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"Llegó la hora de negociar con el narco" - Carrancá y Rivas
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"Llegó la hora de negociar con el narco" - Carrancá y Rivas

Jorge Santa Cruz

Martes 29 de mayo de 2007 (29/05/07)
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El doctor en derecho, Raúl Carrancá y Rivas, maestro emérito de la UNAM, plantea una posibilidad que él mismo reconoce que podría ser considerada como escandalosa: hablar con los capos del narcotráfico, para evitar que tanta violencia vaya a acabar con la República y con la nación.



Raúl Carrancá y Rivas/Constitucionalista

y profesor emérito de la UNAM

Llegó la hora de negociar con el narco

El doctor en derecho, Raúl Carrancá y Rivas, maestro emérito de la UNAM, plantea una posibilidad que él mismo reconoce que podría ser considerada como escandalosa: hablar con los capos del narcotráfico, para evitar que tanta violencia vaya a acabar con la República y con la nación.

Entrevistado por Siempre!, el constitucionalista advierte que se está exponiendo al Ejército a una brutal campaña de desprestigio y que, de mantenerse la actual estrategia, el gobierno podría replegarse dentro de tres, cuatro o cinco años.

Carrancá y Rivas advierte, por otro lado, que una pretendida colaboración de los servicios de inteligencia de Estados Unidos podría acarrear un riesgo para la soberanía mexicana.

Papel que no le corresponde al Ejército

Jorge Santa Cruz.- La violencia del narcotráfico se ha desbordado tanto que cada vez se escuchan más opiniones a favor de que el presidente Calderón suspenda las garantías individuales en las regiones más conflictivas y violentas. Tal vez esto le suene escandaloso, pero la sociedad ya quiere que se recuperen la paz y la seguridad. Usted, ¿qué opina?

Raúl Carrancá y Rivas.- Sí se puede. Es una solución, desde luego apegada al texto constitucional y en tal virtud, es factible recurrir a ella. Otra cosa es que sea aconsejable y rinda frutos positivos; sí es conveniente dentro del esquema de lucha contra el crimen, que está produciendo los resultados tan terribles que estamos viendo en estos momentos y de los que usted acaba de hacer puntual reseña.

Es factible. No sería todavía el camino, en mi opinión. Pienso que puede recurrirse aún a otros esquemas, aunque la situación es extraordinariamente grave. ¿Qué esquemas? Queda visto, como usted lo señala, que el Ejército está siendo desprestigiado, que está utilizando métodos y procedimientos propios, particulares, específicos de las Fuerzas Armadas. No se le puede pedir otra cosa. Esa es su formación. Pero está dentro de un circuito que no le corresponde, entonces, francamente en retirada y si no en retirada, perdiendo la guerra, perdiendo la batalla. Y es alarmante que se nos diga que debemos defendernos a toda costa, prepararnos para grandes sacrificios, para mayores derramamientos de sangre, cuando el gobierno tiene la alta responsabilidad de evitar precisamente esto, a través de mecanismos inteligentes, coherentes y eficaces.

Entonces, mi punto de vista es que el Presidente debe renunciar a meter el Ejército en esta guerra sin cuartel. La fracción VI del artículo 89 de la Constitución lo faculta pero, en mi opinión, dentro de otro esquema, porque preservar la seguridad nacional y disponer de la totalidad de la fuerza armada y de la fuerza aérea, para la seguridad interior y defensa exterior de la federación, como lo dice el texto constitucional, no guarda la menor relación con la criminalidad y —en el caso específico— con el crimen organizado, con el narcotráfico.

La pregunta angustiosa es: ¿qué hacer?, ¿qué otro camino?, ¿qué otro recurso? Pues uno de ellos es el que usted señalaba. A mí en lo particular todavía no me parece aconsejable, porque sigo creyendo que hay otras posibilidades de enfrentar al crimen organizado. Es una fuerza brutal, despiadada y gigantesca.

Usted decía hace unos momentos que el tema es muy espinoso y puede levantar muchísima ámpula, de acuerdo, y algo que también es espinosísimo y que también puede levantar la misma cantidad de ámpula o mayor es considerar la posibilidad —frente a un factor real, no de poder, sino de agresión y de violencia, que es lo que estamos viendo cotidianamente—, de un acuerdo. Yo no diría de una tregua, pero sí de un acuerdo. Es decir, fijar condiciones, fijar reglas, porque no podemos acabar con el país y no podemos acabar con la nación, ni podemos acabar con el Ejército, desprestigiándolo en la forma brutal que se está haciendo y con pérdidas de vidas enormes. Y esto no tiene para cuándo acabar y se han manifestado los agresores en una forma tan brutal que sí cabe la expresión, un tanto cuanto coloquial, no respetan absolutamente nada. Ni a un gobernador, ni a los hijos de un gobernador, ni a un general de división y el propio Presidente está amenazado y no le ha sucedido nada porque está rodeado de un dispositivo de seguridad impresionante. No se puede vivir así.

Fijar una tregua

¿Qué hacer? Pues cuando el enemigo es tan grande, cuando el enemigo es tan despiadado, llegar a un acuerdo. ¿Qué tipo de acuerdo? No hacerle concesiones al narcotráfico. Ellos están en un esquema de absoluta ilicitud y de ilegalidad flagrante, evidente y comprobadísima. Pero fijar una tregua, en el nombre de los intereses nacionales, y llegar a una especie de convenio en que particularmente no se desarticule —no el sistema nervioso del narcotráfico— lo que corresponde a su calidad y condición —aunque son delincuentes, aunque son criminales— de seres humanos. Es decir: se los está tratando —habrá quien diga: “¡Lo merecen una y mil veces!”— totalmente al margen de las garantías individuales y de los derechos fundamentales. Y eso creo que lo resienten de manera brutal.

¿Qué hacer? Nuestra policía es insuficiente. Nuestros sistemas de seguridad, aparte del Ejército, son insuficientes frente al poder desmedido del narcotráfico. Entonces, no golpear por donde se está golpeando sino que, en primer lugar, reunirse con ellos. Algún presidente sudamericano, tengo entendido que hace seis o siete años, el de Colombia, se internó donde estaban los narcotraficantes y llevó a cabo una serie de conferencias con ellos, no buscando una tregua, pero sí buscando un espacio de conciliación, porque al final de cuentas no creo que ni unos ni otros, particularmente ellos, tengan el interés de acabar con la República, de acabar con el país.

Sé que suena escandaloso, pero no veo en medio de este panorama tan confuso y tan complejo solución más viable que ésta, que yo utilizaría primero y posteriormente, desde luego, la suspensión de las garantías individuales en determinadas zonas, en determinadas regiones, bajo determinadas circunstancias y condiciones. El propio texto supremo lo permite. Pero yo me pregunto si sería una solución, porque se les suspenden las garantías en el punto A y van a responder brutalmente, se van a ir al punto C; allí se suspenderán nuevamente las garantías y responderán con la misma o mayor intensidad y brutalidad y a lo mejor es el cuento de nunca acabar.

Hablar, no perdonar

Ha llegado el momento, cuando el enemigo es tan grande, de hablar con él. No de perdonarlo. No de darle concesiones. Pero de llegar a un punto de acuerdo en tanto se ubican perfectamente los espacios y los quehaceres, y usted dirá: “¡Bueno, eso es terrible, no se puede dialogar a este nivel con los delincuentes!”. Bueno, es que ha penetrado incluso en la Iglesia. Hay textos que así lo revelan y así lo demuestran; han penetrado en los círculos más privilegiados del gobierno; hasta de la iniciativa privada. Entonces, es como un cáncer que se propaga, como un pulpo, como una hiedra de 20 mil cabezas que avanza, avanza, avanza, avanza de manera inconsiderable. ¿Cómo detenerla?

Inteligencia para descabezar

J.S.C.- Ya todo esto es parte del escándalo. ¿No sería mejor, antes de llegar a esta faceta, una vastísima operación de inteligencia para detectar las cabezas, para detectar los nudos que son esenciales para esta hiedra y descabezarla? ¿Descabezarla en la política, en la iniciativa privada, en la banca, en la Iglesia y en sus grupos armados?

R.C.R.- Es otra solución. Qué bueno que usted habla de ella. Alguna vez la habíamos intuido, no de manera como usted la plantea. Evidentemente es otra solución, pero me pregunto —porque creo que también en medio de toda esta hecatombe que estamos viviendo, las preguntas surgen y surgen de manera caótica y tal vez desorganizada— si contamos, si podemos contar con un mecanismo de Inteligencia tan eficaz y tan eficiente. En lo personal me temo que no. A ese nivel me temo que no. Tendríamos qué buscar el apoyo de inteligencias, entre comillas los “servicios de inteligencia” provenientes del exterior y el más próximo, el más cercano, es el de los norteamericanos y aunque la nuestra es una situación de emergencia, eso implicaría una filtración que en un principio podría ser de ayuda y auxilio, de socorro, pero que habida cuenta de cómo manejan ellos las cosas, traería consecuencias terribles en el manejo político, de la soberanía, de la economía.
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