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La noche oscura del alma [Montreal] :: Drogas México

Consumo recreativo
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La noche oscura del alma [Montreal]
Narcomenudeo, al fuero común


["...pipas, papeles para fumar de varios colores y aromas, caleidoscopios, así como ropa, música y todo tipo de enser inimaginado para el consumo...Diría el poeta que Montreal es como una señorita romántica, elegante, limpia y educada, que al llegar la noche abre sus piernas para mostrar su parte animalEs una ciudad noctámbula. No...
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La noche oscura del alma [Montreal]

Samuel Mesinas

Jueves 7 de junio de 2007 (06/09/07)
Diario Monitor ver en diariomonitor.com.mx

["...pipas, papeles para fumar de varios colores y aromas, caleidoscopios, así como ropa, música y todo tipo de enser inimaginado para el consumo de tabaco y “yerba”, se ofrecen a precios no precisamente para adictos."]



Diría el poeta que Montreal es como una señorita romántica, elegante, limpia y educada, que al llegar la noche abre sus piernas para mostrar su parte animal

Es una ciudad noctámbula. No podría ser de otra manera, con temperaturas máximas de 20 grados y mínimas de menos 10 grados, con cinco meses de sol al año y días con apenas una cuantas horas de luz natural.

Llueve a pesar de que el verano está a la vuelta de los días; aún así se siente un cierto bochorno, un calor arrastrado desde el caudaloso río San Lorenzo, que ahora corre libremente pero la mayoría de los meses duerme petrificado, emblema de esta urbe cimentada a sus orillas. El rumor del agua se siente y las gaviotas en el cielo lo confirman, las cuales van desapareciendo conforme la oscuridad se asienta.

La cotidianidad montrealina, el ir y venir de bicicletas, de gente en boutiques, joyerías, tiendas de discos, artesanías, poco a poco se extingue con el último filón de rayo solar.

Saint Laurent es la Rue principal de la urbe más poblada de todo Quebec. Por ella, durante el día, transita una sociedad cosmopolita que habla en una de esas lenguas que las capitales multiculturales han generado: una mezcla de inglés y francés completamente urbano; usado por los jóvenes y en la jerga cotidiana de clubs o espacios públicos. Diría tal vez el poeta que Montreal es como una señorita romántica, elegante, limpia y educada, que al llegar la noche abre sus piernas para mostrar

su parte animal.

En la anatomía de esta urbe —concebida por el concubinato entre franceses e ingleses— Saint Laurent es como el collar de zafiros y diamantes que tiende del delicado cuello de esta bella metrópoli, vestida con una arquitectura europea, pero al fin americanizada.

Sin embargo, las calles aledañas al centro comercial y cultural de Montreal, principalmente la Rue Saint Catherine, al llegar la profunda y larga velada se convierten en una selva donde se internan transeuntes guiados por una señaléctica fluorescente que anuncia paraísos artificiales para quien busca aniquilar, a la noche, unas horas de tedio.

Restaurantes chinos, bares lésbicos o gays, pizzerías, tiendas de artesanías y artículos para fumadores de hashish y marihuana, aparecen en la panorámica. Dentro de ellas, pipas, papeles para fumar de varios colores y aromas, caleidoscopios, así como ropa, música y todo tipo de enser inimaginado para el consumo de tabaco y “yerba”, se ofrecen a precios no precisamente para adictos.

Aquí la posesión de marihuana y el cultivo es legal sólo para enfermos terminales, pero el activismo a favor de su legalización es conocido en el globo, de hecho aquí surgió la iniciativa de marcha por la liberación de la canabis, los primeros días de mayo, realizada de manera sincronizada con otras ciudades del mundo, entre ellas la capital mexicana.

A lo largo de St. Catherine, la cual atraviesa ciclopistas y ejes centrales, estaciones del metro subterráneo y la Universidad de Quebec, aparece el labo B de un vinyl que tiene dos canciones y dos carátulas. Cinemas porno, clubes underground, tabledances, se abren brecha entre la poblada publicidad que se extiende sobre el asfalto como si no tuviera fin. Y las calles siempre llenas, con espigadas barbies de cabello dorado que caminan sensualmente con minifaldas y blusas escotadas que dejan ver una rojiza piel; con árabes con túnicas a la cabeza mientras conducen lujosos autos convertidos en taxis, y exóticas orientales como heroínas de manga en espera para entrar a un antro de grandes ventanales por donde escapa el ambiente que se vive.

La temperatura ha bajado pero el calor humano regula la temperatura de una berbena de noctámbulos que deambula paganamente. El aire es frío y en él se alcanza a percibir una mezcla de tabaco y hashish; todos fuman afuera, la ley lo exige, y sólo algunos extranjeros son capaces de pasar esto por alto.

Metros, muchos metros más adelante del centro montrealés, pantallas gigantes en el cielo muestran a féminas que, desnudas, se contonean y contornean como encapsuladas detrás de la pantalla. Mientras en la calle un travesti gigantón con ligeros rosas y cabello dorado, incita a los mirones a ser objeto de su deseo. Desde la otra esquina al bar gay, una sexoservidora negra observa el improvisado show mientras espera quien le solicite acompañarle a las cabinas de videos pornos que se encuentran a sus espaldas, convertidos en cuartos de hotel.

Los punks capitalistas cantan y piden dinero al lado de un parque que parece la mansión del lumpén montrelino. Unos cuelgan de su cuello un cartón que abiertamente dice “Soy wevón, marihuano y borracho”, y sostiene un vaso para recolectar monedas. También merodean los dealers, africanos y árabes, en espera del yunkie o el turista despistado, para convertirlos en su presa. Sobre los establecimientos cerrados yacen otros tantos, de todas las razas también, con un cartón como cama y periódicos como cobertores.

Se respira pobreza, excesos, sexo, violencia (ah, de nuevo en casa) y las gaviotas sobrevuelan anunciando el inicio de un día que morirá en un par de horas de nuevo.
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