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Recibió su merecido
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La historia es más o menos la siguiente: la planta fue encontrada creciendo impunemente y con gran desparpajo en la jardinera principal de una ciudad del interior. Había tenido la indecencia y la habilidad para nacer y desarrollarse en forma robusta, frondosa y roja, ante los ojos de todos. Como la carta robada, su escondite en la...
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Recibió su merecido

Jorge Hernández Tinajero

Miércoles 1 de marzo de 2000 (20/01/05)
Paréntesis



La historia es más o menos la siguiente: la planta fue encontrada creciendo impunemente y con gran desparpajo en la jardinera principal de una ciudad del interior. Había tenido la indecencia y la habilidad para nacer y desarrollarse en forma robusta, frondosa y roja, ante los ojos de todos. Como la carta robada, su escondite en la plaza central la había preservado intacta, exponiéndose a la vista de todos.

 

 

Era inevitable en esas circunstancias, sin embargo, que en algún momento fuera descubierta. Fue finalmente reconocida por dos señoras de intachable reputación local, que apenas se dieron cuenta de la cínica presencia, comenzaron a chillar en alto volumen, al tiempo que la señalaban con dedos acusadores:

 

—¡Dios mío!¡¿Qué es eso?! ¡¿Qué hace aquí?!

 

—¡Es mota! ¡¿Cómo es posible?! ¡Que no la vean los niños!

 

Como es de suponerse, tales exclamaciones suscitaron de inmediato la curiosidad de todos, la cual muy pronto se transformó en una bonita histeria generalizada (si bien ya en ese momento no se podría afirmar qué tanta era fingida y cuánta verdadera). Muy pronto llegó la policía con sus diferentes corporaciones, alertada sin duda por múltiples teléfonos móviles. Las fuerzas del orden, que saben muy bien la peligrosidad de este tipo de tareas, llegaron con gran alarde de sirenas, códigos y claves, armas desenfundadas y chalecos antibalas para capturar a la peligrosa delincuente, que justo es decirlo no opuso mayor resistencia al verse rodeada. El escuadrón cortó todas las salidas rápidamente, y con todas las precauciones posibles, pero ante la vista de todos, públicamente se le leyeron sus vegetales derechos, lo que no impidió que fuera literalmente arrancada con un evidente lujo de violencia.

 

Entre la rebatinga, sin embargo, no faltó la mano artera que cercenara a la frondosa delincuente una de sus ramas más robustas, mas ningún rastro de este primer desprendimiento fue hallado (este curioso accidente quedó asentado en el acta legal que un personero del ministerio público se vio obligado a levantar, de acuerdo a todas las formalidades jurídicas que el caso exigía).

 

Después, el trayecto hacia las oficinas policiales no estuvo en modo alguno exento de dificultades. Se especula que durante el camino la delincuente perdió nuevamente algunos de sus miembros más prominentes, pero el número y peso de ellos no pudo determinarse con precisión (el asunto de declaraciones de los custodios involucrados son muy contradictorias y dado que constituyen un legajo de más de 1200 fojas, obviaremos por el momento esas responsabilidades personales y nombres concretos, que no interesan a esta crónica. El proceso, de cualquier modo, aun después del trágico final que a continuación expondremos, sigue en pie, por lo que cualquier interesado puede consultarlo si así lo desea (parece ser que es un derecho constitucional).

 

Dado que a partir de este punto los datos se vuelven más ambiguos y dudosos, sólo es posible especular sobre los hechos que sucedieron a continuación. El convoy llegó al cuartel y de inmediato se le asignó a una celda especial. Elementos militares, avisados con antelación, habían llegado desde tiempo antes con equipo material misterioso, del que sólo se pudo saber que era de “características altamente especializadas”. Fuentes confidenciales a las que fue posible tener acceso, sin embargo, permiten imaginar algo del final de la historia: desnudada ante las fuerzas del orden, con pocos argumentos para negar su propia existencia, sin fuerzas ya para luchar contra las condiciones de su desarraigo y las mutilaciones sufridas durante su descubrimiento (por los transeúntes) así como en el trayecto de la plaza a las oficinas policiales (por los custodios) la planta terminó por sufrir un colapso masivo (ante los cuerpos especializados) el cual consta también en el acta médica que se adjunta al expediente general. Las fuerzas del orden la exprimieron al máximo, retorciendo sus últimos retoños rojos. Después de la autopsia, asentada ya legalmente, fue incinerada de inmediato.

 

Por último, es necesario apuntar que prácticamente no hubo consecuencias sociales de importancia. Los acontecimientos finales son conocidos por todos: trascendió públicamente que el interrogatorio fue extenuante para todos los sobrevivientes, pero liberador al final, como lo demuestran las fotos oficiales en las que es posible notar todavía un ambiente de relajación general, aquel que sólo se expresa a través de la satisfacción del deber cumplido. Por último, fue gratificante para todos presenciar la parte más emotiva de toda esta historia, en la que tanto militares como policías y jueces ríen conjuntamente, en un ambiente de gran cordialidad. El único rastro que ha perdurado en imagen de toda esta terrible experiencia son los brillantes e inyectados ojos rojos que todos los presentes ostentaron frente a las cámaras fotográficas y de televisión, consecuencia lógica, si se piensa bien, de un llanto compulsivo y natural frente a tantos eventos tan difíciles, perturbadores y al mismo tiempo emotivos, sucedidos hace muy poco en una bella, y ya no tan pequeña, ciudad de provincia cuyo nombre es menester ocultar.




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