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La Jornada Semanal

Del Pez Globo al Pavo Frío
Intelectuales y drogas
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Este reportaje es, en cierta forma, una colección de relatos que narra fragmentos de vidas. El hilo conductor es precisamente ese trayecto recorrido...[pp.21-34]“Hace cincuenta años sinteticé una sustancia que influye profundamente sobre la experiencia de la realidad”, dijo recientemente Albert Hofmann en un entrevista publicada en El Paseante. Este reportaje es, en cierta forma, una colección...
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Intelectuales y drogas

Magali Tercero

6 de septiembre de 1992 (25/01/07)
La Jornada Semanal Este reportaje es, en cierta forma, una colección de relatos que narra fragmentos de vidas. El hilo conductor es precisamente ese trayecto recorrido después de haber sido abiertas las puertas al misterioso mundo de la percepción sensorial



[pp.21-34]

“Hace cincuenta años sinteticé una sustancia que influye profundamente sobre la experiencia de la realidad”, dijo recientemente Albert Hofmann en un entrevista publicada en El Paseante. Este reportaje es, en cierta forma, una colección de relatos que narra fragmentos de vidas. El hilo conductor es precisamente ese trayecto recorrido después de haber sido abiertas las puertas al misterioso mundo de la percepción sensorial. Crónica oral de los sucesos de un mundo suspendido entre el sueño y la realidad. Realidad nacida de un impulso, de un anhelo desesperado y desesperanzado, de décadas de búsqueda.

1939, la amapola roja

“A tu abuelo lo asesinaron los gomeros a fines de los treinta. Lo emboscaron en la sierra y lo ahorcaron. Con saña. Después mi madre se fue a vivir a la capital. Sola con sus cuatro pequeñas niñas. Porque no soportaba la provincia. Decían las malas lenguas: “La viuda es frívola, se pinta las mejillas. Si apenas enterró al marido. Ese asesino. Sí. El marido de la viuda era un asesino. El padre de las niñas era un asesino. (“Ella no usaba rubor. Era sólo que siempre estaba chapeada, como todas las mujeres de la familia”, decía mi madre en voz muy baja, como pensando). Dijeron que tu abuelo era sanguinario. Pero fue un héroe. Lo sé, muy joven se fue a pelear por la revolución. Y después se convirtió en un jefe de la policía de la ciudad. Por eso tuvo que combatir a los gomeros. Mató en defensa propia. Era autodidacta, puntual lector de los clásicos. Dante, Homero, todos estaban en el librero de su estudio, en gruesos tomo encuadernados con piel teñida de verde. Era librepensador, como le gustaba decir, así que nunca quiso casarse con mi madre. Sencillamente huyeron juntos —una noche de sol, solían decir— cuando ella tenía diecinueve años y él veinticuatro. Y la abuela, tan dama, tan católica, tuvo por muerta a mi madre durante mucho tiempo Hasta que nació la primera hija, tu tía Sandy, bautizada Sandina en honor del general Sandino.

Tu abuelo era un hombre de 1.89 de estatura y ojos negros de gitano, negra mirada imponente, asombrosamente parecido a García Lorca. Su casa fue la primera de la ciudad en la que hubo retrete, en lugar de fosa séptica. Y en el Museo de Historia Natural había una muela de mamut donada por él, un hallazgo que hizo un día en la sierra. Pero eran tiempos violentos. Sus enemigos le crearon la leyenda negra de que había cometido 157 homicidios. Aay cuando los verdaderos asesinos eran los gomeros. A finales de los treinta había muchos intereses en torno a la amapola. Por eso emboscaron a tu abuelo y lo mataron con tanta saña. ¿Sabes? Fue un héroe. En las fotografías aparece casi siempre vestido con trajes de lino blanco que oscurecen aún más su cabello y sus ojos. Recién unido a mi madre comenzó a pintarse el cabello porque a los veinticuatro años ya tenía la cabeza blanca. Decidió teñirse después de una noche de fiesta en que alguien quiso bailar con tu abuela: ¿Me permite la próxima pieza con su hija? “Su hija”. Él siempre tan celoso. En cierta ocasión se armó el revuelo en un baile porque ocurrió que tu abuelo”

“Que el próximo reportaje sea sobre intelectuales y drogas”, dijo hace unos meses el director de La Jornada Semanal. Y de inmediato emergieron los recuerdos. Sepulcros de la infancia. Memoria enterrada hace más de diez años, con la muerte de mi madre: “A tu abuelo lo asesinaron los gomeros. A tu abuelo lo asesinaron los gomeros.” (Cuantos años sin oír tu voz.) Mi madre siempre tuvo presente al padre asesinado.

A las niñas que fueron ella y sus hermanas, niñas abrumadas por una orfandad casi expiatoria. A la madre viuda que huyó de la provincia apenas cumplidos los treinta y seis años. Pueblo chico, infierno grande. Una expresión mil veces escuchada. Y la sucesión abrumadora de imágenes. La amapola roja. La sangre cotidiana. La memoria agobiada, sepultada. Ahora me piden un reportaje sobre las drogas. Puta madre. Las drogas desde este lado del espejo. (Y una voz de las vísceras: ¿Por qué la muerte? ¿Por qué asesinado? ¿Tu voz? ¿Mi voz?)

Mil novecientos siempre, las razones del cuerpo. Su geografía

Qué risa la de Carlos. Sentado sobre la hierba húmeda, detiene la mirada en las curvas suaves de los pequeños montes que rodean su casita de Acopilco. De pronto estalla en risas y comienza a rodar sobre su cuerpo. Espejismo. Estoy frente a la estatua sonriente y móvil de algún diocesillo hindú que por alguna razón visita la vida de los vivos. Un instante de levedad que habitará en la memoria.

El sonido de esta risa viaja muy lejos. Y la delgada figura blanca que retoza sobre la hierba podría girar y reír eternamente por los aires. Después: el bajón. Termina el efecto del toque y mi amigo regresa a su habitual ánimo triste.

(“En los momentos en que el reino de lo humano me parece condenado a la pesadez –dice Italo Calvino– pienso que debería volar como Perseo a otro espacio. No hablo de fugas al sueño o a lo irracional. Quiero decir que he de cambiar mi enfoque, he de mirar el mundo con otra óptica, otra lógica, otros métodos de conocimiento y verificación”).

“Uno se mete drogas porque le dan una especie de brillo maravilloso a la vida, que no parece tener por sí sola. Después no logras abstenerte de las drogas hasta que encuentras en tu estado cotidiano eso excepcional que te dieron, esas tonalidades que animaron la realidad. El problema es que la vida no se vuelve maravillosa: tu inventas que así fue. Es sólo ilusión. Las drogas son una maravilla en la medida en que te ayuden a darte cuenta de que hay más de lo que crees que hay Lo son en tanto eso eche a andar todo un proceso de búsqueda. Y todo gracias a la naturaleza que creó sustancias excepcionales. De repente las drogas te hacen consciente de que eres alma, de que eres espíritu encerrado en un cuerpo. Es cobrar conciencia de la inmortalidad”, me dice Antonio, un productor de cine de treinta y cinco años de edad. Y es que el cuerpo tiene sus razones, trabaja en las sustancias, como recuerda en su Historia General de las Drogas, el filósofo español Antonio Escotado:

“El misticismo guarda cierta relación con nuestra sustancia física, los ánimos tradicionalmente ligados a la veneración (asombro, espanto, goce y alabanza de lo que hay) poseen correlatos químicos”. El cuerpo elabora su propia geografía. Memoria del ser que lo habita. “La primera vez que comí peyote –me cuenta el escritor Juan Carvajal- viví el estallido superlativo de mi potencia perceptiva; y al lado de ese instante quedó reducida a nada. Después supe que el principio activo del peyote, la mezcalina, es una sustancia que está en el cuerpo humano, cuya función es lubricar los sentidos y, por tanto, propiciar un acercamiento al universo. Con el peyote yo llegué al grado de ver las estrellas a las doce del día, con el sol radiante y purísimo. O de ver claramente cómo las gotas de lluvia se desintegraban y se unían a otros corpúsculos. Estos son hechos reales, pero nadie puede transmitir experiencias como está. Y es que al mismo tiempo que experimentaba una expansión prácticamente infinita, esta me rebasaba porque anulaba mi yo perceptual. El pan del mundo de la alucinación es la conciencia del todo. Y por eso después de una experiencia de este tipo soy otro y soy informulable. Hoy los físicos hablan de un yo eterno, un perceptor eterno. Hace mil años hubo alguien, idéntico a mí, que contempló las montañas de idéntica manera”.

Todo placer es placer del espíritu

Naturaleza, Espíritu, Misticismo (“Desconozco espíritus distintos de los que alberga la naturaleza”, decía Albert Hofmann, el descubridor de la dietilamida de ácido lisérgico). Tres temas que han tocado la mayoría de las personas entrevistadas a lo largo del reportaje. Entrevistar: entrever, vislumbrar —¿hasta dónde en un asunto como éste? Tres temas que ahora mismo no sé cómo articular, pero que sobresalen en el conjunto de la investigación. Tres temas que quizá se conviertan en el eje de este trabajo periodístico que me plantea tantas dudas en el momento de la escritura, y que me está generando una dolorosa resistencia emocional. No quiero abrir tumbas. No quiero descifrar egiptos. Pasión. Abismo. Un tema de oscuras resonancias.

(“El hombre había conocido la oscura noche del alma, e incluso yacía en el valle de la humillación, y roja se veía en los cielos la amenaza feroz de lo por venir”, escribió Ernest Dowson, en Absintia Traetra.) Un tema de oscuras resonancias. Y, sin embargo, del lado del Día, un Sueño —una noche, tras leer algo sobre Albert Hofmann en El Paseante. Un sueño. Un sueño. Casi al amanecer vi aquella planta de hermosura nunca vista resplandecer en medio de la noche. Ocupaba todo el ámbito del sueño. Y estaba hecha de rozagante carne adolescente. Sus partes vegetales, como flores nacidas de un extraño tulipán, eran música desconocida. Y vi cómo un hombre bailó a su lado. (Esplendentes el rostro y el cuerpo, con ese esplendor breve y único de los veinticuatro años). Y la vi ejecutando cierta danza solar. ¿Recuerdas?

”La Saraguaya baila”, dije en sueños.

De las numerosas entrevistas realizadas durante estos meses, se desprenden también algunas constantes: la poesía y la meditación como propuestas alternativas a las drogas; el acuerdo generalizado sobre su legalización; las posibilidades eróticas de la mariguana; los sesenta ante las drogas desde una actitud de búsqueda; los noventa, perfilados desde una cultura de sensaciones.

Más allá de la investigación bibliográfica cuento, sobre todo, con múltiples historias contadas por sus protagonistas bajo muy diversos registros emocionales. Historias, por ejemplo, de países lejanos, como la de un italiano, heroinómano, que como último recurso vino a México a curarse con peyote. También hay reencuentros, por ejemplo con un viejo amigo, ex alcohólico, que me cuenta convencido, sin convencerme, que, después de haber vivido en Europa y la India y de haber experimentado con drogas y meditación, halló una respuesta en Alcohólicos Anónimos: la única droga es el amor. Otro día me topo con un joven ingeniero espacial que está inventando programas de computadora que generen sensaciones similares a las producidas por las drogas. Más adelante me conmueve la conversación con un joven mexicano, educado por padres comunistas, que empezó a creer en Dios después de un viaje de peyote. Y me sorprende un viejo conocido que se sometió durante dos años a una terapia de LSD para desconstruir el yo a la manera del psicoanálisis. O me llegan historias como la de la adolescente colombiana que se vino a vivir a México con su madre, huyendo de la violencia del narcotráfico.

Múltiples voces que, en este texto, resulta difícil tejer de manera que el lector pueda escucharlas como las escucho hoy, después de releer el material: voces cuya individualidad importa poco porque juntas integran un gran solo que en el fondo habla de todos nosotros. A la vez, voces que pueden narrar, capítulo a capítulo, la historia de todos. (Me pregunto, en off, ¿y si estructuro el reportaje como un mosaico de historias?)

Ese enajenamiento de los sentidos que propiamente se llama éxtasis

Juan Carvajal, uno de los últimos entrevistados, trata de describir su sentimiento sobre el tema. Paraíso. Abismo. Paraíso. Un mismo azoro ante dos imágenes inseparables:

"Con las drogas pasa lo mismo que con Dios: los místicos hablan de lo informulable, y lo único que pueden transmitir es justamente lo intransmitible de su experiencia. Porque como dijo el místico del Siglo de Oro, 'todo está en el afecto, sin discurso ni obra de la razón'. Entonces imagínate... ante semejante orbe de poderío espiritual ¿cómo vamos a enfocar el asunto? Se habla de las drogas como algo criminal. Pero también el amor resulta un crimen. En el amor se toca lo individual, que es el ámbito mismo de lo sagrado, y esa zona es tocada y trastocada por los agentes enteogénicos. Ese universo real que estamos habituados a ver como algo fijo, inmutable, se percibe como un fluido que se integra y desintegra sin cesar. La materia no se manifiesta como cosa hecha sino en un perpetuo hacerse y sus indecibles manifestaciones son la expresión de una existencia momentánea que llega a nosotros como en ráfagas o estructuras o palacios maravillosamente geométricos y coloreados por tonalidades sobrenaturales. Las drogas son un medio de introspección maravilloso y por lo tanto encierran graves peligros, porque dada su excepcionalidad fácilmente podemos creer que son un fin en sí mismas, por ese profundo desvalimiento que vivimos todos. A mí me tocaron los sesenta, y en mi generación se abrió el universo de las sustancias alucinógenas como una forma de acercamiento al universo. Ahora las nuevas generaciones están cuestionando la inoperatividad de sus padres, y asumen las drogas de otra forma".

Una historia de 1990

"La heroína mató mi espíritu. Estuve perdido." Una face que permanece en la memoria al cabo de tantos meses. Dicha por una joven de 26 años, una especie de neo-hippie de los noventa nacido en Italia. En realidad no muy afín a la generación que hace treinta años quiso fundar un Nuevo Mundo, aunque lo haya alcanzado el coletazo de los sesenta, aunque ahora esté aprendiendo a trabajar la plata y quiera tener el oficio de artesano. Para él las drogas forman parte, más bien, de una cultura de evasión.

"Yo me andaba muriendo", me dice Daniel, rubio de largos cabellos, originario de un pueblito cercano a Venecia, que intempestivamente decidió viajar a nuestro continente:

"Quería olvidar el dolor, la tristeza... andaba en un rollo muy loco y de pronto ya me había gastado, en dos meses, ocho millones de liras en heroína". Y así llegó a México, sintiendo que no quería vivir, intuyendo que se moría si no daba un salto a una sociedad diferente, en donde no existiera el problema de la heroína. Había escuchado que el peyote es la única salvación de un yonqui, así que decició viajar a Real de Catorce. Allí conoció a un grupo de artistas que viven en comunidad y fue invitado a vivir con ellos. Después de dos meses estos amigos me cuentan que aún se deprime mucho. Pero él dice que el peyote lo ha hecho volver a la vida, darse cuenta de que tiene un valor porque es un ser humano.

Tuvo que caminar el desierto durante largos días para encontrar al arisco dios vegetal. Y entendió: eso es la vida. La cosa es muy simple. Todo cuesta mucho, hay que sacrificarse y sufrir, pero siempre se obtiene un premio. Con la heroína Daniel olvidó sus sueños e ilusiones. Olvidó incluso que alguna vez fue capaz de soñar, que alguna vez quiso perseguir sus propios sueños:

"Lo que más deseo ahora es gustarme a mí mismo. Quiero amarme para poder amar. Sí. Quiero estar con los demás. Vivir un poco".

Silencio, ha pasado un ángel

Todos guardamos silencio. Daniel ha sido el último en hablar, al terminar la entrevista colectiva que propuse a él y sus amigos artistas. Uno de ellos, el que siento más espiritual, está preocupado: quiere que cuide cómo escribo el reportaje, quiere evitar que posibles, y superficiales, buscadores de experiencias se lancen a llenar el desierto de basura. Hay consenso entre estos jóvenes artistas: un viaje de peyote entra en el terreno de lo indecible. Trabaja en el espíritu, tragbaja en el cuerpo y devuelve a su dueño a zonas más sagradas. Daniel dice haber reencontrado la Naturaleza, el Ser. Pablo encontró lucidez y claridad de pensamiento.

"La mayoría de la gente", me dice Pablo, "vive en un mundo completamente artificial, y todos sus deseos y su energía se dirigen a puras chingaderas que están muertas. Cuando te encuetras con la vida no te la acabas. Te quedas mudo. El ritual del peyote es como una metáfora de la vida. Implica un sacrificio. Ir al desierto, caminar distancias enormes, agotarse físicamente, comerlo con ese sabor mortal que tiene. Siempre cuesta encontrarla en esencia. Después de la primera vez que lo tomas percibes que se te devela el mundo, que se abre un camino infinito. Y entonces puedes ver una planta que surge del semento y saber dónde está Dios. Yo no encuentro diferencia de significado entre el agua de un río, una piedra y yo. Nunca olvido una frase de Juan: "La vida es una ofrenda2. No hay misterio que resolver, únicamente hay que revelarlo. Los otros artistas, todos menores de treinta años, escuchan atentamente. Comparten una vieja casa muy bonita y hacen vida de comunidad desde hace cuatro o cinco años. Y todo mundo es bienvenido. Traigo a colación el tema de los sesenta, ante estos semi-hippies jovencísimos. "En el setenta yo tenía cuatro años, dice Juan. Yo no me siento identificado con los sesenta. Los hippies trataron de volver a la naturaleza pero lo hicieron mal, de una manera romántica que los llevó a marginarse y finalmente perecer. La búsqueda con la droga fue una raíz que pudo florecer, pero se desvirtuó: las drogas causaron catástrofes y ahora sólo hay una industria que enajena a la juventud de una manera gruesísima, cuando las drogas deberían de ser un búsqueda íntima".

*Flashback: 1967, fundación del nuevo mundo*

"Estabamos muy emocionados tratando de crear un nuevo mundo", me cuenta la filósofa norteamericana Susana Wilcox. Y comienza a narrar la historia de un Deseo, la historia de una Utopía. En 1967 ella, su marido y cuatro amigos más decidieron formar una comuna. Redactaron una constitución que los regiría y se trasladaron a un rancho oculto entre las montañas de Colorado. Todos provenían de familias muy tradicionales: era emocionante inventar una cohesión que no habían conocido. "Eramos completamente autónomos. Cosechábamos la comida, cosíamos la ropa en una máquina de pedal -interviene Nathan Wilcox, hijo de Susan, hoy con 28 años de edad. Cuando yo tenía nueva años mis obligaciones tenían que ver con la energía: gas. petróleo... Una broma porque en realidad no teníamos electricidad, usábamos lámparas de kerosene, acarréabamos el agua desde un pequeño río hasta el rancho y cocinábamos con gas que adquiríamos en tanques chicos". La idea era contribuir a la sociedad aprendiendo a trabajar juntos. El sentimiento común era: "No podemos resolver los problemas de la nación, pero sí es posible alimentarnos y vestirnos por nosotros mismos". Esto es lo que se decía en voz alta. Sin embargo, detrás de esta historia había otra historia que ni siquiera se mencionaba en voz baja: la de una obsesión. El padre de Nathan alimentó durante años el deseo de separarse políticamente de Estados Unidos. Mandó cartas de independencia al gobieno norteamericano, como en la guerra civil. Y al no obtener respuesta se dirigió a la ONU. El protagonista de está historia íntima que sólo puede narrarse como la historia de un deseo frustrado, tenía sus razones: "La democracia no funciona. El capitalismo es un asco. Quiero obstruir el camino de tierra que conduce al rancho. Sí. Voy a poner una roca muy grande para que los estadounidenses no puedan entrar. Hemos de aislarnos del resto del mundo. A quince año de extinguida la comuna Nathan tiene una explicación para la conducta de su padre (en apariencia ajena a los sueños del hippismo, en realidad un ejemplo claro de lo que les ocurría a los jóvenes estadounidenses de esa ápoca. "El tenía un severo complejo de inferioridad, y su única forma de compensarlo era controlando a los demás", dice Nathan. Su madre, que terminó divorciándose de el, aporta un dato adicional: a lo largo de los años el antiguo jefe de la comuna fue corriendo del rancho a todos los varones. "El solo podía reinar entre las mujeres y los niños", dice Susan. Y añade, pensativa, que con frecuencia las comunas quedaron convertidas en familias de granjeros, con el padre como autoridad máxima.

Lo que quedó de tanto deseo, de tantas historias detenidas al final del camino, son semillas que pueden florecer. Como algunas instituciones de los noventa que surgieron de allí. Eso piensa Susan. Nathan, en cambio, quiere sostener la individualidad y no apagarla. Le gusta haber crecido en una comuna porque obtuvo una perspectiva diferente de la vida, porque no tuvo que luchar con la estructura familiar de Estados Unidos -familias compuestas de dos padres, dos madres y varios medio hermanos: Fue buena experiencia. Me siento único y eso es importante porque tengo más confianza en mi mismo. Pero no me interesan las comunas. No quiero fundar otra porque creo que los seres humanos necesitan más estructura. Es inocente decir: "podemos trabajar juntos sin reglas, con sólo una hoja de papel en el cajón".

¡Tierra! !Tierra!

Las drogas fueron importantes en el intento de creación de aquellos nuevos mundos. Susan dice que el ácido le mostró su relación con el mundo entero, los objetos, la otra gente. Que en general las drogas ayudaron a mostrar la filosofía del grupo. Casi siempre preferían los alucinógenos: LSD, Mariguana y ocasionalmente mezcalina. En ese entonces Susan era una mujer de 28 años, con las preocupaciones normales en una persona jóven: falta de conocimiento, falta de personalidad, falta de dinero... "El LSD me mostró que no tenía que preocuparme, tan sólo hacer lo que quería. En cierto sentido me liberó. Me dió una visión y me capacitó para actuar. No hay retorno del viaje con ácido. Lo que aprendí en el determinó mi vida. Yo lo siento por aquellos que nunca han probado las drogas. En ese momento de mi vida la experiencia alucinógena me mostró que hay una pequeña diferencia entre mi cuerpo y una silla. Me dió confianza comprender que todos estamos hechos de la misma materia".

Descenso enamorado

En este punto de la conversación Susan sonríe. Su rostro se suaviza: "La etapa en que bajas del LSD es maravillosa. Tú sabes... cuando viajas con alcohol regresas cansado, sucio... en cambio con el LSD te sientes enamorado de todo, es muy dulce. Normalmente no se lo dábamos a los niños. Para tomarlo esperábamos el final de la jornada, cuando ellos estaban dormidos, y permanecíamos viajando toda la noche. Solía pasar el día siguiente jugando con mis niños. Después debíamos dormir mucho. ¿Recuerdas Engelwood Nathan? Yo les di LSD una vez a ti y a tu hermanita, una pequeña cantidad adecuada a sus pequeños cuerpos. Permanecimos en casa durante un rato y después montamos en las bicicletas y nos fuimos al campo a jugar".

Segundo flashback: 1977, historias de iluminados

"A nosotros los mexicanos nos llegaron las drogas como una importación de los hippies, que a su vez escogen esta posibilidad ante una sociedad que los está haciendo carne molida en Vietnam. En México no existía esa cultura de la droga, la mariguana se consideraba cosa de soldados, de criminales. Sin embargo, la invasión transcultural tuvo sus efectos. También tuvimos nuestro Woodstock en Avandaro. En ésa época los jóvenes usamos las drogas para anestesiernos del dolor de estar vivos, de que nuestras vidas carecieran de sentido, me dice José, editor, poeta, ex alcohólico, con 35 años de edad. Y a él, como a mucha gente, la búsqueda lo condujo a la India. Pero la historia a contar no es la suya, sino la de Antonio, un productor de cine de su misma edad:"Las drogas te dan glimpses, atisbos del mundo espiritual. No te iluminas pero entreves la existencia de otros territorios, como me ocurrió a los dieciséis años, después de un viaje de hongos en Veracruz". Ese fue el inicio de una búsqueda espiritual que lo condujo a la India, un mundo idílico en el que Antonio hizo de todo: trabajó en la cocina, hizo casas, dio masajes, fue solista en el music club. Y aprendió algo que ahora le ayuda a lementar menos los deseos no realizados: "Aprendí que no importa lo que haces sino cómo. Trapear un pasillo puede ser el ballet más sensacional de tu vida y pelar una naranja puede ser toda una sinfonía", dice. Y cuenta una historia. La del maestro Zen que un día se iluminó. Como sus discípulos notaran cambio alguno, le dijeron: "¿No te habías iluminado?" A lo que contestó: "Sí, me iluminé. Ahora si recojo la leña, ahora si saco el agua del pozo... ahora soy consciente de cada paso que doy". "Eso es la iluminación. Estar en el momento presente. Esta conciencia le dió un giro a mi vida, dice Antonio. De repente prefiero estar en una cocina haciendo un pan que ganándome un Oscar en Hollywood, o paseando en limusinas y cogiéndome modelos. En la India descubrí a mi familia espiritual". Antonio reflexiona un momento. Esta tarde lluviosa tiene una textura emotiva peculiar. Antonio ha hablado desde alguna zona interior de naufragio. Oigo su nostalgia por los diez años vividos en ese Paraíso llamado India. Y también la añoranza de una juventud dorada. Y una cierta justificación Zen de sus logros en la vida. Esta tarde escucho lluvia y nostalgia en su voz. Quizá soy yo y compartimos otra nostalgia más profunda. La nostalgia de un mundo que la imaginación desea: "Hay dos maneras de no sufrir el infierno que formamos todos juntos: la primera, la más fácil, es aceptarlo y volverse parte de él hasta no verlo más; la segunda, que es peligrosa y exige atención y aprendizaje contínuos, es buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, y hacerlo durar y darle espacio". (Italo Calvino).

1974, otras formas de iluminarse

"Llegó un momento en la historia de mi familia en que siete de los once hermanos habíamos probado las drogas". Así comienza su narración María, de treinta y ocho años, especialista en literatura medieval. Ella tiene una visión particular de los sesenta y setenta. Fueron dácadas de autoritarismo dice . Epocas en las que cundió la idea de la rebelión a todo lo establecido y se estableció una dictadura de las drogas, la sexualidad promiscua y la violencia a flor de piel. "Y eso te deja más arañado y cicatrizado que nada". María dice que no hubo tanta presión sobre los jóvenes como en ese entonces. Presión para perder la virginidad. Presión para probar la mariguana y los ácidos y los hongos. Presión para rebelarse contra los padres, aunque fueran los más buenos y sabios. "Los chavos te decían: ¡¿Eres virgen?! Y así María se convirtió al amor libre, a la incursión alucinógena, y al feminismo. De sus diez hermanos, siete eran varones, y "todos eran unos machos". "Mi madre nos decía: "Niñas, vengan a poner la mesa". Y allí tenías a los diez holgazanes muy felices juegue y juegue en su jardín. Como nosotras también queríamos jugar y ya habíamos visto mítines de feministas en Paseo d ela Reforma, organizamos en la casa una sociedad de diminutas feministas. Estábamos decididas. Y cuando la mujer dice "me caso" y el burro dice "paso", la mujer se casa y el burro pasa —dicho de mi abuela". Ya transformada en una intrépida adolescente , María cayó en cuenta de que su padre, el mismo hombre que le había llenado la cabeza de deseos: de libertad y de curiosidad por el saber y por las artes, ese mismo hombre era otro macho que la quería conforme y modosa con un destino en la cocina o en la sala de costura. "Mientras fuimos niños funcionó sólo el estándar de la inteligencia. Pero cuando las niñas nos convertimos en mujeres a mi padre le entraron los celos, el machismo y nos empezó a sobreproteger". Y ahí fue Troya. María empezó a curiosear por la vida. "Drogas, Hombres. Disipaciones. Viajes". Y abandonó el hogar paterno. Con sólo dieciséis años viajó sola a Guatemala, en una de cuyas carreteras, por cierto, casi la violan cuatro muchachos guatemaltecos. De regerso al D.F. comenzó a soñar con un amor que excediera la realidad, un amor perfecto que le permitiera desarrollar todo su potencial como persona. Ella y su hermano mayor —en ese entonces rocanrolero desenfrenado y drogadicto que convidaba mota a sus hermanitos— comenzaron a inclinarse por el misticismo. Estudiaron filosofía, teología, literatura, historia de las religiones, esoterismo. Juntos fumaban mota y leían la Biblia durante horas. "Busqué a Dios a través de las drogas, pero de todas las puertas que abrí ésa ha sido la más inútil de todas. Me metí toda la droga que pude en mi vida, inhalada, aspirada, tomada, fumada; eso sí, de agujas nada, jamás me gustaron. Y fíjate, después de todo eso me di cuenta que sin ellas soy igualmente capaz de conmoverme ante un paisaje. Nunca las he necesitado, ni siquiera para alucinar, porque mis alucinaciones más impresionantes las tuve a través del misticismo". Finalmente cada uno partió a su convento respectivo. "Junté mis escasas pertenencias y me fui a un convento franciscan, el más pobre. Fíjate, había leído a San Agustín, a Santo Tomás y a San Francisco de Asís, y su vida fue la que más me impresionó. Y así llegué al convento, rapada, decidida a cambiarme a mí misma y al planeta. Ay, que bruta era yo. Y me llevé mi cargamento de libros anticatólicos: Nietzche, Kant, Spinoza. Suena cursi, pero encontré esa capacidad de percibir a Dios y al Universo como un Aleph borgiano, de ver la simultaneidad de la vida en un momento de ayuno y de oración. Quién me iba a decir que veinte años después me haría bautista. Por fin encontré a Dios. Ya no siento necesitar nada".

La inútil puerta de las drogas

"Con el peyote y el hongo viajs a otros niveles de realidad", específica María. "Son llaves que abren puertas que tu no manejas y por eso mucha gente se queda en los malos viajes, porque accedes a otros mundos sin tener conceptos que te permitan leerlos. Y entonces haces verdaderos viajes de terror porque esas potestades del aire juegan con tis límites, con tus fibras más sensibles. Y en ese momento el mundo se vuelve transparente y tienes hallazgos espirituales que no necesariamente son personales. Siempre tuve la sensación, desde chava, de que existía en el aire algo que uno no puede comunicar porque no hay un lenguaje. La brujería, el satanismo, la macumba o la santería en Latinoamérica, e inclusive las cartas y el esoterismo, todos esos son reflejos y productos de ese mundo indescifrable. Y con un ácido, un hongo o un peyote viajas a esas esferas de la realidad"."Con la mota es otra cosa, es muy gracioso, el estado típico es la apertura de la capacidad sensorial. En ese momento ¡pum! te saltan a la vista las texturas de la realidad: las sensaciones se amplifican y un color te conmueve como nunca, el calor, el frío, la tibieza, lo blando, lo duro, lo áspero, todo eso se intensifica y empiezas a ver un microcosmos del macrocosmos que vivimos. ¿Sabes lo que hace el ojo pasado, el ojo mariguamo? Es como un microscopio, enfocas y en lugar de ver a la pulga ves su estructura anatómica. Y lo mismo pasa con las personas. Estás en un mercado y de pronto las decenas de rostros que pasan ante tu vista se convierten en ventana a las almas de las personas. Y entonces experimentas la sensación de la persona en ese instante. Puedes percibir las tristezas, los desganos, las frustraciones, las congojas, los enojos, las alegrías, los azoramientos. Y los percibes como entidades. Te acercas más a eso que siempre ha estado ahí cerca de ti. "En realidad no necesitas de droga para obrener eso. Que sentido tiene destruir tus neuronas si un poco de amor te da esa capacidad. Nuestro ensimismamiento y nuestro egocentrismo nos cierra los ojos. La droga te concientiza sobre esto, pero no hay que quedarse allí. El precio de escudriñar un ladrillo o una pared puede ser demasiado alto. El cerebro es increíblemente rico, pero obviamente tu capacidad se va reduciendo. El mariguano acaba convirtiéndose en un espectador depresivo, cínico y pesimista, porque la gente que fuma mota por mucho tiempo no cambia la realidad, la observa, pero ya no con un interés científico, como lo hizo durante los primeros encuentros con la mota, sino desde una postura desencantada que es la que se traduce despus en cincismo y pesimismo. Y éste es lo más pasivo que hay en este planeta, es autoderrota, porque has decidido aceptar la injusticia y la mala onda y las cosas como están. Yo dejé la mota porque me estaba volviendo una cínica igual que todos mis compañeros pasados. Y siempre he amado la vida, nací optimista, entonces dije: no me va a vencer la realidad. Sé que soy una idealista, y esa búsqueda fue lo que me orilló a las drogas".

Lo femenino

"Tuve una visión maravillosa,la mejor que he tenido con mariguana. Vi a varias mujeres ascendiendo por una escalera. Estaban vestidas con bellísimos trajes artdeco, en tela de canutillo, en colores cobrizos y grises, rematados por una cola fantástica. Eran mujeres que representaban la feminidad sofisticada, con todo lo que puede gustarme en una mujer: cachondería sin estridencia, elegancia suma. Y eran tan acogedoras, tan acogedoras..." (Carlos, diseñador de vestuario teatral).

Imágenes del infierno

Hace muchos años una mujer que conocí por azares de la vida profesional, una mujer que entonces me pareció sumamente extraña, llena de una especie de energía chirriante, me contó la historia de una terapia psicológica a la que se había sometido diez o doce años antes. Las sesiones se realizaban en algún convento abandonado de Cuernavaca y los pacientesse veían orillados a representar su vida inducidos por técnicas de psicodrama, casi siempre bajo los efectos de ciertas drogas. En aquella ocasión la mujer a la que me he referido dio por terminada su historia con un dato: Roquet, el terapeuta, estaba en la cárcel. La historia permaneció en mi memoria durante todo este tiempo. Entre otras razones, debido a ciertas imágenes oscuras que me suscitó la descripción detallada de las sesiones. Como la literatura, la realidad a menudo completa sus grandes puestas en escena, y puebla espacios que quedaron vacíos en el tiempo. Así que transcurrieron los años y no volví a escuchar el nombre de Roquet. Pero hace relativamente poco, un conocido me trajo a la memoria la antigua y perturbadora historia. Un amigo suyo acababa de ser sentenciado a dos años de prisión por uso terapéutico de drogas. Nunca logré averiguar su nombre, aunque me quedé especulando si tendría relación con el, para mí, mítico Roquet. Ahora a raíz de este reportaje, vuelvo a verme frente a las dos historias que por alguna causa habían impresionado mi imaginación. Y el último entrevistado, un astrólogo, me habla sobre algunos encarcelamientos injustos, uno de ellos el de Roquet. De acuerdo con él, Roquet fue un Quijote en el terreno de la experimentación terapéutica con psicotrópicos, un explorador acusado de utilizar a los otros como conejillos de indias. Sí. Pero también alguien que abrió camino valientemente. Durante los setenta se creó un grupo de seguidores de Roquet, hoy disperso en América y Europa. "Actualmente", dice Alberto, teóricos y psiquiatras muy serios demuestran que es posible curar a enfermos en un nivel extremo, patológico, como es el caso de psicóticos o esquizofrénicos que han progresado mucho y que sería imposible sanar con métodos normales. El checo Stanislav Grof, uno de ellos, describe los nuevos paradigmas científicos en su libro La Psicología Transpersonal. Recientemente ha tenido muchos problemas para aplicar terapias con psicotrópicos, así que esta trabajando con técnicas corporales (hiperventilación, bioenergética), técnicas que te llevan a estados alucinados. Muchos de sus pacientes son científicos, nuevos físicos que han querido percibir el cosmos en su interior. Y bueno, allí hay una información delirante sobre el tema". En cuanto a la segunda historia terminó con la muerte del psiquiatra mencionado. El sobrevivió sólo un año a la carcel. "Son finales muy tristes", me dice Javier. "Gente que se dedica a trabajar por los demás, a echarle ganas, a abrir caminos alternativos... gente que se esfuerza tanto para terminar como delincuente del orden común. Es muy triste".

Fines de los ochenta. Una terapia particular

Alberto se sometió durante dos años y medio a una terapia junguiana a base de LSD, hongos, peyote y ketalar, alucinógeno muy fuerte derivado de la anfetamina, que conduce a una perdida total de la conciencia. Esta aventura, en la que la música tuvo un papel fundamental, le reveló su capacidad de horror. "Si el infierno es la dimensión del espacio y del tiempo en la que no hay salida. Si el infierno es el desamor, entonces viví el infierno. Viví la locura. Durante una de las primeras sesiones escuché mi propia voz, como si proveniera de un aparato de sonido cuadrafónico. Hay que expulsarlo todo, dije. Y entonces vomité". Y sin embargo, del lado del Día, una Revelación. Porque la terapia le permitió sentirse en toda su capacidad de trascendencia. "El Espíritu. Lo Creativo. De aquel espacio gélido hace el pasaje a un lugar vegetal, a la luz del sol. Antes de eso Dios era una palabra vacía. Ahora solo la puedo entender desde el amor". De manera que esta historia casi podría contarse en terminos religiosos. "La vieja lucha entre el Bien y el Mal. Me di cuenta de que podía transformar la energía maligna en una fuerza creativa". Hoy, a tres años de distancia, Alberto encuentra dificil transmitir su experiencia. Me cuenta que esta muy relacionada con la vida onírica cotidiana. Un día se soñó desnudo. Rodeado de inmóviles figuras femeninas. A mitad del sueño llegaba un Nosferatu aterrador y lo apuñalaba. El soñante se dijo: "Lástima que no tengo una estaca2. Y despertó gritando. Días después fue a sesión y durante el viaje volvió a encontrarse con el vampiro. "Esta vez me abracé a su figura, y al fusionarme con ella entendí al vampiro como una representación de la energía. Descubrí que yo empleaba mis fuerzas, y las desperdiciaba, en defenderme de mis propios demonios. Y vi que podía transformar ese horror. Fue un goce explorar mis zonas creativas". En terminos psicológicos, el objetivo de la terapia es enfrentar a la persona con sus núcleos neuróticos. Las drogas psicotrópicas, dice Alberto, ayudan a distinguir los diferentes niveles de realidad. Desde la relación con el cuerpo físico (con que es alimentado, cómo se le trata) hasta la memoria emotiva, lo imaginario del cuerpo a partir de la historia psicológica. "Mi mamá me mima. Mi mamá no me mima". Después de trazar su biografía Alberti tuvo que confrontar el hecho de la muerte. "Algo real. Algo que no quisieras que ocurriera nunca. Esa experiencia me llevó a verdaderos momentos de desintegración". Como el paciente se ve conducido a una experiencia total de derrumbe interior, tiene que apoyarse en el cuerpo, alimentarlo extraordinariamente, ejercitándolo. El otro sostén es la fe en el terapeuta, que elabora una terapia de integración, de sintésis y de traducción simbólica de todo lo vivido. "Finalmente: el drama de la individuación. Una vez separados los niveles biográficos, se evidencia que la cuestión se reduce a una cosa: Estoy vivo, algún día voy a morir, quiero estar con Dios otra vez, con el amor, con la vida".

Paréntesis. Los barbitúricos. Un infierno tan distinto

"Hay que distinguir entre drogas urbanas y drogas suburbanas. Estas las toman, por prescripción médica, las mujeres que siempre tienen dolores en todas partes y que no pueden dormir. Las farmacias de Nueva York surten a diario cientos de recetas de este tipo". (Kurt Hollander, escritor). "Siempre ha habido drogas en mi vida. Yo comencé a fumar mota a los doce años. Y mi padre probó las drogas con un interés científico. Pertenezco a una familia de psicoanalistas en la que ha habido muchos suicidios, con drogas y sin drogas. He visto, por ejemplo, pacientes de mi padre a los que la familia les provocó una adicción por las pastillas. Una chica a la que le destruyeron la adolescencia, la vida, a base de tranquilizantes, porque no les convenía que ella se diera cuenta de cómo era la vida familiar. Esa muchacha fue a dar al manicomio, y sólo salía para tomar terapias vacacionales en el rancho de mi familia. Y eso la alivianaba. Mi padre tomó Roynol durante muchos años. Padecía de insomnio y entonces recurrió a ese hipnótico que de los ochentas para acá se utiliza como droga de placer -que es la forma en que yo consumo mariguana, para producirme placer, para relajarme. Yo pienso que el suicidio de mi padre se debió al Roynol. Lo tomó durante diez años, a pesar de que como psicoanalista estaba consciente de que es muy peligroso, de que es adictivo. Pero lo tomó porque era la única forma en que podía dormir tres o cuatro horas diarias" (Mario, pintor).

Casi el paraíso

Cierto día de junio Alejandro (actor de teatro)se enteró de que habría una exposición de arte huichol en la Secofi. Unas semanas antes me había narrado la historia de su viaje íntimo a partir del peyote. Ahora, meses después, en plena elaboración del reportaje, me llama por teléfono para contarme: 1.- El final de una de las historias que relató durante la entrevista. 2.- El comienzo de otra historia cuyo desenlace aún no ocurre y espero ansiosa. La historia que me había contado durante la entrevista anterior tiene que ver con su primer viaje de peyote, para el que se preparó física y espiritualmente durante dos años. Un viaje de este tipo comienza mucho antes de comer el peyote. Este último acto es, en realidad, su culminación. Para Alejandro los dos años de preparación estuvieron cargados de magia. El sintió que la realidad le ponía delante signos diversos que fortalecían su decisión espiritual de viajar en peyote. Por ejemplo, un día antes de irse al desierto, estando aquí en la Ciudad de México, vió, a lo lejos, en un andén del metro, algo que brillaba. Al acercarse se encontró con Quetzalcoátl, acuñada en una de las caras de la moneda de cinco pesos que había caido de algún bolsillo. Aunque no supo descifrar el sentido de este nuevo guiño, guardó la moneda como un amuleto. Para él, una persona que vive la vida en forma muy ritual, el sólo heho de traerlo en el bolsillo le daba seguridad. Finalmente viajó al desierto llevando la moneda consigo. Allí encontró el peyote, hecho que lo conmocionó profundamente: "Lo corté con una piedra filosa y me postré allí mismo, en un acto de gratitud a la tierra y a Dios. Después subió al Cerro El Quemado, la montaña sagrada de los huicholes. En el centro encontró un círculo de piedras, el lugar donde nació el sol, según los huicholes, el lugar donde se enciende el fuego. Y en un ritual íntimo, que realizó guiado por su intuición, arrojó al fuego la moneda de Quetzalcoátl. Cuando Alejabdro me contó esta historia pensé que podría ser un buen final para el artículo. Lo que no imaginé fue que el final se modificaría. Pero volvamos a aquel día de junio en que Alejandro decidió prepararse especialmente para la exposición de arte huichol. Ayunó durante todo el día y hacia las siete de la noche comió peyote. Una hora después se puso en marcha hacia su destino. Allí estuvo durante varias horas viendo las obras. Cada cuadro era como un mandala maravilloso. Lo único que enturbiaba su placer era la conciencia de que no iba a tener tiempo de verlos todos. Conocía al curador de la muestra, con duración de un solo día, así que le dijo: "Estoy angustiado. No voy a tener tiempo de verlo todo". El curador le contestó que se había dado cuenta de que Alejandro iba empeyotado porque había sentido su energía, y lo invitó a una reunión, esa misma noche, con los artistas huicholes y el maracame, un vidente huichol que había ido al evento. Para Alejandro esa fue la manera ideal de descender de su viaje, mismo que había intentado describir en un papel, cuando estuvo frente a un cuadro de colores sumamente brillantes, el único cuadro que era un círculo. "Ese círculo empezó a girar como una turbina, giró tanto que se salió del cuadro y tomó la forma de un átomo. Era tal la energía que emanaba de ese cuadro", dice Alejandro. Y este fue el texto que leyó ante el maracame: "Círculo, pupila que invita al viaje, sabiduría cósmica más allá del tiempo y del espacio, cuadros como el infinito, universos que se disuelven en universos hasta la estructura más infinita e indescifrable. Caminatas y caminos que nos conducen a todos al núcleo cósmico y divino. Fuerzas, equilibrio, vida, mucha vida, materia y espíritu en convergencias mágicas y ocultas, luminosas y radiantes. Todos los colores en todos los espacios en todos los tiempos... Frenta a mi vista: banquete celestial. Frente a mis ojos: rojo, magenta, verde, amarillo, amarillo, amarillo. Despegue chamánico hacia un mundo desconocido aún, sobre dos aldeas, sobre la noche y el día sobre la luna y el sol. De cada uno de los ocho gajos se desprende un núcleo transmisor de información volcada en energía. Cada círculo concentra un infinito autónomo... "Alejandro detuvo su escritura, sintiendo que era imposible incluso el intento de describir. Pues bien, el final de la historia de su iniciación del peyote -final, a la vez que principio de otra historia- es el comentario que le hizo el maracame sobre su ritual en el Quemado: "No debiste tirar el dinero. Tu habías sido elegido y la moneda te iba a conducir, pero la tiraste antes de que esp pasara. Ahora tienes que regresar y hacer una ofrenda de los dioses en el Quemado".

Dios en los noventa. Historia de una conversión

El mundo materiales una ficción de Dios. Puedo comenzar así esta historia. Pero tambin podrá escribir: El mundo es una gran puesta en escena. O bien: La historia de esta conversión comenzó una mañana de abril en que Francisco despertó con un deseo. Bajó a la cocina y mezcló en un vaso de agua cuatro cucharadas de polvo de psilocibina. Bebió el brebaje y tuvo ganas de vomitar. (Años después el recuerdo de aquel sabor amargo le provocaría asco). Había bebido, había fornicado. Estaba impuro. Y desde luego no pidió permiso al hongo para comérselo, como sabía que hacen los huicholes. El gozo de la nueva experiencia estaba en ña transgesión , en dar salida a la ira vengativa que sentía en aquel momento, después de un pleito familiar. Así que volvió a su habitación, de puntillas para no despertar a la madre dormida, e inició un largo viaje al infierno. Y lo que descubrió lo transformó. Porque descubrió lo siguiente: -El mundo material es una ficción. -El mundo es una gran puesta en escena. -La vida es espiritual y por tanto eterna. -Dios existe. Hasta ese momento Francisco había sido un escéptico. Educado por padres comunistas pensó siempre que la religión era pura ideología. Después del viaje alrededor de su cuarto Dios fue real. Existe el fuego y quema. Dios también existe. Después este conocimiento le pesó. Hubiera querido que llegara más tarde, quizá despues de cumplir treinta años. Haber llegado a el más lenta, más armoniosamente. Porque hoy concibe la vida como una responsabilidad espiritual. Y hubiera querido conservar la ilusión. Vivir alegremente durante unos años más. "Pero supongo que eso le dió otra dimensión a tu vida", le digo a Francisco al terminar la entrevista. No lo convenzo. Dice que fue una vía de liberación pero que hay formas de evolución menos violentas. Dice que las drogas lo ponen en un rollo de percepción mística que la verdad prefiere no volver a tener. Bajo los efectos del hashish la muerte de su padre también adquirió otros matices. Unos meses después del fallecimiento la familia celebró el cumpleaños de uno de los hermanos en un restaurante. Después de que todos se distribuyeron alrededor de la mesa Francisco cayó en la cuenta de que la cabecera había quedado libre, reservada para el padre, como siempre: "Mi padre ausente estaba allí sentado. Lo dijo uno de mis hermanos. Lla vida es una pura puesta en escena. Un teatro gruesísimo".

1980 y 1990, los cazadores de experiencias. Éste vértigo

Gabriela y Lorenzo, novios adolescentes, abandonan la fiesta sabatina itempestivamente. El elevador no sirve, así que bajan dando brincos por las escaleras. Ella va detrás, tomada de la mano de él. Los largos cabellos castaños en desorden, los ojos brillantes, la boca pintada con lipstick casi morado. Cómo se ríen. Salen del edificio y saltan al Renault rojo. El arranca y va a estacionarse una calle más allá, mientras ella busca algo en la cajuelita. Destapa la botella de Alosol (spray para la garganta) y la aspira frenéticamente,antes de pasársela a él. Unas cuantas aspiarciones después ambos de abrazan; cerrando los ojos, ella muerde la oreja de él casi convulsivamente. Uff... Este vértigo único.

Acida Disneylandia

"Estoy buscando Thunderbolt acid, le dije al jóven rubio que, vestido de cuero negro entallado, esperaba a sus clientes en la intersección de Santa Monica y la Cienaga. En esa época el mejor ácido de Los Angeles circulaba en las zonas gay. Aquel verano del 82 habíamos decidido tomar ácido e ir de noche a Disneylandia, y yo fue el encargado de conseguirlo. Por eso concozco el mundo de los chichifos que retrata less than zero. Ellos pensaron que me los queria coger, pero en esta ocasión yo quería otra cosa, así que dije: "Estoy buscando Thunderbolt acid. "Eramos cuatro amigos, y dos más que nos cuidarían. Disneylandia tenía la fama de que si te veían un poco alcoholizado o pasado te encarcelaban. Quince minutos antes de llegar nos metimos el ácido, calculando que media hora después estaríamos viajando. Me acuerdo de los tres juegos mecánicos en los que el efecto de la droga ascendió. El primero era "America Sings", especie de teatro giratorio de muñequitos, con una figura principal: un águila que va narrando la historia de la música de Estados Unidos. Desde el ácido la imagen resultaba, y lo diré con un pleonasmo, alucinante. Voltée a ver a mi amigo Jim. Sus ojos estaban totalmente fosforescentes. Su expresión decía: "Puta madre. Salgamos de aquí cuanto antes". Lo que sientes es la sinestesia: estás viendo olores, oyendo colores, tocando sabores. Experiementas una intensa confusión. Tienes una sensación de desubicación muy fuerte y no quieres estar en un solo lugar. Después nos fuimos a la montaña rusa, "Space Mountain", que fue divertidísimo. Me quedé en silencio durante una hora. Sencillamente no podía hablar. "Mis amigos de la adolescencia pertenecían a la burguesía angelina. Todos eran unos atascados y tenían el dinero para comprar cualquier droga. Algunas noches cuatro o cinco parejas alquilaban un yate, o bien una limusina con chofer, servibar y televisión y una vez adentro nos metiamos líneas y líneas de coca". "Todo podía ocurrir en L.A. Por ejemplo, uno de mis primeros pasones fue con un jesuita de mi colegio, que tenía sus plantas de mota sobre el claustro. Pero esa historia te la cuento otro día" (Roberto Tejada, editor y poeta).

Couche con mostaza

"Nos vemos a las cinco... ¿Okey?" Benito se despide de sus compañeros de segundo de preparatoria y enfila hacia Avenida Mazatlán. Tres horas después los cinco adlolescentes comparten un puñado de hongos que alguien les trajo de Huautla. "Un viaje alredddor de mi cuarto", y a todo volumen, smells like teen spirit (Huele como espíritu de adolescente), la rola de Nirvana. Daniel hojea una revista. Pasa las páginas con lentitud. De pronto agarra una hoja de papel. La unta con mostaza y se la come. Dos segundos después arranco otra hoja, la unta con mostaza y se la come... ¡Guey! ¡Que onda. Es una revista! Daniel devora su banquete, indiferente. Los demás se mueren de la risa. "Fue un viaje muy chido, me dice Benito al terminar la entrevista, sin darse cuenta de que la mesera del Sanborns se ha quedado muda oyendo la conversación".

Los niños pachecos

"De niño viví en Westbeth, un edificio de artistas de clase media baja. Los muchahchos de once a doce años acostumbrábamos ganarnos unos dolares como babysitters. Asñí fue como descubrí que todo el mundo tenía su stash, su guardadito de mariguana. A nosotros nos gustaba encontrarla. Forjábamos los cigarros, encerrabamos a los niñitos en sus cuartos y nos dábamos nuestros toques. A partir de los doce años fumé mota todos los días. Era una aventura. El edificio era muy grande, con diez diferentes azoteas, y había muchos lugares para aventurarse, como escaleras y chimeneas. Fumar allí era emocionante. Para nunguno de mis amigos era espiritual. Todos eramos unos quick hippies no espirituales, muy de la calle, muy urbanos. No nos intersaba la naturaleza ni nada de eso. Cuando tenía 15 o 16 años acostumbraba ir a Washington Park a jugar frisby. Allí estuve con mis amigos durante años, cada día y cada noche. Solíamos llegar a las cinco de la tarde, hacíamos un churrito y después nos poníamos a jugar frisby. Cuando digo esta palabra suena muy estúpido, pero el frisby puede ser algo intermedio entre un ballet y un espectáculo gimnástico. Estuve muy inspirado cuando lo jugué viajando en ácido. Los mejores jugadores eran dos hippies, dos tipos muy californianos de cabello rubio y cola de caballo muy larga. Ellos sabían como hacer un chubi muy largo... perfecto.A mi me enseño mi papá, pero nunca aprendía a hacerlo bien. Para esos dos hippies era un ritual preparar sus cigarros de mariguana. Les tomaba como media hora hacer uno, y lo hacían con movimientos muy lentos, lamiendo cuidadosamente el papel y ajustándolo suavemente. Nosotros solíamos mirarlos en silencio. Era como ver el fuego. Un fuego rupestre" (Kurt Hollander, escritor de 33 años).

1992, Estados Unidos. Sucedáneos ciber-punk

Había una vez un jóven norteamericano que quería inventar un programa de computadora que produjera estados alterados de conciencia. El objetivo era viajar, como lo hizo en otras épocas de su vida, pero sin drogas. Me refiero a Neil, uno de mis últimos entrevistados, un angelino de 26 años que es ingeniero espacial e inventor de aparatos para la NASA (sus artefactos son exhibidos en las diversas ferias de los Estados Unidos). Un jóven genio de esos que sólo se dan en los países desarrollados. Ultimamente dedica su tiempo libre al programa de computadora. Comenzó a drogarse a los quince años de edad, después del divorcio de sus padres. Nunca en toda su vida había estado tan deprimido. Decidió ir a Alaska a trabajar en las enlatadoras de pesado y después de seis meses de oscuridad invernal se deprimió todavía más. Cuando no trabajaba se metía coca, o heroína, o LSD... Y un día, cuatro años más tarde, fue hospitalizado en Los Angeles en un centro de rehabilitación ubicado en el centro de Los Angeles. Allí vivió otros seis meses de oscuridad invernal: "Me salvaron", dice. "Volví a la vida. Estaba en crisis, pero podía sentir. Era consciente de mi depresión. Y dije, nunca más, nunca más. Había perdido todo contacto con mis sentimientos. Fui casi un cadáver durante toda la adolescencia. Y sin embargo, damn it, estoy convencido que las drogas me han dado lo mejor de mi vida".

1992, Pereyra Colombia

"Entrevista a Benito", me dijo un día un amigo. "Es un chavo de dieciocho años super prendido". Intersada ma citó con el en el Sanborns de Aguascalientes. Y Benito, un sátiro adolescente de negro cabello revuelto y movimientos ágiles, llega acompañado de una chica alta y robusta, con un rostro fresco fresco en el que aún no se ven los dieciseis años que cumplió hace poco. Ambas fumamos y fumamos durante toda la plática. Benito y yo comentamos que los bajones de coca pueden ser demoledores. Y Teresa interviene: "Bueno, ni tanto... en Colombia tuve un maestro que se metía coca y luego hizo un proyecto super bueno. Y otra amiga, super adicta a la coca, iba todos los días así, en su viaje, y era las más atenta de la clase. Y en los exámenes ella no estudiaba, no copiaba, y uno podía ir con ella a peguntarle una clase de hace dos mese y se la sabía. Pero la coca si es muy dañina". Le sugiero a Teresa: ¿Y si tambien te entrevisto a ti? Se niega, encendiendo otor cigarro. "No me gustan las drogas. En mi clase eramos 35 y nomás cinco no éramos drogadictos. Y hace seis meses, antes de venirme a México, un amigo se murió de sobredosis. El era un chavo bisexual de veinte años. Estudiaba conmigo y cada vez que se daba sus toques le daba por ser bisexual, y le gustaban los hombres que cortaban el pelo. Y un día se puso a chupar, él sufría de algo, estaba triste, y se metió como dos gramos de cocaína. El ya estaba acostumbrado. Pero ese día se durmió y al otro día no amaneció. Se ahogó seguro, porque lo encontraron con todos los vasitos de acá reventados (dice Teresa señalando el cuello). Y en los oídos les salió sangre, y apareció así, todo tieso, como de que se había estado ahogando". Teresa me cuenta casi todo eso d eun tirón. Enciende un cigarro más -entre ella y yo ya nos terminamos mis Marlboro y ya vamos sobre los delicados de Benito. Me pinta una pequeña ciudad de Colombia habitada por drogadictos. "Tengo muchos amigos, amigos de dinero, y siempre era de que nos tomábamos una cuba y ya se querían meter droga, porque siempre tenían su coca a la mano. Eran de los que se ponían nerviosos y ya querían ir a comprar desesperados droga, y buscaban dinero o dejaban los anillos, las chamarras. Eran horribles. Y eso sí pasa mucho allá". "¿Y cómo es que nunca le entraste?", le digo a Teresa. "¡Ah!, dice , porque yo estaba en un ambiente así. Mi papá era un super drogadicto. Y mis tíos también. He tenido muchos amigos que me han ofrecido. Eso se veía muy feo en una mujer y yo les pasaba a ellos el toque. Ellos sí, pero ¡ahh! en una mujer se ve raro, quizá si es una banda de mujeres sí se puede. Y yo los veía a todos fumar, y hacían figuras y se juntaban así las manos para que les entrara más fuerte. Per nunca le entré". Y así transcurre la tarde, entre cigarro y cigarro, escichando Benito y yo la historia de Teresa. Qué su mamá era nada más una chavita de catorce años cuando se casó con papá, que la tuvo a ella de esa edad. Que su papá tenía veintíun años y era de los del Opus de la ciudad que eran los que fumában mota. "Y era loco cuando fumaba porque fumaba "maduros", ¿los conoces? que son cigarros de mariguana con coca. El y mi tío eran de los que no podían hacer nada sin mariguana, como los que tomaban alcohol, que no pueden estar sin el trago para poder hacer las cosas. No me gustaba de que fuera una necesidad a fuerzas. Mi papá nunca hizo nada enfrente mío. Sólo una vez fumó delante de mí, y yo me puse super mal porque yo lo sabía que el era drogadicto pero no lo quería reconocer. Por eso el día que lo hizo no le volvé a hablar, porque me dolió que hiciera eso, y yo lo insulté delante de los amigos, porque no me respetaba, porque estaba traicionando mi confianza que yo tenía en el. Y yo lo insulté y yo lloré porque en ese momento sentía miedo de que mi papá se iba a morir, y era lo mejor que yo tenía, mi papá, y yo lo adoraba, y él se iba a morir". Un día el papá de Teresa ingresó a una clínica de rehabilitación. Y se restableció y se fue a vivir a Estados Unidos. Y ahora ya piensa más en la gente, me cuenta Teresa con la mirada brillante. Porque antes, cuando tenía a sus amigos narcotraficantes, no le preocupaba la vida, y era de los que si podía agarrarle ventaja al de al lado, se la agarraba. Pero ahorita ya no, ya piensa más en la gente. Y ahora que su mamá se la trajo a México, porque las dos ya no querían vivir en esa ciudad con tanta violencia del narcotráfico, ahora ella va a poder ver a su papá más seguido, porque Estados Unidos está muy cerquita. "Y ahora ya voy a tener a mi papá otra vez. Y yo lloré porque en ese momento sentía miedo, mucho miedo de que mi papá se iba a morir., y era lo mejor que yo tenía, mi papá, y yo lo adoraba, y él se iba a morir.




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