, el nagual y la soledad de la deconstrucción del lenguaje. Pero no vino la ley. El grupo volvió a salvo de una de las legislaciones más duras respecto a drogas naturales. Porque mientras en numerosos países de la Unión Europea los hongos psilocibios, las distintas especies de peyote y decenas de plantas con propiedades psicoactivas son perfectamente legales, en México la lista de sustancias prohibidas se extiende hasta el absurdo y, aunque no abarca a la mayoría de las “plantas sagradas” con que los indios eluden la percepción ordinaria, sí abraza a las más comunes, las más conocidas por los occidentales, las que con más frecuencia se utilizan en improvisados rituales de iluminación espontánea y en viajes místicos estudiantiles.

El espíritu de tal prohibición es más enigmático que la mirada de los brujos. Ni los hongos que contienen psilocibina, ni el peyote y su poderosa mezcalina causan tolerancia en el organismo; tampoco síndrome de abstinencia. Por lo tanto, no son adictivos. Su uso en México es marginal y su venta se limita a contextos territoriales bien delimitados. Nadie cultiva hongos alucinógenos y mucho menos peyote. Por lo tanto, sólo comercian con ellos quienes saben dónde encontrarlos en su ambiente natural.

Según la Encuesta Nacional de Adicciones, el número de consumidores de alucinógenos en general, en México, es extremadamente bajo, apenas el 0.25% de la población ha probado algún tipo de alucinógeno, alguna vez en su vida. En cuanto al potencial de abuso, baste decir que el 75% de los usuarios de alucinógenos experimentan con la droga sólo una o dos veces en la vida.

Sobre los estragos en el organismo, es bien sabido que la sobredosis de cualquiera de estas sustancias puede derivar en episodios psicóticos, generalmente pasajeros, que se presentan principalmente en personas propensas a sufrirlos. Sin embargo, otras “plantas mágicas”, como las daturas, que no están reguladas por la Ley General de Salud, y que por lo tanto no están prohibidas, no sólo poseen propiedades psicoactivas más poderosas que las de la psilocibina o la mezcalina, sino que son temidas por sus posibles efectos perniciosos, incluso dentro de las comunidades indígenas.

Para muestra, un botón, o mejor, una flor consumada, una de floripondio:

*Alucinar con todas las de la ley*

A los 19 años, S.H. paseaba con un amigo por un bosque cercano a Lomas Verdes, en el Estado de México. Habían fumado “un par de toques” de mariguana, nada serio para quien ha consumido la planta durante años. Sin embargo, aquel fue un viaje distinto, algo para lo que el ahora profesionista de 28 años no estaba preparado.

Su amigo, más avezado en materia de psicotrópicos, extendió su mano y le ofreció una flor rojiza: “es floripondio, dicen que pone hasta la madre”, dijo. El joven preuniversitario masticó la hoja sin prejuicios durante varios minutos. Lo que siguió, lo recuerda ahora entre risas como algo “muy extraño, muy siniestro”:

“Yo iba caminando, siguiendo sus pasos (de su amigo) y había ramas y arbustos alrededor, a los lados de un caminito. Después de minutos comencé a sentir que ardía y, aunque no tenía un termómetro a la mano para corroborarlo, pensé que tenía fiebre, sentía como que la cabeza me iba a reventar. De pronto pude ver que las ramas formaban una especie de cueva de la que salían unos hombrecitos cavernarios que cargaban un garrote, con un traje de mamut y que gritaban algo que no entendía. No me provocó miedo ni angustia, me parecía extraño pero seguí caminando.

Luego empecé a ver todo de un solo color: primero amarillo, luego rojo y finalmente negro. Le dije a mi amigo que no veía nada y él se rió, pero luego se preocupó. Recuerdo un zumbido muy penetrante dentro de mi cabeza. También me dio algo parecido a un ataque epiléptico, con temblores, y estaba casi inconsciente. El efecto duró varias horas.”

Pese a que S.H. ha consumido prácticamente todas las drogas conocidas en México, jamás experimentó un mal viaje tan atroz como el que le produjo mascar el floripondio, planta de la que se puede obtener una dosis fatal en el Mercado de Sonora, en esta capital, por unas cuantas monedas y de manera legal.

Pero su experiencia fue inocua en comparación a la que vivió un joven alemán en septiembre de 2003. La prensa de aquel país consignó el hecho que pronto le dio la vuelta al mundo: un adolescente que acostumbraba recolectar plantas alucinógenas bebió una infusión de floripondio y, enloquecido, se cortó el pene y la lengua.

De mala fama goza el floripondio, planta del género de las daturas al que también pertenece el toloache. Sobre estas milenarias compañeras humanas, Carlos Huerta escribe en su artículo “Toloache: magia, ciencia o superchería”, publicado en la revista Biodiversitas, que “la mayor parte de las especies de ‘Daturas’ se consideran de ‘alta toxicidad’, particularmente los frutos inmaduros y las hojas. Las preparaciones que se utilizan en la práctica herbolaria son de alto riesgo y deben ser cuidadosamente vigiladas en su dosificación y administración, especialmente por vía oral.”

El floripondio, el toloache y las 18 especies conocidas de datura se utilizan como sustancias psicoactivas, pero también como plantas medicinales. Combaten el asma, diversos padecimientos bronquiales, el dolor, la hinchazón y hasta las quemaduras, y sus extractos se han utilizado en la industria farmacéutica para la elaboración de medicamentos que combaten los cólicos hepáticos y vesiculares, por ejemplo.

Pero su uso popular más conocido es el embrujo. No pocas historias se han contado sobre las amantes despechadas que, mediante el suministro del toloache, han intentado retener a la persona amada o, al menos, obnubilar su capacidad de discernimiento, embobarla, pues, como táctica de retención o como venganza. El hecho probado es que una dosis alta de floripondio o de otras daturas puede conducir a la locura, el coma o incluso la muerte. El mayor problema de esta sustancia, enteramente legal, es que no hay gran distancia entre una dosis alucinógena y una fatal. Un té puede aliviar el insomnio, motivar los sueños más psicodélicos o convertir al consumidor en cadáver, según la suerte que éste tenga.

*Tiendas avispadas*

Para practicar el turismo de la conciencia no se necesita visitar el bosque o el desierto. Basta tener una tarjeta de crédito, una conexión a internet y un poco de paciencia para esperar que el pedido llegue a puerto. Una búsqueda superficial en la red arrojará al menos un centenar de sitios Web de los denominados “Smart Shops”. La mayor parte de ellos pertenece a tiendas ubicadas físicamente en Holanda, aunque los hay otros países europeos y hasta en Estados Unidos. A través de estos sitios es posible adquirir decenas de productos psicoactivos de muy diversos orígenes y utilidades: varios tipos de hongos y setas alucinógenos que contienen psilocina y psilocibina, cactus con mezcalina como el peyote mexicano y el San Pedro peruano, semillas alucinógenas hawaianas, hierbas africanas con propiedades psicoactivas, extractos y combinaciones de plantas con poderosas facultades estimulantes o depresoras, euforizantes o relajantes, alucinógenas o ensoñadoras. Además, estos sitios proveen gran cantidad de información relativa a los productos que ahí se ofrecen: origen, acción, modo de empleo, dosificación, precauciones y, desde luego, precio.

Por ejemplo, en el sitio www.azarius.net es posible comprar, por sólo 4 euros, un gramo de _Sceletium Tortuosum_ o Kanna, hierba usada por tribus sudafricanas que, inhalada, fumada o bebida en té puede proporcionar sensaciones de empatía y conexión, en dosis moderadas, y euforia y exaltación seguidas de relajación, en dosis altas.

Ahora, si se quiere una experiencia más intensa se puede desembolsar 25 euros y hacer un pedido de la raíz molida de la _Tabernanthe Iboga_, planta de los bosques tropicales del África Central; contiene doce sustancias activas, entre las que se encuentra la ibogaína, “potente estimulante psicoactivo que en dosis altas produce efectos alucinógenos hasta por 24 horas”.

Algunos sitios ofrecen información sobre el estatus legal de las sustancias que integran su catálogo; así, el comprador puede saber si la droga que pretende pedir es o no lícita en su país. Otros simplemente advierten que “es responsabilidad del comprador informarse sobre la situación legal de las sustancias” que ordena a la distancia.

Muchas de las drogas que se ofrecen en estos sitios son tan poderosas como el peyote o los hongos psicoactivos, otras ofrecen una estimulación sensorial parecida a la que provee el LSD, y algunas más prometen efectos parecidos a los de la mariguana; sin embargo, decenas de ellas son totalmente legales en todo el mundo, incluso en Estados Unidos, que sin duda posee una de las legislaciones más estrictas en materia de psicoactivos.

El motivo por el cual estas sustancias aún son legales no está muy claro. Pero basados en gran cantidad de evidencia histórica ampliamente documentada, podemos aventurar una primer respuesta: las drogas se vuelven ilegales cuando su uso se populariza, independientemente de que existan o no estudios que prueben sus efectos nocivos o su potencial adictivo y epidemiológico. Así ocurrió con las llamadas “drogas de diseño”: tanto la Dietilamida del Ácido Lisérgico o LSD, como la 3-4 metilendioximetanfetamina, o MDMA (éxtasis) ingresaron a la lista de sustancias prohibidas décadas después de que fueron sintetizadas. Ambas fueron utilizadas durante años en tratamientos psiquiátricos y, de hecho, sus promotores declararon haber obtenido excelentes resultados terapéuticos con su utilización. Sin embargo, cuando el LSD salió de los consultorios médicos para integrarse a la cultura psicodélica y hippie de finales de los sesenta, el gobierno estadunidense promovió su prohibición. Lo mismo ocurrió con el éxtasis en los ochenta. Luego de su prohibición, ambas sustancias han sido catalogadas por los grupos prohibicionistas como “duras” o “peligrosas”; pero científicos como Albert Hofmann o Alexander Shulgin siguen defendiéndolas a capa y espada, alegando que la morbilidad por su consumo es bastante baja en relación a su extendido uso. En Gran Bretaña, por ejemplo, un millón de jóvenes consumen éxtasis cada semana. Si la droga fuera lo mortífera que se aduce, las muertes por su consumo sumarían miles cada año, cuando en realidad la cifra no pasa de unos cientos en toda la historia.

*Salvia Divinorum: Prohibición a la vista*

En la Sierra Mazateca crece por doquier la hierba de la pastora, científicamente bautizada por sus descubridores como _Salvia Divinorum_ (salvia de los adivinos). Tiene dos usos principales: el milenario y el posmoderno. Por un lado, los indios mazatecos se procuran estados alterados de conciencia masticando sus hojas frescas; por el otro, cada vez más jóvenes estadunidenses y europeos la fuman para sentir un leve high similar al que induce la mariguana, o la mastican durante media hora, sin escupir la saliva, para conseguir estados de verdadera desvinculación con la realidad que duran, en promedio, media hora. La salvia divinorum se ha popularizado por varias razones: es enigmática, produce alucinaciones como ninguna otra droga y, sobre todo, es perfectamente legal en todo el mundo.

No obstante que no cumple con los criterios de tolerancia y síndrome de abstinencia, y que por lo tanto no es adictiva, y pese a que en todo Estados Unidos jamás ha habido un caso de hospitalización o de atención médica por consumo de esta sustancia, la DEA colocó recientemente a la salvia en su lista de “preocupaciones”, pues en ese país ya se advierte el potencial de “abuso” de la ska María pastora.

Asimismo, al menos dos estados de nuestro vecino del norte planean ya legislar para prohibir la salvia y su compuesto activo _salvidorin A._ Ante la amenaza implícita de prohibición, organizaciones liberales han empezado a promover un debate sobre derechos civiles que tiene la intención de impedir que aquella se materialice. El Centro para la Ética y la Libertad Cognitiva (CCLE son su siglas en inglés) es un centro de investigación y difusión de ética sobre políticas públicas y prácticas médicas vinculadas al consumo de drogas. Está formado por prestigiados investigadores en ciencias cognitivas y neurológicas, y su misión es contribuir a “desarrollar políticas sociales que fomenten la libertad de pensamiento en el siglo XXI”.

Alarmado por la inminente inclusión en la “lista I” de esta planta tradicional, el doctor Wrye Sententia, director del CCLE, ha enviado cartas a los legisladores de Louisiana y Missouri que promueven la prohibición; en ellas se alega inconstitucionalidad de prohibir plantas con un uso religioso ancestral y se apela al criterio y la reflexión de los representantes populares. En 2002 y 2003, otras iniciativas similares sucumbieron ante la presión ejercida por este grupo, que ha realizado un amplio trabajo de investigación sobre la salvia y determinado que sus efectos son prácticamente inocuos.

Más allá de la investigación científica, los testimonios de consumidores de salvia divinorum oscilan entre la tibia decepción de unos por lo que consideraron “un efecto muy ligero, parecido al de la mariguana”, y la advertencia de otros: “no sabía quién era, dónde estaba ni qué era lo que veía o escuchaba. Fue una experiencia interesante, pero no lo volvería a hacer”.

Porque si bien es cierto que masticar o fumar hojas de salvia divinorum produce un efecto breve y razonablemente seguro, los expertos coinciden en que en dosis altas la intoxicación puede producir estados verdaderamente alucinatorios donde (a diferencia de los producidos por el peyote o el LSD, que a lo mucho llevan a los consumidores a observar variaciones en los colores y las formas que perciben, o a resignificarlos lingüísticamente, construyendo imágenes “alucinantes”) el viajero ve objetos donde no los hay, escucha voces en el completo silencio, pierde la noción del tiempo y el espacio y se encapsula en un ambiente mágico, en una realidad alterna que puede durar hasta una hora del tiempo objetivo.

Todavía no se sabe a ciencia cierta sobre qué receptores cerebrales opera el salvidorín A, pero la peculiaridad de los estados que produce ha interesado a muchos investigadores en todo el mundo. Si las leyes prohibicionistas confinan a la María Pastora al grupo de las drogas prohibidas, buena parte del trabajo de investigación quedará estancado indefinidamente.

*Farmacología psicoactiva*

Pero no sólo en las plantas y los hongos habita la magia. El hombre, en su afán de dominar a la enfermedad y engañar a la muerte, ha extraído la sustancia de las plantas o la ha emulado eficazmente. Los fármacos han alargado y mejorado la calidad de vida de los hombres; y así como los antibióticos nos han ayudado a combatir a las bacterias, los ansiolíticos, los antipsicóticos y los antidepresivos nos han adormecido la angustia, silenciado los delirios o devuelto la esperanza. Pero las medicinas para la conciencia han sido también mal empleadas, con o sin fines médicos, prescritas o no por los profesionales de la salud, durante décadas.

Si observamos, por ejemplo, los datos de la Encuesta Nacional de Adicciones 2002, encontramos que cerca de 850 mil mexicanos han abusado, sin prescripción, de drogas de utilidad médica. La cifra es considerablemente menor a la de consumidores de drogas ilegales, que se acercan a los 3 millones. Pero es una cifra superior a la de consumidores de heroína o de estimulantes de tipo anfetamínico.

El panorama del abuso de fármacos es complejo. Éstos se pueden dividir en varios grupos: psicoestimulantes, benzodiacepinas, opiáceos y sedantes. Las formas de abuso con las distintas sustancias, la manera de conseguirlas y el perfil de los usuarios son muy diversos. Además, no sólo los medicamentos psiquiátricos se pueden utilizar como drogas psicoactivas: algunos antihistamínicos o antigripales, por ejemplo los que contienen pseudoefedrina, pueden inducir estados alterados de percepción y de conciencia; un simple jarabe para la tos, accesible para cualquier menor de edad, puede ser ingerido para producir alucinaciones. Además, la industria ilegal de las metanfetaminas, que atraviesa por un gran auge en México y Estados Unidos, encuentra en la pseudoefedrina a uno de los principales ingredientes para la fabricación de la droga conocida como cristal o speed.

A diferencia del éxtasis, que para su fabricación requiere de precursores químicos que no se consiguen en el mercado lícito de México, el cristal se puede fabricar con sustancias que se venden en cualquier farmacia.

Según el doctor Ricardo Nanni, coordinador de la Clínica de Adicciones del Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz”, las benzodiacepinas son los fármacos psiquiátricos de los que más se abusa.

De acuerdo con el doctor Nanni, hay varias vías de abuso de este tipo de sustancias, por ejemplo: “un joven que fue a un reave y estaba muy estimulado se tomó unos ‘chochos’ o unas ‘reinas’ para relajarse, así aprendió y comenzó a perpetuar el consumo, tal vez cayendo en actos sociópatas, como conseguir las recetas en Santo Domingo o falsificar firmas.

“Otro ejemplo clásico es el de los alcohólicos que para evitar la cruda consumen benzodiacepinas y así se enganchan.”

Un caso más clásico es el de “una señora que fue con su ginecólogo hace varios años; la señora estaba muy tensa por problemas en su vida familiar y el ginecólogo le dijo: ‘tómese esto para relajarse, una semana’, y nos llega aquí después de 30 años, porque subía la dosis y siguió el consumo”, ejemplifica.

El efecto relajante de los medicamentos como el Diazepam, el Tafil o el Roipnol no carece de encanto, y si estas drogas se prescriben sólo con receta médica es porque son sumamente adictivas, tanto o más que algunas drogas ilegales.

También lo son las anfetaminas, drogas prescritas cotidianamente por nutriólogos y dietistas para quitar el hambre. Según Nanni, muchas veces las personas que acuden con el dietista para bajar de peso no saben que las pastillas de colores que éste les vende en frascos, a veces sin etiqueta, son anfetaminas. Además, según el psiquiatra, en el mercado legal existen fármacos que contienen anfetamina y que se venden sin necesidad de receta médica.

Pero no todas las sustancias con potencial de abuso son adictivas. Hay medicamentos que se emplean como psicoactivos pero que no cubren los criterios de dependencia. Es el caso del Ritalín, famoso y polémico fármaco con que se trata a los niños que padecen el también controversial Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad. Mientras en los niños el metilfenidato (sustancia activa del Ritalín) actúa como un contenedor de la conducta hiperactiva, es decir, los centra, en los adultos funciona en sentido opuesto, como un psicoestimulante. Y aunque según Nanni “el número de adultos que abusan del Ritalín no es muy significativo proporcionalmente”, tampoco se trata de casos raros o aislados. Al igual que los antihistamínicos con efectos psicoactivos, ésta y otras drogas pueden consumirse con fines lúdicos durante años, causando el mismo daño a la salud que muchas sustancias ilegales.

Otro grupo importante de abusadores de sustancias legales es el que comenzó mitigando su dolor con derivados opiáceos y terminó convirtiéndolos a éstos en la causa principal de su dolor psicológico. Según el adictólogo, “muchos pacientes que empezaron, por ejemplo, con migraña, se engancharon y tienen 15 años” consumiendo morfina o codeína, familiares cercanos de la temida heroína que azota a buena parte de Europa y Estados Unidos, y que en México se consume aún marginalmente.

Dado que los medicamentos psiquiátricos controlados poseen amplia utilidad terapéutica y que son utilizados mucho más frecuentemente con fines médicos que lúdicos, no existe en el mundo ningún clamor de prohibición sobre ellos. Tampoco se piensa todavía en restringir la venta de antihistamínicos o prohibir la Ketamina incluso de la práctica veterinaria. De la misma manera, es probable que a nadie se le ocurra prohibir el pegamento, el tíner o el éter, cuya toxicidad es tremenda y su uso bien extendido, principalmente entre jóvenes y niños de escasos recursos.

*Jóvenes activos*

Mientras cada cierto tiempo alguien aparece en televisión alertando sobre “la venta de droga afuera de las escuelas”, o pronunciando frases tremendas como “le regalan cocaína a nuestros hijos para ‘engancharlos’”, muchas escuelas públicas del país son focos de consumo masivo de tíner o de pegamento. No sólo son sustancias legales, también son baratísimas, mucho más accesibles para un niño mexicano promedio que la cocaína, aún en su forma carbonatada: el crack.

Andrea y Lupita, ambas de 15 años, aprendieron a conjugar el verbo “activar” con una bolsa de solvente entre las manos y en uno de los salones de su flamante escuela, la Secundaria Pública No. 5 “Laura Aguirre”, cuya opresiva estructura se alza a las orillas de la avenida Congreso de la Unión, a escasos pasos del metro Canal del Norte y muy cerca de la temida colonia Morelos.

Las jovencitas recuerdan la experiencia con una mezcla de culpa y orgullo, derivados ambos de la trasgresión, pero con la distancia de quien ha dejado atrás un gusto que jamás llegó a vicio:

“Un amigo de la escuela llevaba el activo, un niño de primero de secundaria, como de 13 años. Después nos invitaron a nosotras. Subimos al último piso (del plantel) y lo hicimos, nada más por curiosidad, para ver cómo se sentía.”

Andrea recuerda que al principio “se sentía padre. Estabas en tu rollo, no veías a nadie, no podías fijar la vista, todo se veía borroso, pero luego dolía la cabeza y ardía la nariz.” El efecto de una inhalación duraba unos cinco minutos que, sin embargo, “parecían como horas; cuando se nos pasó bajamos a nuestro salón y nadie se dio cuenta”.

Pero Andrea, Lupita y su incitador no fueron los únicos en “activar”: según las adolescentes, 24 de los 25 alumnos del “Segundo B” comenzaron a consumir la sustancia aprovechando las numerosas horas libres que el ausentismo de sus maestros les proporcionaba. Sólo un alumno, “que era inteligente”, se negó a inhalar. Durante cerca de un mes que duró el limbo entre los exámenes finales y el inicio de las vacaciones, el grupo entero respiró el solvente, legal y disponible, para después renovar el aliento con chicles mentolados y expirarlo en la cara de sus maestros y de las autoridades escolares.

Pero las escuelas no son el único espacio que el tíner le ha robado al desarrollo integral de los jóvenes. Cerca de la secundaria, en la colonia Popular Rastro, hay un parque al que niños y jóvenes de distintas colonias circunvecinas acuden a activar.

Según Andrea, uno de ellos es el Heavy, un joven de 17 años que no tiene piernas.

—Sí tiene piernas, lo que no tiene son los huesos de las piernas— tranquiliza Lupita, mientras hace la mímica de un guiñapo. El Heavy y su séquito de amiguitas acudían, como muchos otros, para inhalar solventes, a ese parque oscuro y descuidado donde años antes los padres de todos ellos soñaban con un futuro distinto.

Multitud de historias así se escriben en el asfalto de la ciudad de México, porque no sólo los “niños de la calle” inhalan solventes. Basta revisar de nuevo la Encuesta Nacional de Adicciones 2002: los inhalables ocupan el segundo lugar en la preferencia de los adolescentes que consumen drogas en México, superados apenas por la mariguana, y la edad promedio de inicio en el consumo son los 14 años.

(((RECUADRO)))

*LA PROHIBICIÓN: UNA CONTRADICCIÓN JURÍDICA*

_Entrevista con Dr. Enrique Díaz Aranda, Instituto de Investigaciones Jurídicas UNAM_

“El criterio general que sigue el legislador mexicano para determinar qué drogas son constitutivas de delito por su tráfico, normalmente es el de la adicción, por generar un grave perjuicio a la salud; sin embargo, existen muchas sustancias que son igualmente adictivas y no forman parte del catálogo, como el tabaco.”

Así cuestiona la prohibición de las drogas el doctor en derecho Enrique Díaz-Aranda, investigador de tiempo completo del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM, para quien el hecho de que el alcohol, el tabaco y otras sustancias sean legales, mientras que la cocaína, la mariguana y las metanfetaminas, por ejemplo, no lo sean, “es una incongruencia jurídica”.

La política criminal que existe en este sentido, agrega el jurista, habría que analizarse, para determinar “si es conveniente seguir prohibiendo (a las sustancias de la lista I) o si sería más conveniente establecer un régimen de permisión con regulación del consumo.” Y pone como ejemplo el caso de Holanda, donde se permite el consumo y el tráfico de algunas drogas, con lo que se consigue “quitarle el máximo poder que tiene cualquier cártel: el económico”.

Para el investigador, “se ha establecido una serie de mecanismos de lucha contra el narcotráfico, pero en el fondo lo único que hace eso es encarecer el producto y generar un gran negocio. Unos dicen que si se legalizaran (las drogas) se estaría generando una industria ilícita, pero en realidad la cuestión de las adicciones no se ataca por el derecho penal, sino por políticas de prevención, de sanidad”, y hace referencia a las políticas de “reducción del daño” que operan en Europa, por ejemplo, para el intercambio de jeringas usadas por otras estériles para los consumidores de heroína.

Según la ONU, el alcohol y el tabaco causan la muerte de entre el 6 y el 8% de la población mundial, mientras las drogas ilegales matan al 0.2%. Ésta y otras muchas contradicciones llevan al abogado a preguntarse “qué intereses ocultos hay detrás de la prohibición, y quiénes siguen interesados en sostener esa prohibición para seguir fomentando el negocio.”

*Delito sin culpa*

Cuestionado sobre por qué a los miembros de las comunidades indígenas se les permite hacer uso de plantas y hongos prohibidos por la ley, el doctor Díaz-Aranda aclara:

“En materia penal, cuando se amerita un hecho para determinar si es constitutivo o no de delito, se analiza si esa conducta es típica, es decir, si está descrita en la ley penal como prohibida; si después de haber confirmado eso, es contraria a todo el orden jurídico, y si es antijurídica, por lo tanto; y finalmente se analiza la culpabilidad. Dentro de ésta se analiza si es que se le puede o no reprochar al sujeto el que se haya comportado de esa manera. Y en este sentido hay un punto específico de la culpabilidad que se denomina ‘exigibilidad de otra conducta’. Si el sujeto consideraba que la conducta era lícita, por ejemplo por que en su comunidad es considerada como algo normal o visto como lícito, esto anula ese juicio de reproche.”

Eso explica la distribución de numerosos avisos sobre la ilegalidad del peyote en el desierto potosino, porque sobre advertencia no hay engaño, y si se es un turista de la conciencia y se tiene la mala suerte de caer en la garra de la ley, lo esperan a uno la cárcel o al menos la extorsión, y lo que empezó como aventura psicodélica, como un viaje (en dos sentidos), puede derivar en la inmovilidad del encierro, de la sombra.




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